No sé nada de cómo se pueden multiplicar los ingresos cuando se gestionan los derechos de un gran evento deportivo. Los de la Fórmula 1, por ejemplo. Pero me imagino que Mediapro, que sabe mucho de retrasmisiones deportivas en exclusiva, habrá hecho sus cuentas. El hecho de que Telecinco se enfade por perder los derechos del Gran Premio y hable de criterios alocados de rentabilidad que supuestamente revientan el mercado indica que su enojo se debe a que le han arrebatado un buen negocio. Tampoco sé nada de cuánto han de llenarse los depósitos de gasolina, de cuál ha de ser la presión de los neumáticos y otros misterios técnicos que rodean a los bólidos. Pero procuro ver la salida de cada Gran Premio y luego me quedo clavado ante el televisor. Somos millones quienes, por no perdernos detalle alguno, aguantamos estoicamente eternos anuncios. Los anunciantes pagarán un pastón por estar asociados con estas retransmisiones. Lo que ha montado Bernie Ecclestone con sus carreras es ciertamente fascinante. Y es que tampoco entiendo cómo se tiene la sangre fría de invertir una suma fabulosa en lo que no deja de ser un intangible como es todo happening circense, y la Fórmula 1 lo es, para recuperarlo con un buen margen en una industria como la audiovisual, que está en un desbocado proceso de desarrollo y, por ello, es inestable por definición. La masiva popularidad de la Fórmula 1 en España es reciente y se debe exclusivamente a los éxitos de Fernando Alonso. El tirón actual puede ser replicable dentro de unos años por otro genio tipo Ecclestone. ¿Y qué decir de los canales de distribución de tales eventos? No creo que sigamos condenados por mucho más tiempo al monopolio de la caja tonta y a soportar anuncios que nada interesan.

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