La capacidad de lubricación del cemento puede resultar sorprendente para quien malviva a demasiados kilómetros de la orilla del mar. Sin embargo, este material supuestamente constructivo explica buena parte de la peripecia política del litoral mediterráneo. Eso sí, a veces la influencia del cemento no se manifiesta abiertamente. En las elecciones autonómicas del 2003 fueron posiblemente unas tumbonas de playa las que decidieron la suerte del gobierno de izquierda de Francesc Antich en Baleares. La supuesta prohibición de instalar hamacas zigzagueó como una poderosa serpiente de verano por las arenas de Formentera para explicar la decisiva atribución del escaño de este distrito al centroderecha por un margen de apenas 349 votos. El fundamentalismo ecologista habría ahuyentado al pueblo llano.
Claro que la izquierda perdió también en Eivissa otro diputado no menos decisivo para retener su heterogénea mayoría. ¿Fue el cemento? ¿Fue otro inverosímil litigio local? ¿O fue acaso el voto inmigrante que tantos sobresaltos judiciales ha ocasionado al Partido Popular de Baleares?
Poco importa. Los populares recuperaron el Gobierno de las islas y lo hicieron, además, en la figura del ex presidente Jaume Matas, derrotado en 1999 y que regresaba en el 2003 como un ministro de Medio Ambiente inmune a las salpicaduras del chapapote. Las cosas volvían así a la normalidad en un territorio dominado por una abrumadora mayoría sociológica conservadora de centro y derecha.
La anomalía electoral que supuso el fugaz gobierno de izquierda entre 1999 y el 2003 encuentra su explicación en el papel de las pequeñas formaciones locales que, como en el caso de Unió Mallorquina, estuvieron a punto de ser abducidas por el PP y se rebelaron contra ese amargo destino.
Pero hubo también otras razones no menos determinantes. Por ejemplo, los escándalos que acabaron con la carrera del primer presidente autonómico, el popular Gabriel Cañellas. El presunto cobro de comisiones en las tinieblas del túnel de Sóller - y su canalización hacia las arcas electorales del partido- fue sólo la culminación de un serial al que el propio Matas hizo sus particulares contribuciones.
Sin embargo, ese fenomenal desgaste no fue la causa básica de que en 1999, y con más del 44% de los sufragios, el PP se quedase fuera del gobierno. La razón definitiva fue mucho más simple: Unió Mallorquina había descubierto los letales réditos de su anterior asociación con el Partido Popular - expresados en una pérdida de más de diez puntos de capital electoral- y decidió apoyar al bloque de izquierda y nacionalista tras una ventajosa negociación. El precio fue la presidencia del Consell Insular de Mallorca, que la regionalista Maria Antònia Munar ha convertido en un cargo casi vitalicio.
Un exceso de cemento vuelve ahora a enlodar la precampaña del PP, que se ha visto salpicado por un rosario de detenciones. Y esta circunstancia reabre las dudas sobre unos conservadores que no conservan gran cosa y sobre un modelo territorial y medioambiental que puede acabar matando la gallina de los huevos de oro. Sin embargo, el frente de rechazo a la autovía de Eivissa es por ahora una variopinta coalición de media docena de siglas. Demasiado frágil en contraste con la áspera dureza del hormigón. La moral siempre es más elástica e incierta.

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