Un vecino de Molins de Rei se atrinchera en su casa y causa el pánico en el barrio. Durante más de diez horas se vive una situación de justificada alarma. Cuando finalmente el vecino es detenido y se restablece la calma, se descubre que en su piso almacenaba más de 75 kilos de dinamita y 15 armas de fuego. Ahora ¡la alarma es más intensa!

En un país donde, desgraciadamente, el terrorismo sigue siendo una preocupación resulta que cualquiera puede adquirir dinamita, en grandes cantidades y con toda facilidad. Diríase que sólo se trata de ir a un híper o a un supermercado y, juntamente con otros productos para la casa, llevarse unos cuantos kilos de dinamita. ¡Quizás, incluso, puede que esté de oferta!

¿Qué pasa? ¿Realmente es tan fácil adquirir o robar dinamita? No debe de ser así; vaya, seguro que no lo es. Se sabe quién fabrica, qué cantidades, quién compra y con qué destino. Es un comercio controlado y vigilado; y el almacenamiento de la dinamita ha de estar sometido a rigurosas normas de vigilancia. Por tanto, alguien habrá fallado en esta cadena, como ya ocurrió con los explosivos que se utilizaron con ocasión del 11-M.

La sociedad necesita una respuesta rápida y contundente sobre cómo ha sido posible que estos 75 kilos de dinamita hayan terminado en un piso de un barrio de viviendas de Molins. Alguien debe explicar lo que ha pasado y quiénes son los responsables de que haya pasado. Esto no puede perderse en un silencio administrativo o en una opacidad informativa. Se debe saber.

Entre otras razones, para evitar que vuelva a suceder. Y si las medidas administrativas que hasta la fecha vienen aplicándose no resultan ni eficaces ni suficientes, que se impongan otras nuevas. ¡No será porque a la Administración le duelan prendas para regular e intervenir! Y en este caso lo haría con el aplauso de la sociedad. Los ciudadanos no quieren que la dinamita vaya por ahí como si se tratara de un producto anodino o irrelevante. ¡Quieren control!

Ya es, como mínimo, chocante que alguien que provoca una situación como la vivida pueda tener en su casa toda una armería. Pero si además resulta que la convierte en un almacén de dinamita, es incomprensible.

¿Qué ha pasado? ¿Por qué ha pasado? ¿Qué se piensa hacer para evitar que vuelva a pasar? Falta una explicación y una exigencia de responsabilidad que, en este caso, van más allá del propio vecino que causó la alarma.

Con dinamita ¡no se juega!