A pie de Caye

Chica, qué intensidad. Después de intentar reservar mesa en Le Garage para una cena íntima y no conseguir ni que levanten el teléfono, aterrizo en la calle Hortaleza en los brazos de Angelo y con una copa de champán. El Piu de Prima tiene la mejor pasta de Madrid y un problema: imposible aparcar. Ni con multa. O mueves tu mundo encaramada a los tacones (inconcebible salir de casa plana) o vas de taxi en taxi mendigando un buen tono y una sonrisa. Opté por trepar a unas sandalias que me regaló Amaya Arzuaga y morir poco a poco entre botellones. Crucé un Madrid vestido de noche de verano y exámenes finales y llegué intacta a mi destino. Adela (la mujer de Angelo, divina pareja de anfitriones dispuestos a saltarse las reglas por ti) me esperaba en la puerta con Eric Yerno y un Dry Martini profanado con vodka, aceituna y limón, entre los labios. Todo muy chic. Mortadela italiana y queso parmesano para empezar, un carpaccio de buey como la mantequilla y más champán. Sugiero no mezclar, porque la vida sigue y al día siguiente te despiertas con las obras de la M-30 dentro de tu cabeza. De postre decidimos llamar a Piti Alonso al móvil para que nos susurre algún local al que llegar casi por inercia y nos responde desde Cannes que el de su chico, el Siete, que está en el 19 de Hernán Cortés y que se llama así, por despistar. Pues muy bien, allá vamos. Y a partir de aquí, agua. Mi amiga Antía De Ron (jefa de prensa de Hugo Boss e icono imprescindible de la mejor noche madrileña) me reclama para cosas más fuertes. Un Pachá, por ejemplo. De entrada se me pone la carne de gallina, pero el absurdo conquista a la razón en cuanto se descuida y a esas horas no maneja estrategias con la misma destreza que a las doce del mediodía. Así que me dejo llevar, y después de hacer cola en dos o tres cajeros en una calle Fuencarral atestada de gente entregada al insomnio ajeno, paramos un momento en el Emboga, Churruca 3, a repostar. Aquí es imprescindible bailar un rato y relajar la cuerda vocal porque las consecuencias son gravísimas. Respondes al teléfono y no saben si llamarte mamá, o papá. Y se acabó la tregua. El bafle nos espera y cuanto antes pasemos la angustiosa experiencia de la puerta, antes nos quedaremos sordos como una tapia. A lo lejos, Richy nos hace señas, mueve su mano al aire como si agitara un salvavidas, estira el brazo y consigue hacernos pasar estilo cadeneta. Por fin. Al menos aquí tienes algo asegurado: tu propio mundo. Es imposible cruzar una palabra.

Next day. Mundo madre. Tropezón, labio roto, y acabo en pediatría de urgencias de la Jiménez Díaz. No está mal. Me miran a los ojos y me tiembla hasta el higadillo. Con esas batas verdes, esa coleta casual, despeinada, esa barba con rácord de tres días. Suena la música de Anatomía de Gray y siento que están comentando mi caso por los pasillos. ¿Será el champán? Hora y media esperando. Cojo un periódico del bolso (vivo ejemplo de la conciliación, porque lo mismo encuentras una gafa Channel, una separata de guión, o un chupete pegado a un resto de plátano), echo un vistazo a la sección de anuncios y me encuentro: «Se buscan probadores de anillos». Durex dixit. Siempre creí en el pluriempleo. Informaré a mi chico.

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