Dicen que en estas elecciones nada va a cambiar. Pero cada vez que votamos moldeamos un poco el panorama político. Desde hace un tiempo se vienen produciendo en Catalunya movimientos de fondo que, en estos comicios, se van a acentuar. El más claro es el desmoronamiento de CiU. Tras los resultados de este domingo, la federación se verá obligada a abordar en serio su estrategia de futuro. Las siglas auspiciadas por Jordi Pujol necesitan con urgencia una refundación a partir de la toma de conciencia clara de que el regreso al poder no está a la vuelta de la esquina, sino que es un camino para corredores de fondo.

Pero haría mal el PSC en regodearse de las desgracias de su rival histórico, pues le incumbe otro fenómeno que fluye por el subsuelo marchitando sus raíces elección tras elección. Y es que el votante del PSC envejece sin que los socialistas hayan logrado en Catalunya que reverdezca su jardín de seguidores. Un fenómeno que no se tapa colocando en el cartel del alcaldable barcelonés un sello con el reclamo nou como si fuera el último modelo de móvil en un folleto de Vodafone. No hay más que echar un vistazo a los mítines del PSC y comparar la media de edad con los de ICV o ERC. Los socialistas catalanes van copando poder, pero quizá es pan para hoy y hambre para mañana. Su incapacidad para convencer a los hijos de quienes les han votado con fidelidad envidiable desde principios de los ochenta es manifiesta.

Así, el PSC contempla impasible cómo en los feudos obreros se extingue la llama socialista. Son barrios donde la generación inmigrante de los 50 y 60 ronda la vejez, sus vástagos prefieren otras opciones que estiman más modernas y el resto pertenece a una nueva ola migratoria que no puede votar. Ahí se cuela Iniciativa, pero además los ecosocialistas se expanden por distritos más pijos, como Gràcia y el Eixample.

Para el PSC es una incógnita el ascenso sostenido de ICV, que, previsiblemente, revalidará el domingo. ¿Cómo es posible que la opción más utópica y, por ende, menos pegada a los problemas de los ciudadanos, sea la más valorada?, se preguntan. El voto a ICV es casi un fet diferencial catalán, incluso barcelonés, avalado por una gestión sin estridencias y ajena a la corrupción que aqueja a los grandes partidos. No es tanto un voto de izquierdas dogmático, también aglutina una elección estética que encarna muy bien una garbosa Imma Mayol. Atrae a sectores con nivel cultural a los que gusta pensar que forman parte de una Barcelona ecológica, generosa y demócrata, que quizá prefieren creer que somos mejores de lo que seguramente somos. Una operación que ICV sólo pudo acometer cuando soltó el lastre del PSUC, igual que Zapatero dejó atrás viejas doctrinas y abanderó un socialismo despojado de errores históricos e impregnado de liberalismo, al tiempo que abrazaba el feminismo, el pacifismo y los derechos de los homosexuales. Rompió amarres con el pasado. En cambio, sus compañeros en Catalunya lo fían todo, como ya hizo CiU - así le va-, a las redes que tan bien sabe tejer el poder.