Dos encuestas publicadas en estas páginas, el miércoles y el jueves pasados, revelan un dato preocupante: los escritores catalanes tienen escaso interés por asistir a la Feria de Frankfurt, que en otoño tendrá como invitada a la cultura catalana. Entre los autores catalanes en lengua castellana la inapetencia es mayor: se sienten ninguneados por el Institut Ramon Llull, que dirige Bargalló, acaso dispuesto a extremar la razonable primacía de los autores en catalán. Entre éstos hay más interés, pero también escepticismo. Algo se está haciendo mal. O tarde.

El estado de ánimo de los escritores ante la feria, ocasión única para dar a conocer nuestra cultura, no es asunto menor. El hastío causado por la bronca lingüística ha inducido a algunos a proclamar que la feria no es lugar para creadores, sino para editores y agentes. Pero la feria de este año no es una más: incluye la operación promocional catalana, en la que nuestra Administración va a invertir bastantes millones. Y en esa operación, si aspiramos a que las letras catalanas ganen aprecio y mercado, la presencia de los autores resulta imprescindible. Así es porque el negocio editorial tiene sus leyes y no engorda sólo con exposiciones, stands y mesas redondas - las de Frankfurt tendrán quizás más eco en Catalunya que en Alemania-. También cuentan, y no poco, las apariciones de los escritores en la prensa. Esto lo sabe el editor más bisoño. Y lo sabe el escritor con alguna fama: cada vez que publica un libro su editor le somete a extenuantes jornadas de entrevistas, con cuantos más medios mejor, porque todo éxito literario suele principiar en las páginas de los diarios.

Esta razón práctica podría bastar a la Generalitat para incluir entre los enviados a Frankfurt a autores en lengua castellana bien situados ya entre el público alemán, quienes en alguna medida allanarían el camino a sus colegas que escriben en catalán. No se trata de que los catalanocastellanos vayan a hacer sombra a los catalanocatalanes, ni a robar plano, sino de que echen una mano y, naturalmente, rentabilicen también su viaje. ¿O acaso alguien está dispuesto a garantizar que una embajada monolingüe obtendría mayor resonancia y provecho que una bilingüe inteligentemente orquestada?

Dicho esto, procede añadir que las razones de orden práctico no son las principales. La inclusión de autores en lengua castellana en la embajada de Frankfurt responde ante todo a la realidad: la cultura catalana de hoy es bilingüe y diversa. Esta cultura polifónica y entera es la que ha sido invitada por Frankfurt - como no se cansan de repetir sus organizadores-, y la que nos refrenda como potencia literaria e integradora. Aquí no abundan las disputas entre escritores en razón de su lengua, ni los lectores (dignos de ese nombre) que repudien un libro por estar escrito en un idioma o en otro. Así las cosas, ¿por qué presentarnos como menos de lo que somos? Algunos responden a esta pregunta recordando que España no fue muy generosa con los autores en catalán cuando fue la invitada de Frankfurt, en 1991. Ahora bien, ¿con qué autoridad se puede criticar aquella exclusión cuando se está proponiendo una simétrica? ¿Quién cree todavía, en el globalizado siglo XXI, que la única cultura de una sociedad es la que se expresa en su lengua más genuina?

La mera publicación de las dos encuestas aludidas al principio ha sido denunciada como parte de una campaña insidiosa. Es una denuncia infundada, claro. Lo que animaba tales encuestas, lo que anima esta nota, es el deseo de que la cultura catalana dé su mejor y más plena imagen en Frankfurt. Algo que no logrará si acude con velos y exclusiones flagrantes. Queda aún tiempo para evitarlo, y ojalá sea así. Porque más tiempo quedará, si no se evita, para lamentar los efectos del error.