¿Cuanto más lejos, mejor?, de Mariona Costa Orfila en La Vanguardia
Debate. ¿Aprenderemos por fin inglés?
Al encender la radio oigo el título de la canción que acaban de emitir: So far, so good y con gran entusiasmo traduce el locutor: "Cuanto más lejos, mejor". Siguiente canción, The way you look tonight,y su inefable traducción: "El camino que miras esta noche". Hay muchas anécdotas que recogen los riesgos de las traducciones demasiado literales.
En nuestro mundo pequeño pero aún muy diferenciado, existen problemas derivados de no conocer las costumbres, las formas de abordar a una persona, cómo saludarla, cómo despedirse de ella, el tono de voz..., un sinfín de gestos faciales y actitudes corporales que rodean y configuran el discurso estrictamente verbal. De hecho, no somos conscientes de que usamos un cierto lenguaje corporal hasta que nos encontramos con ciudadanos de otros países y culturas. No nos damos cuenta de que saludamos con un beso hasta que nos quedamos con la mejilla preparada mientras nuestro interlocutor nos tiende la mano.
En tiempos pasados, la indiferencia y desconocimiento de culturas extranjeras eran habituales. En el XVI un chino, extraviado en París e incapaz de encontrar a su persona de contacto, pasó años en un manicomio. A los gendarmes franceses ni se les ocurrió que no hablara francés: debía de estar loco.
El conocimiento de lenguas es, hoy en día, una herramienta necesaria para desenvolverse en el mundo, especialmente en el laboral. Las ofertas de trabajo lo exigen, y universidades, academias, libros y programas de ordenador facilitan su aprendizaje. Los idiomas son tema publicitario: en la prensa, en los medios de transporte y en la televisión, instituciones y empresas elogian y garantizan diversión, rapidez y eficacia. Es también tema importante en los programas de Gobierno. Se habla de la bondad de introducir el inglés en la escuela primaria; de la conveniencia de exponer a los alumnos usos y costumbres de otros países para que aprendan a convivir con la diferencia, con el multiculturalismo.
Además de su utilidad, el conocimiento de lenguas es también puro placer: el placer de poder comunicarte mejor, de entender mejor. El placer de poder decir lo que piensas y no tener que restringir tu expresión a un vocabulario mínimo. El placer de captar que cuando Hamlet, moribundo, dice "the rest... is silence" puede referirse a que "el descanso... es silencio" o "lo que queda... es silencio".
Voltaire, en su diccionario, nos asegura que no hay lengua completa, que cada una tiene unas características que le facilitan captar unos matices o precisar mejor ciertas ideas.
No es usual aprender una lengua por inmersión. Pero sabiendo que ésta es la mejor forma, debemos escucharla siempre que sea posible. Pero en nuestro país, muy al contrario que en Europa e Iberoamérica, es imposible oír en televisión la intervención de un político, artista, intelectual o ciudadano de a pie extranjeros. Quizás se capten los primeros segundos, pero inmediatamente el doblaje o la traducción simultánea emborronan sus palabras. Urge que el doblaje ceda su lugar a los subtítulos y que si éstos no son viables se aprovechen las posibilidades tecnológicas para dar a escoger entre la lengua original y el doblaje. Los artistas trabajan su voz tanto como su gesto (¿se acuerdan de Meryl Streep hablando inglés con acento danés en Memorias de África?).
En resumen, para aprender una lengua..., cuanto más cerca, mejor.
M. COSTA ORFILA, profesora de Filosofía.
