He vuelto a ver, gracias a la industria del DVD, la película que François Truffaut realizó a partir de la novela de Ray Bradbury Fahrenheit 451, esa antiutopía futurista que describe un mundo en el que los libros son prohibidos por el Estado y unos bomberos muy extraños, a guisa de policía del pensamiento, se encargan de quemarlos y de perseguir a los lectores clandestinos. En el filme, el bombero Montag - interpretado por Oskar Werner- acaba cruzando la raya y se deja atrapar por unos objetos que, según el poder, amenazan la general felicidad anestésica en la que vive la gente. A través de los libros, Montag huye de una vida sin sentido y descubre la libertad. Más allá de las ciudades, los hombres libro (hombres libres) resisten a su modo, guardando en la memoria grandes obras de todos los tiempos para evitar la destrucción total. Con el regusto de la película todavía en el paladar, he recordado ese aforismo de Joan Fuster, tan iluminador como subversivo: "Atenció: tot pensament és un mal pensament". Valdría la pena repetir esta idea en todas las escuelas cada día, como si de un himno nacional se tratara, para promover la crítica y el libre examen de la realidad. Tal vez sería más útil que una hora de religión, una hora de educación para la ciudadanía o una hora de seguridad vial.
El azar quiso que llegaran a mis manos, la misma semana que volví a ver la película de Truffaut, tres libros muy especiales, de autores de distintas generaciones, de los que acaban clasificados genéricamente como no ficción. Relacions particulars,de Josep Maria Espinàs; Temps indòcils,de Agustí Pons, y Vianant,del valenciano Rafa Gomar, aterrizaron casi a la vez en mi mesa de lector. Al leer los tres volúmenes en paralelo descubrí que había dado con tres magníficas muestras de ese tipo de literatura que revisa y reconstruye con riesgo las relaciones sutiles entre la palabra y la experiencia. Y pensé - los filólogos y críticos me perdonarán- en una imagen muy estimable para mí: la del pescado fresco, recién salido de la barca de un pescador de Vilanova i la Geltrú, cocinado a la plancha o a la brasa, apenas sazonado con un poco de sal gruesa y aceite puro de oliva. El punto exacto de fuego, el placer del sabor primigenio y a la vez complejo, el plato redondo, en sentido literal y metafórico. La fundación del mundo en cada bocado. No es que no haya artificio en los fogones para llegar a tal monumento, por supuesto que lo hay. Lo que no hay es red y el cocinero vuela o, en caso contrario, se estrella contra el suelo. No hay salsa donde esconderse. Ustedes ya lo saben: el artificio más delicado es el que no se nota ni deja ver el andamiaje, lección elemental en cualquier arte. Y ahí entran, de nuevo, Espinàs, Pons y Gomar.
Cada uno con su voz y sus arrestos, estos tres autores plantean un pulso con la memoria y lo cotidiano. Lo ganan, adelanto. Ésta es su fuerza, aunque lo hacen despreciando la moda y la tendencia dominante, a saber: el peaje al argumento lineal, el peaje a los decorados históricos, el peaje al esoterismo infantil, el peaje al lenguaje de monólogo televisivo y el peaje a la autoayuda. Su libertad creativa contra el recetario editorial es tan evidente que uno no puede más que quitarse el sombrero. En Relacions particulars Espriu, Foix, Delibes, Pla, Cela, Sagarra- y el asunto no es otro que la distancia que media entre la representación y el silencio, los entreactos de la vida, los tiempos muertos donde ocurre lo único que, a la postre, nos salva de quedar totalmente borrados.
Por su parte, Agustí Pons - del que tuve la suerte de aprender mucho de este oficio en el diario Avui de primeros de los noventa- camina por la frágil pasarela donde lo épico y lo lírico libran el combate para fijar las historias oficiales. Temps indòcils (Angle Editorial) es un bello alegato contra las fábulas del Ministerio de la Verdad y una vindicación de la complejidad de la intrahistoria. El capítulo sobre Marta Harnecker, implacable, debería divulgarse en todas las universidades. Su vívida pintura de personajes revela la respiración moral de una época, y nos previene contra las vidas de santos.
Rafa Gomar, nacido en Gandia en 1955, el más joven de los tres nombres aquí glosados, fue un descubrimiento feliz para mí, gracias a los amigos de la pequeña editorial El Cep i la Nansa. Vianant es un ensayo en forma de dietario que, acogiéndose a las enseñanzas de Pavese, Canetti y el mismo Fuster, ofrece el rastro de un ilustrado que se resiste a la estupidez. Sin estridencias, Gomar bruñe su prosa al servicio de la observación disidente de los detalles. Encuentra con lucidez los resquicios y, aplicando ironía, transporta al lector hacia esas ondulaciones intensas en las que la experiencia es paradójica y la paradoja es la verdad. "Estant sobri, només un estúpid podria dir que domina el temps", escribe en uno de sus aforismos. La obra de Gomar da nuevo vigor al ensayismo escrito en catalán.
Para estos tres autores, la no ficción es la mejor historia. Para sus lectores, también. Huelga decir que, a estas alturas, resulta ingenuo marcar la raya entre literatura de lo real y literatura de la imaginación. Esto me recuerda a ese pobre historiador catalán que perpetra reseñas de libros de su temática sin saber todavía quién es W. G. Sebald. Del pulso con la memoria y la experiencia, ya lo hemos dicho antes, Espinàs, Pons y Gomar salen airosos, aunque ello les obligue a dejarse mucha piel en las palabras y en el interlineado. El riesgo asumido les hace grandes. En el mundo de Fahrenheit 451,los lectores deben escapar y los autores ni tan sólo existen. En nuestro mundo, son los escritores los que, a veces, deben huir. Para volver con nuevos trofeos. Éste es el caso.

Escribe un comentario
Los comentarios están cerrados