DEBATE

El negocio de la biotecnología

Es una anécdota muy conocida, pero la lección que oculta parece que se nos escapa a menudo: en su obsesión posrevolucionaria por incrementar el rendimiento económico derivado de sus investigaciones, un laboratorio ruso, especialista en genética de plantas, intentó crear un nuevo híbrido que combinase la nutritiva raíz del nabo con las útiles hojas de la col. El resultado: una planta inservible con raíces de col y hojas de nabo.

Existen, por otra parte, multitud de ejemplos opuestos: gracias al sildenafil, millones de personas han mejorado su calidad de vida desde su aparición en el mercado en 1998. Pero su descubrimiento fue el producto inesperado de la investigación de este compuesto para el tratamiento de la hipertensión. No servía para eso, pero durante las pruebas clínicas se reveló como muy útil en otro tipo de problemas para los que es prescrito bajo el nombre comercial de Viagra.

No se trata de errores científicos o ejemplos de ineptitud académica, sino de claras demostraciones de nuestra limitada capacidad para prever la utilidad de la actividad investigadora. La ciencia debe ser alimentada, estimulada y protegida porque de ella se deriva el progreso, y sus aplicaciones deben ser enmarcadas por los principios éticos generales que defina la sociedad en la que se desarrollan. Pero la ciencia no es ingeniería, y no es posible dirigirla hacia objetivos concretos ni predecir sus resultados.

No pretendo, por supuesto, argumentar que la investigación científica debe carecer de controles. Si, como predica la tan aireada voluntad política, se pretende sinceramente transformarnos de la sociedad del ladrillo a la del ingenio, los investigadores requerirán medidas de control de eficiencia, de productividad, de creatividad, de transparencia, de conectividad, de compromiso divulgativo, etcétera. En estos aspectos hay mucho que mejorar: erradicando la endogamia, fomentando la cultura científica y creando una carrera investigadora que atraiga a los mejores estudiantes.

Pero de la misma manera que a nadie se le puede ocurrir obligar a los pintores a utilizar ciertos colores, no se puede dirigir la actividad de los científicos para que produzcan determinados avances. Establezcamos grandes líneas maestras, y desarrollemos las herramientas necesarias para identificar los resultados prometedores y promover su desarrollo tecnológico. A medio plazo, valoremos a aquellos profesionales que ven sus resultados transferidos a la industria. Pero aceptemos que la ciencia se justifica por sí misma, y que sus frutos casi siempre son el producto de labores pasionales que no pueden encorsetarse a priori.

El tejido científico catalán tiene tradición, grandes profesionales y ha experimentado en los últimos cinco años una progresión muy prometedora. No estamos cerca de lo que deberíamos ser, pero estamos construyendo la base para lograr que nuestra comunidad de investigadores contribuya al cambio de modelo económico que necesitamos.

La distancia que nos falta recorrer es grande. En Catalunya contamos hoy con unas cincuenta empresas dedicadas a la biotecnología. Sólo en la región metropolitana de París hay ciento cincuenta, y de dimensiones mucho mayores que las nuestras. Pero para competir con estas zonas aventajadas no necesitamos redirigir nuestras líneas de investigación, sino proveer a nuestros laboratorios, universidades y empresas de una estructura de apoyo a la transferencia tecnológica capaz de aprovechar los nabos comestibles, crezcan en el huerto que crezcan.

L. RIBAS DE POUPLANA, investigador del Icrea, Institut de Recerca Biomèdica.