Escribo este artículo sin saber cómo le ha ido al Barça en el Manzanares. Desconozco también el resultado del Madrid. Me temo que persistirá en su avance de corte espartano. Una solidez granítica proyectándose sin pudor estético hacia el fin que todo juego persigue: la victoria. Por teléfono, Ernesto Ayala-Dip me dice que, si gana al Atleti,el Barça volverá a ser favorito, puesto que el calendario de los blancos es infernal. Deseo que, hoy lunes, el Barça tenga esos motivos de esperanza. El optimismo coyuntural no invalidaría la imprescindible reflexión sobre las debilidades que el equipo ha exhibido a lo largo del curso.

Dichas debilidades no son solamente debidas a la deficiente forma física y a la psicología acomodaticia de estos jóvenes ídolos, esculpidos en oro, enviciados por la diosa Fortuna. Incluso en los mejores momentos de su historia contemporánea, el Barça ha revelado una enervante fragilidad que es hija de un curioso delirio de grandeza: el delirio de un juego celestial. ¡Qué ordinariez ser como el Milan, el Liverpool o el Madrid de Capello y construir el equipo desde la defensa, con orden, sobriedad, trabajo y disciplina, qué ordinariez! ¿Ganar como los italianos? ¡Qué mezquindad! ¿Golear en un rápido y centelleante contraataque a la inglesa? ¡Qué inmoralidad! ¿Procurarse centrocampistas membrudos, infatigables y vigorosos como los que predominan en las principales escuadras del mundo? ¡Qué tristeza! En el centro del campo debe predominar la exquisitez mozartiana, el virtuosismo angelical. Una mórbida belleza prerrafaelita, si me apuran.

¿Convertir el Barça en una máquina italiana, con una defensa de hierro y un medio campo de hormigón? ¡Antes la muerte (es decir: la derrota)! El Barça no disputa la Liga o la Champions, sino la Batalla Mundial del Buen Gusto. Como el noble caballero rodeado de egoístas burgueses, defiende el Barça la belleza platónica. Ahí va, por los campos del mundo, proclamando con extrema generosidad táctica su filosofía de ataque. Enfrentándose a los groseros monstruos que infestan el césped: el centrocampista tenebroso, la avaricia defensiva, la funesta manía de ganar a cualquier precio. Ganar es algo que quieren todos. No basta con ganar, hay que deslumbrar. Los títulos del Barça siempre son de ensueño. Dream team.Mientras que los del resto huelen a vulgar sudor. Si el mundo gana a cualquier precio, el Barça transforma la pelota en arte. El mundo entero se defiende. Menos el Barça.

Tal excepcionalidad se fundamenta, como es archisabido, en una ideología que el añejo eslogan de Narcís de Carreras sintetiza: "Més que un club".Eslogan que persiste, actualizándose: ¿publicidad en la camiseta? "¡Qué horror, eso es para el común de los mortales! El Barça solamente puede estar ligado a una causa noble". Entiéndanme. No estoy en contra de las causas nobles. Y mucho menos de Unicef. Ni por supuesto del Barça (espero que someter a ironía las bases ideológicas del barcelonismo presente no me convierta en un blanco enemigo). Simplemente, tiendo a considerar, como el viejo adagio bíblico, que hay un tiempo y un lugar para cada cosa.

La excepción azulgrana tenía sentido, como tantas cosas, en aquellos tiempos de dictadura. ¿Lo tiene ahora, cuando el Espanyol da muestras ante toda Europa de buen fútbol y de emoción épica y cuando Akasvayu, Joventut, Reus, Granollers, Manresa o Igualada suman laureles en otros deportes? Tenga o no tenga sentido, lo cierto es que el Barça aparece no sólo como portador de toda la identidad catalana, sino como definidor de ésta. Y, en efecto, ambas identidades comparten un parecido estado de ansiedad que combaten de manera idéntica, generando un curioso complejo de superioridad moral. "El Madrid tendrá más copas, pero el Barça es més que un club".La matriz catalanista supura por la misma herida. Esta corriente ideológica transversal se asignó no sólo el objetivo de desarrollar los valores propios y defender los intereses catalanes, sino el de "regenerar España". Otro ejemplo: el patriciado urbano socialista inventó el Fòrum para que Barcelona ¡"cambiara el mundo"! Tercer ejemplo: el catolicismo catalán más conspicuo no se conforma con mantener la tradición propia: ¡quisiera transformar de raíz el Vaticano!

Así funciona el complejo: acostumbrados a la derrota, habituados a la frustración y el sufrimiento ( "ai, que patirem!"),tratamos de buscar una sublimación, una victoria moral, en un estadio imaginario. "Hemos perdido, sí, pero somos los únicos que apostamos por la belleza". Sublimar la frustración y el sufrimiento por la vía del complejo de superioridad moral es consolador, pero también paralizante. ¿No sería más razonable buscar una manera normal de ganar las batallas? Bien está jugar bonito, pero mejor tiene que ser celebrar victorias cada año. Bienvenidos sean los jugadores sutiles, pero unos cuantos pulmones incansables y una buena dosis de cemento armado no estarían mal: ¡la de nervios que calmarían! Bueno es atesorar el legado de Cruyff, pero sin olvidar que el dream team recibió un tremendo correctivo por parte del feísta Capello (Atenas, 1995). Bien está la belleza, pero ¿por qué negarse el placer de la seguridad, la fortaleza y la solidez? "Levantinos - dijo Unamuno-, os pierde la estética". Tocando y tocando, sí, pero también sufriendo y sufriendo, incluso en los mejores momentos de nuestra vida (París, 2006).