Me extrañaría que un solo ciudadano votase el domingo a su alcalde o al presidente de su comunidad por lo que Zapatero y Rajoy han estado diciendo sobre ETA, el 11-M o la guerra de Iraq durante la campaña que ahora acaba. Aunque entre los dos han secuestrado y reducido el debate municipal y autonómico del 27-M a unas primarias de la feroz lucha por el poder que vienen librando desde el minuto uno de la actual legislatura, lo que está en juego el 27-M no es el país sino la gente, el día a día de nuestro microcosmos personal, las cosas de vivir y de comer. El ámbito natural de los grandes parámetros nacionales son las elecciones generales. Pero la secuencia electoral de nuestra democracia enseña que los ciudadanos no suelen confundirse de escenario, ni de factura.

Lo que el pasado otoño el PSOE y el PP nos contaron a los periodistas (y yo les conté aquí a ustedes) que sus jefes de filas iban a hacer en esta campaña se corresponde milimétricamente con lo que están haciendo. A lo que están jugando Zapatero, con sus constantes alusiones al 11-M y a Iraq, y Rajoy, con el monotema de ETA, no es, como nos advirtieron entonces, a ganar en Socuéllamos, sino a radicalizar a los suyos en toda España con el doble propósito de ir consolidando el voto militante y pescar lo que se pueda en el centro indeciso alentando el miedo al otro (Zapatero, a que viene la derecha extrema; Rajoy, abonando la tesis de que nos gobierna un traidor), cara a seguir o volver al poder en unas elecciones generales, las próximas elecciones generales, en las que los dos saben que o ganan o... ¿a casa? En el caso Rajoy, con toda seguridad, y en el de Zapatero, en mi opinión, también. ¿O alguien cree que su partido le perdonaría que les devolviese al frío de la oposición en una sola legislatura?

Por grande que sea el ruido y el lío partidario, sin embargo, la independencia de criterio con que suelen conducirse los españoles en las urnas es bastante mayor de la que les suponen los políticos, y el sentido común con que dan y quitan gobiernos y oposiciones, incomparablemente mayor que el de algunas estrategias de campaña no muy afortunadas, deliberadamente equívocas, o directamente para olvidar. Por suerte, en democracia, la última palabra siempre la tienen los ciudadanos.