La amigable despedida de Tony Blair y George Bush en la Casa Blanca cierra un breve ciclo de intensas relaciones entre Gran Bretaña y Estados Unidos. En el fondo de esta colaboración está la guerra de Iraq.

Tanto Blair como Bush celebraron un fracaso compartido en franca camaradería. Ninguno de los dos pidió disculpas por nada y manifestaron que volverían a hacer lo mismo porque piensan que sus decisiones eran fruto de su voluntad para combatir el terrorismo internacional y la democracia.

Pero Bush y Blair han de saber ya que la historia les juzgará por haber intentado erradicar un problema con una gran mentira, con trampas, con cientos de miles de muertos y, finalmente, porque si bien derrocaron a un sanguinario dictador también provocaron mucho más terrorismo, más miedos, más inseguridades en todo el mundo y más violencia sectaria y étnica en un país que hoy es el foco desestabilizador más grande en Oriente Medio y en el mundo.

El primer ministro británico es la penúltima pieza caída del tablero ideológico de una invasión militar pensada y ejecutada con la fuerza sin tener en cuenta las razones, el derecho, el respeto a la vida y las consecuencias siempre catastróficas de una guerra que no tenía una causa.

Del tablero se cayó muy pronto Aznar, que participó altivamente en la guerra sin tener en cuenta la opinión de la mayoría de españoles. Cayo también Collin Powell, que pasó por el ridículo de presentar unas pruebas en las Naciones Unidas que resultaron ser falsas.

Cayó el halcón Donald Rumsfeld, secretario de Defensa, que las primeras noches de los bombardeos sobre Bagdad, aparecía en directo en televisión con semblante sonriente como los que prenden los cohetes de los fuegos artificiales.

Desapareció Richard Armitage, el que más trabajos sucios realizó para que Bush se lanzase a la aventura de una guerra que no tiene una salida clara después de cuatro años de haber anunciado que se había ganado.

La última pieza es Paul Wolfowitz, que ha anunciado su dimisión como presidente del Banco Mundial. El pretexto es su falta de transparencia al favorecer a una amiga suya en sueldo y posición en Washington.

Wolfowitz fue el inspirador ideológico del conflicto. Cuentan los muchos libros que se han publicado ya sobre los preparativos y ejecución de la invasión que Wolfowitz fue el cerebro de la democratización de Oriente Medio a través de la hegemonía militar de Estados Unidos.

El fracaso es lamentablemente evidente. Su paso por el Banco Mundial debía ser una coartada para financiar la reconstrucción de un país cuya destrucción había sido impulsada intelectualmente por él mismo. Se le pilló en el error de favorecer a una amiga y ha perdido el cargo.

Quedan en el tablero el presidente Bush, el vicepresidente Cheney y Condoleezza Rice, que es quien mejor sale parada de esta catástrofe política que tiene consecuencias en todo el mundo. Bush pasará dificultades en agotar su segundo mandato y Dick Cheney es un personaje políticamente amortizado y desprestigiado.

Condoleezza Rice conduce la política exterior de Washington con todos los problemas derivados de la diplomacia de una gran potencia. Putin se ha puesto el casco autoritario, amenaza con represalias energéticas y no quiere perder su influencia en Europa central y en los países bálticos.

En cualquier caso, la señorita Rice pasará a la historia por haber participado en una estrategia que carecía de las mínimas reglas del respeto, del derecho y de la responsabilidad en gestionar los grandes temas mundiales.

El mundo democrático y libre necesita un giro. Lo va a dar con la lentitud propia de las democracias. Pero lo va a dar porque la filosofía de quienes han conducido a esta crisis está siendo despreciada por la opinión pública que pasará factura en las urnas.

La amenaza del terrorismo de procedencia islámica es real y muy peligrosa para Occidente. Habrá que combatirla. Pero con más inteligencia, con más visión política y contando con la cooperación internacional.

Un personaje como Javier Solana, el español más influyente en el mundo en esta generación, ha recibido el premio Carlomagno. Por sus méritos, por su trabajo, por su dedicación, por su respeto a todos y por creer más en el entendimiento que en la confrontación.

Ha contribuido a que Europa sea percibida hoy en el mundo como un gran espacio democrático, generoso, sin mucha fuerza militar pero con la razón que otorga el derecho y las reglas de juego internacionales.