Municipales

"¿Está Amparín?"

Copa de noche. El juego, vamos a llamarlo así, consiste en tomar una copa y charlar un ratito con un candidato a la alcaldía en las elecciones del próximo domingo. El candidato escoge el local, o el sitio y la hora. Digo el local o el sitio, porque un candidato puede escoger un local de su agrado, que le diga algo -como Alberto Fernández Díaz, que escogió el Merbeyé; o el señor Trias, que escogió la terraza del hotel Neri-, o puede citarme en un sitio -en Mercabarna, en la Modelo o en el tanatorio de Les Corts-, donde también podemos tomar una copa -en el tanatorio ya es más difícil, pero yo suelo llevarme mi petaca- y charlar. El local, o el sitio, es importante, pero la noche también. La noche empieza cuando oscurece y termina cuando amanece. Para ser más precisos, en las reglas del juego fijamos que el candidato podía escoger entre las diez de la noche y las ocho de la mañana. ¿Por qué las ocho? Pues porque cuando yo era joven y Barcelona era más divertida, la noche se terminaba a las seis, a las siete o máximo a las ocho de la mañana, desayunando una paella en la Barceloneta o unos callos en un bar del Raval, en uno de esos locales que no cerraban nunca. Y tomando la última o la primera copa, porque muchos días no nos acostábamos. De los cinco candidatos, cuatro han escogido horas muy, vamos a llamarlas, prudentes, políticamente correctas; ninguno de ellos ha llegado a citarme más tarde de las once de la noche. Sólo uno de los cinco candidatos, Imma Mayol, me citó a las siete de la mañana.

La señora Imma Mayol, candidata a la alcaldía por ICV, me citó a las siete de la mañana en el Pinocho de la Boqueria. Cuando mi jefe, Albert Gimeno, me dijo el sitio y la hora me quedé la mar de sorprendido. Me pregunté si la señora Mayol había entendido bien las reglas del juego. Primero pensé que no, que no las había entendido -o que se las habían contado mal-, pero luego pensé que los antiguos comunistas habían vuelto a las andadas y habían recuperado la juerga electoral, como cuando mi viejo amigo Paco Frutos -hicimos juntos la mili en Talarn- se dedicaba a adoctrinar a los noctámbulos y borrachos hasta altas horas de la madrugada. Pero no, a la señora Mayol le habían contado mal, o no le habían contado, las reglas del juego: la señora Mayol no terminaba ninguna noche, sino que empezaba su día. ¿Y qué mejor manera de empezar el día que yendo a desayunar en el Pinocho de la Boqueria? La señora Mayol no sólo había escogido uno de los locales más emblemáticos de nuestra ciudad, sino que al citarme en la barra del Pinocho me trajo muy buenos recuerdos. El Pinocho siempre será para mí la barra del detective Pepe Carvalho, donde yo desayuné y almorcé en más de una ocasión con Manolo y con Jaume, mis queridos y añorados Manolo Vázquez Montalbán y Jaume Perich. Y desayuné y almorcé, siempre, de rechupete.

Pero la señora Mayol debe de ser gafe -espero que políticamente no lo sea, no se lo deseo-, porque me citó el pasado miércoles, 16 de mayo, el mismo día en que el Espanyol y el Sevilla disputaban en Glasgow la final de la UEFA, y cuando yo llegué a la Boqueria media hora antes de la hora convenida, me encontré con la barra del Pinocho cerrada, en la que Juanito, el dueño, había colocado un cartel que decía así: "Disculpen las molestias, me he ido a Glasgow a por una copa". Total, que Juanito se quedó sin su copa -pero, ¡qué partidazo!- y yo sin la mía. Y cuando llegó la señora Mayol subimos Rambla arriba buscando algún local que estuviese abierto. Al final encontramos refugio en el hotel 1898, en la antigua sede de la Compañía de Tabacos de Filipinas (donde no se fuma, igual que en la Boqueria, donde un palomo por poco se me caga encima). La señora Mayol pidió un zumo de naranja natural y yo un café con leche.

La señora Mayol es de la opinión de que la mayor revolución del siglo XX no la han protagonizado los comunistas, sino las mujeres. Tal como está la cosa, no voy a llevarle la contraria. Le digo a la señora Mayol -entre nosotros nos tuteamos: yo la llamo Imma y ella me llama Joan- que me cuente cómo se feminiza -el término es suyo- a Barcelona. Y la señora Mayol, Imma, una mujer mallorquina veinte años más joven que yo, que lleva veintinueve viviendo en Barcelona, me dice que para feminizar Barcelona hay que cambiar las costumbres, los horarios. Y me cuenta una anécdota. Cuando ella era diputada en el Parlament, antes de entrar en el Ayuntamiento, en 1999, tenía un par de hijos pequeños, Aina y Marc, nacidos en los ochenta, y se quejaba de que el horario de sesiones del Parlament no le permitía ocuparse de ellos. "Entonces -dice Imma-, un diputado de Unió, molt bona persona, me dijo que tenía toda la razón, que lo que había que hacer en el Parlament era montar una guardería". E Imma le respondió: "No, señor, lo que tienen que hacer es cambiar los horarios o, mejor, poner un horario. Porque en el Parlament se sabe cuándo empieza el trabajo, pero no cuándo se acaba. Y eso es fundamental para las mujeres -y para los hombres, pocos, que se ocupan de los hijos pequeños-, y más en una sociedad que, en gran parte, está organizada como hace cincuenta años". Ahora, los hijos de Imma ya son mayorcitos, y en el Ayuntamiento se lo monta mejor que en el Parlament, pero los problemas persisten. "Piensa -me dice- que la actividad vecinal, mis reuniones con gente de tal o cual barrio, de tal o cual asociación, comienzan a las siete de la tarde, o más tarde, cuando ellos terminan el trabajo".

La señora Mayol es la única mujer candidata a la alcaldía de Barcelona. Cuatro contra uno. En el primer debate televisivo entre los cinco candidatos, el que ofreció TVE y moderó Lorenzo Milá, la señora Mayol mostró una doble página de El Periódico con las fotos de los alcaldes que ha tenido Barcelona desde el señor Rius i Taulet, y soltó: "Mireu, tot homes! Ha arribat el moment de canviar aquesta situació!". A mí, eso de "Mireu, tot homes!" me recordó aquel viejo chiste de una chica que llama por teléfono a una amiga suya de un pueblo de Valencia y dice: "¿Está Amparín?", y una voz le responde: "No, tots som homes i estem menjant". Cuatro contra una. Es injusto. "Osez voter la femme", me dice la señora Mayol, recordándome la campaña de la señora Royal en las presidenciales francesas. En Francia, yo hubiese votado a Ségolène Royal, y aquí, en el caso de que vaya a votar y puestos a osar, no tendría ningún inconveniente en votar a la señora Mayol, no porque sea mujer, sino porque me cae bien, porque es educada y muy agradable.

La señora Mayol se definió como una mujer antisistema y ha tenido y tiene enfrentamientos con otros políticos sobre el tema de los okupas. Pero yo no le pregunté sobre esas cosas, como tampoco sobre el tema ecológico -aunque hablamos de él y no me dijo ninguna tontería-. Todo ello es sobradamente conocido. Le pregunté sobre el turismo. Me dijo: "En dos años hemos aumentado el 33% sobre el número de visitantes y el 38% sobre el número de los que pernoctan en nuestra ciudad. No quiero que el turismo se convierta en un monocultivo. A Barcelona, la quiero diversa -la señora Mayol se escandaliza cuando el candidato Trias propone construir diez mil pisos per a joves en el puerto-, diversa y sostenible".

La señora Mayol está dispuesta a ayudar a quienes deseen sacar el yugo y las flechas de las fachadas de sus viviendas y se duele de que sus socios de gobierno no la respaldasen cuando propuso llamar la playa del Camp de la Bota a la que hoy es la playa de Llevant. La señora Mayol desearía que el memorial democrático se instalase en lo que algún día quede de la cárcel Modelo, y le gustaría crear un corredor verde que fuese de la Ciutadella a Collserola. La señora Mayol me dice que se siente mallorquina, de Gràcia y barcelonesa, aunque comparte mi opinión de que Barcelona cada vez es menos nuestra, algo que, dice, se puede resolver.

Nos vamos del hotel 1898 hablando, cómo no, de fútbol. Ella es culé y está angoixada, pero antes que nada es del Mallorca: su hermana mayor está casada con Joan Forteza, un mito del fútbol mallorquín. Cuando Imma habla de su cuñado -"ahora tendrá noventa años", me dice- se le iluminan los ojos.