En las elecciones municipales y autonómicas del próximo domingo 27 de mayo se disputan, como en todas, los votos y, a través de ellos, el poder. Hay mucho poder en juego, ya que se elegirán los parlamentos de trece comunidades autónomas y de todos los ayuntamientos de España. Son, en el plano local, las primeras que se celebran en todo el territorio desde las elecciones generales del 14 de marzo del 2004, si descontamos los comicios europeos, y a sólo un año de las próximas generales.
Los datos disponibles sugieren que, si no hay sorpresas, el mapa electoral resultante mostrará una gran estabilidad. Por eso, a diferencia de otras veces, los partidos afirman que, en ningún caso, se podrán considerar primarias,es decir, como un anticipo de las generales. Y así es, en efecto, porque las motivaciones de los ciudadanos y sus incentivos son muy diferentes en ambos tipos de consulta.
Naturalmente, ello no impedirá que la noche electoral los dirigentes políticos hagan toda suerte de malabarismos contando votos, concejales, diputados y gobiernos para dar la interpretación de los resultados que les sea más favorable.
La historia electoral de la Comunidad de Madrid experimentó un vuelco en 1995 con la victoria de Alberto Ruiz-Gallardón y, desde entonces, ha gobernado el PP. En mayo del 2003, la balanza se inclinó del lado de la coalición PSOE-IU, pero, tras el abandono de dos diputados electos del PSOE y la repetición de las elecciones regionales en octubre, el Gobierno madrileño volvió a manos de los populares y todo induce a pensar que lo mantendrán con holgura tras los comicios del 27 de mayo.
Los ciudadanos madrileños están satisfechos con la situación económica de la Comunidad, consideran que ésta ha mejorado en los últimos cuatro años, valoran en gran medida la gestión de la presidenta Esperanza Aguirre y de su Gobierno y la ven como ganadora indiscutible. Es cierto que, salvo en circunstancias excepcionales, perder unas elecciones autonómicas es casi más difícil que ganarlas, pero, además, la derecha y la izquierda compiten en Madrid en condiciones desiguales.
En primer lugar, el Partido Popular, al margen de las disputas entre la alcaldía de la capital y la Comunidad, ha funcionado con disciplina férrea, aglutinando a la derecha entera, y el Gobierno madrileño ha actuado como correa de transmisión del Gobierno central cuando lo dirigía el PP o como ariete de la oposición frente a aquél cuando está en manos socialistas.
Esperanza Aguirre se ha hecho con las riendas de su partido en la Comunidad y ha crecido políticamente al elegir como enemigo al Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero. Por su parte, el Partido Socialista de Madrid ha sido históricamente uno de los reductos más conflictivos del PSOE, tanto internamente como en sus relaciones con los gobiernos socialistas. Rafael Simancas ha logrado apaciguar sensiblemente esas tensiones y ha realizado una oposición tenaz y puntillosa a Aguirre que, acaso por su prolijidad y dispersión, no ha comunicado mensajes claros ni a sus seguidores ni a los demás.
En segundo lugar, Esperanza Aguirre cuenta con el respaldo unánime de quienes la votaron en octubre del 2003. Casi en su totalidad la prefieren como futura presidenta mientras a Simancas sólo lo prefieren la mitad de los que lo votaron hace cuatro años. Estos indicadores deberían inducir a los candidatos a evaluar con tiempo sus posibilidades electorales y a quienes los designan a tomar en consideración informaciones tan sensibles y evidentes.
Puede resultar injusto que una tarea tan tesonera y meritoria como la del candidato socialista no se vea compensada con una mejora suficiente de su imagen política. Sin duda, lo es, pero también es cierto que en esas condiciones la contienda resulta muy desigual. Y así, mientras el Partido Popular cuenta con una plena fidelidad de voto, uno de cada diez electores del Partido Socialista de Madrid se dispone a votar a la derecha.
En tercer lugar, cuando uno arranca con semejante desventaja, lo lógico es adoptar una estrategia "defensiva", tratando de retener y reforzar sus propios caladeros y aproximarse luego al centro. Eso requiere mucha claridad en los mensajes, en pocos mensajes, pero claros y sencillos. La multiplicación de promesas en todos los ámbitos hace que se pierdan en el recuerdo.
La corrupción urbanística podría haber sido, en teoría, un buen tema, pero esto choca con algunas dificultades. Justa o injustamente, son muchos los ciudadanos madrileños que adoptan en este punto una posición equidistante, entendiendo que la corrupción está repartida más o menos por igual entre todos los partidos. Y ello a pesar de que los seguidores más fieles de cada partido político se la atribuyan al otro y se la nieguen o se la condonen al propio.
La Comunidad de Madrid es la más afectada por la crispación, como ponen de relieve las posiciones tan encontradas de los seguidores de cada partido respecto a cuestiones como la situación política y, en ese sentido, no puede ser tomada como referencia. En todo caso, hoy por hoy, el pronóstico es claramente favorable al Partido Popular en Madrid. En principio, sus resultados no pueden mejorar, porque tiene ya movilizado a todo su electorado, mientras que el PSM y Simancas, por la razón opuesta, tenían aún recorrido al inicio de la campaña, cuando se realizó esta encuesta.
Julián Santamaría Ossorio. Catedrático de Ciencia Política en la UCM y presidente del Instituto Noxa.

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