Elecciones 2007

En Catalunya, las elecciones municipales han precedido siempre a las autonómicas y, por regla general, pese a su distinta lógica, han venido a adelantar los movimientos electorales que se estaban produciendo en el subsuelo. Las del 2003 fueron, en este sentido, paradigmáticas al anticipar el crecimiento de los partidos pequeños y el retroceso de los grandes, una tendencia que se ha mantenido viva hasta las últimas elecciones autonómicas de noviembre del 2006.

Ahora la pregunta cambia de signo y se formula así: ¿hasta qué punto los resultados de las autonómicas anticipan los de las municipales? Y la respuesta parece clara. En las autonómicas pudo advertirse ya que - al menos en el campo nacionalista- se frenaba esa corriente. Los datos de los sondeos publicados estos últimos días en estas páginas sobre las elecciones locales en las cuatro capitales de provincia de Catalunya parecen indicar que la tendencia se contiene por ahora en todos los frentes y no sólo en el del nacionalismo. En las capitales catalanas avanza la izquierda y retroceden el nacionalismo y la derecha.

Ésta es la conclusión principal que ofrecen los estudios de las cuatro capitales, con algún matiz. El PSC avanza en las cuatro ciudades y CiU en todas, salvo Tarragona. ERC podría retroceder en todas ellas. ICV crecería en Girona y se mantendría en Barcelona, pero retrocedería ligeramente en Tarragona y Lleida. Y, finalmente, el PP perdería apoyos en todas las capitales, pero, sobre todo, en Barcelona y Lleida. En términos de poder institucional apenas se producirían cambios, salvo en Tarragona, donde CiU podría perder la alcaldía, y en Lleida, donde el PSC podría alzarse con la mayoría absoluta que también podría alcanzar en Girona con el apoyo exclusivo de ICV. Por tanto, en términos de poder institucional, progresa algo la izquierda a expensas de los nacionalismos y, en términos electorales, se reconducen algunas de las pautas observadas en elecciones anteriores.

Ya sé que, políticamente, para CiU, perder la alcaldía de Tarragona puede significar mucho, pero, en términos generales, lo que sugieren nuestros datos es que en esta ocasión prevalece en la Catalunya urbana una atmósfera más proclive a la corrección y al reajuste que al cambio. Tras varias consultas en que los partidos principales han cedido terreno a los menores, se tiene la impresión de que ahora subyace una tendencia inversa aunque no excesivamente pronunciada. Las pérdidas y ganancias de cada partido, salvo en algún caso, son más bien moderadas y, cuando son más amplias, como en Lleida o Girona, tienen mucho que ver con la presencia de candidatos con un fuerte respaldo ciudadano. Tal vez lo mismo pudiera decirse de Tarragona, en donde la buena valoración del alcalde saliente y de su gestión no se ven compensadas por la comparecencia del nuevo candidato de CiU.

¿En qué coinciden los diversos indicadores en las cuatro capitales de provincia? Antes que nada, en la buena situación que, para la opinión pública, atraviesan todas ellas, pese a los problemas de tráfico que en todas ellas se denuncian y a los de seguridad ciudadana que se mencionan en alguna. En todas ellas, en unas más que en otras, hay también coincidencia en que la ciudad ha mejorado en los últimos cuatro años, en que la gestión de los respectivos ayuntamientos ha sido favorable para la ciudad. Y en las cuatro, el alcalde o la alcaldesa que concurren ahora merecen una valoración muy positiva. Y este último punto es crucial en elecciones cada vez más personalizadas, en las que la figura del candidato, se diga lo que se diga, cuenta tanto o más que la del partido. A ese respecto, el caso de Girona y, sobre todo, el de Lleida son bien expresivos. En Girona, hasta dos terceras partes de los votantes del PP valoran positivamente la gestión de Anna Pagans. En Lleida, el 70% de los votantes de CiU y el 86% de los del PP juzgan favorablemente la gestión de Àngel Ros.

¿Hasta qué punto podemos fiarnos de estos pronósticos? Ésta es una buena pregunta. Lo es por varias razones. La primera tiene que ver con los márgenes de error de las encuestas, muy elevado, dado el reducido tamaño de las muestras y las variaciones más bien moderadas en algunos casos de las estimaciones de votos y escaños. La segunda tiene que ver con algunas experiencias del pasado. En particular, con la sorpresa que representaron los resultados de las elecciones municipales el año 2003, sin que nadie los hubiera detectado ni los distintos sondeos los hubieran anticipado. Con todo, no es fácil que ahora ocurra lo mismo. Entonces, eran las primeras elecciones que se celebraban en Catalunya desde las generales del 2000 y los movimientos subterráneos de la ciudadanía no eran perceptibles. Ahora, van a tener lugar tras la recomposición del mapa electoral que cristalizó en las autonómicas del 2006 y lo razonables es suponer que no caben más que pequeños reajustes.

No tenemos datos de participación. Sabemos que esos datos son poco fiables. Con todo, ni el clima político catalán ni las experiencias más recientes, como el referéndum y las autonómicas, auguran una alta tasa de participación. Si es baja y no pasa del 50%-55%, lo lógico es que eso no perjudique ni beneficie a ningún partido. Cuando la participación o la abstención son muy altas, lo más probable es que se distribuya de manera proporcional entre todos los partidos. El sesgo a favor de uno u otro es mucho más seguro cuando una u otra se sitúan algo por encima o algo por debajo de la media histórica.

En cualquier caso, las fuerzas políticas catalanas harán su balance el 27 de mayo. Los datos no dirán gran cosa respecto de futuras consultas electorales. Ni en Catalunya ni en Madrid. Pero sí algunas. En una situación de bonanza económica, la oposición municipal lo tiene muy difícil y, tratándose de elecciones de este tipo, el prestigio de los candidatos a la alcaldía desempeña un papel de privilegio. Sobre todo si, como revelan estos datos, la crispación que impera en otras latitudes y, muy particularmente, en Madrid, está tan ausente de la vida municipal de las grandes ciudades catalanas que el hecho de votar a un partido no impide reconocer y valorar la buena gestión de un alcalde perteneciente a una formación política distinta.

Julián Santamaría Ossorio. Catedrático de Ciencia Política en la UCM y presidente del Instituto Noxa.