EL ESPECTADOR

No sé si alguien se ha atrevido ya a calificar las próximas elecciones como las más aburridas de la historia de la joven democracia española. Pero si no lo son, pueden competir abiertamente por ser unas de las que más. (Por cierto, ello no es motivo ni causa para abstenerse, porque lo que está juego es igual de importante.)

Supongo que en este clima influye la falta de emoción de los principales combates electorales. Las encuestas que los diferentes institutos de opinión han ido elaborando confirman la tendencia de que no se producirán gandes cambios el próximo 27-M. En un fenómeno digno de atención sociológica, los principales presidentes autonómicos y alcaldes con mayor renombre no sólo no van a perder sus cargos, sino que tienen serias posibilidades de consolidarse más en el poder. Y la circunstancia afecta por igual a políticos del PP - Gallardón, Aguirre o Camps- como a candidatos socialistas - Iglesias, Barreda o Hereu-. Parece que el candidato que se presenta con el aura del poder lo tiene más fácil o que los electores prefieren confiar en lo que ya conocen.

Ciertamente, la alternancia política en España no es muy habitual. Por poco bien que lo haga el gobernante, las posibilidades de seguir son infinitas. En lo que atañe a la presidencia del gobierno, sólo se han dado cambios de gobierno cuando la situación era realmente dramática: Calvo Sotelo, con el desastre de la UCD; González, con la corrupción, y Aznar, con el 11-M. Quizás Zapatero y sus asesores habrán tomado buena nota de ello de cara a la complicada negociación que se mantiene con ETA - ésa que en teoría no existe-, porque según lo que suceda en los próximos meses, esto sí le puede costar la presidencia. En el ámbito catalán, Pujol gobernó tranquilamente durante 23 años, y soy de los que piensan que si se hubiera retirado un año antes y hubiese dejado la presidencia a Artur Mas - al estilo de lo que hacen los alcaldes socialistas en Barcelona-, CiU podría seguir gobernando con apoyos puntuales de unos y otros.

Las únicas incertezas que existen en la campaña están centradas en algunas comunidades como Navarra, Canarias o Baleares, donde si el primer partido no logra la mayoría absoluta, se podrían producir alternativas plausibles por parte de la suma de los minoritarios. Aun así parece difícil que el PP pierda Baleares o Navarra y Coalición Canaria ceda el control del cabildo, a pesar del gran crecimiento que experimentarán los socialistas con López Aguilar. Lo más curioso del caso es que, a pesar de que el mapa electoral que se dibuje el 27-M sea muy igual al actual, el próximo domingo oirán toda clase de interpretaciones sobre los grandes cambios que se han experimentado. Para el PSOE, supondrá el avance del socialismo, y para el PP, la antesala del cambio que viene con Rajoy.

En Catalunya, sin embargo, la pinza del tripartito sí que puede debilitar enormemente a CiU, y si la coalición nacionalista pierde Tarragona y alguna de sus diputaciones, será difícil que pueda buscar argumentos positivos a la jornada. Pero ésta podría ser la única excepción que confirme la regla.