A FONDO: LA AGRICULTURA METROPOLITANA

En tiempos de alta tecnología, de modernidad y de informática, en que el turismo rural se convierte en una huida a lugares exóticos, la pervivencia de la agricultura más básica en la misma área metropolitana de Barcelona parece un espejismo. Los últimos payeses del Llobregat se resisten a ser expoliados y apartados de sus tierras, a cambiar su forma de vida, que han heredado de sus padres y abuelos, pero son conscientes que no hay relevo generacional. No es cuestión de vocación: la especulación urbanística, la presión de las promotoras, la falta de medidas de protección por parte de las administraciones pesan demasiado en la balanza. La lucha contra la 'cultura del tocho' no tiene cuartel, entre las hortalizas del Delta.

EL PRAT.- El Baix Llobregat es un territorio de contrastes. En una de las zonas de mayor crecimiento demográfico e industrial de Cataluña, la visión del paisaje a través de las ventanas de un tren de Cercanías que sigue la línea de la costa resulta muy reveladora. Junto a las grandes infraestructuras y las grúas que construyen mastodónticas torres de viviendas en el sur metropolitano, se vislumbran cultivos de frutas y hortalizas.

Con estoicismo, los últimos agricultores del Delta del Llobregat resisten la embestida del crecimiento industrial y económico, las tretas de la especulación urbanística y el complejo reto del relevo generacional. Y lo hacen sin una poción mágica que los convierta en invencibles ante el enemigo invasor.

Resignados a su suerte, los pequeños agricultores afrontan el futuro sin demasiada esperanza. El fin de una forma de vida está cada vez más próximo, al menos de la manera en que ellos lo han vivido desde niños. Entre los payeses tradicionales, se impone actualmente un sentimiento generalizado de desesperación y hastío.¿Hasta cuándo podrán ser cultivadas sus tierras?

La sensación de haber perdido una batalla recorre los cultivos de hortalizas y frutas en localidades como El Prat de Llobregat, Sant Boi de Llobregat, Santa Coloma de Cervelló, Viladecans, Sant Feliu de Llobregat o Gavà. Y es que el censo de agricultores se reduce cada vez más. Valga este ejemplo: en 1950 eran 12.000 los payeses que vivían y trabajaban en Sant Boi, municipio en que vivían 48.000 habitantes; es decir, uno de cada cuatro santboianos era payés. En 1980, eran 250 agricultores. En la actualidad, apenas 75 personas se dedican oficialmente a la agricultura en una localidad cuyo padrón supera los 81.000 inscritos.

En el resto del Delta del Llobregat, la situación es similar.«El censo agrícola ha caído en picado», confirman desde el sindicato Unió de Pagesos del Baix Llobregat. Según los datos que manejan, son 670 los labradores que mantienen su estilo de vida actualmente en esta comarca. No obstante, la cifra no es real: hay más payeses jubilados que siguen trabajando la tierra, y otros que lo hacen a tiempo parcial. Todos ellos son los últimos payeses del Delta del Llobregat.

La falta de relevo generacional en las pequeñas y medianas explotaciones es el mayor problema al que se enfrenta la continuidad de la agricultura metropolitana. Es un hecho. Los hijos de los agricultores no tienen vocación por el campo, prefieren desempeñar otros trabajos a continuar la tradición familiar. En su mayoría, pudieron obtener una formación, y la vuelta de las escuelas de la ciudad a los vergeles periféricos no es un camino muy habitual. Así, la falta de interés entre las nuevas generaciones es el gran drama de la payesía metropolitana.

Según explica el antropólogo Jordi Sempere Roig, «el número de agricultores en el Baix Llobregat desciende sin que las administraciones traten de erradicar esa tendencia; al dictado de la Unión Europea, sólo se potencian las grandes explotaciones». Sempere, una de las principales voces autorizadas en la agricultura del área metropolitana de Barcelona, autor del reciente volumen L'Agricultura de les perifèries urbanes. El cas de Barcelona i Toulouse (CTESC), indica que «sin el pequeño payés no habrá equilibrio en el territorio».Se ha instalado definitivamente entre los pequeños agricultores del Delta del Llobregat la sensación de derrota. «Están tocados», confirma el antropólogo, «porque además de su propio drama se les contempla como una lacra para el desarrollo». Y añade: «Les disgusta sentirse como una molestia ante lo que comúnmente se conoce como progreso».

La caída en picado del censo de labradores deviene alarmante para la continuidad de un estilo de trabajo y de vida muy arraigada en este territorio. Hace sólo cien años, la desembocadura y el valle bajo del Llobregat concentraba una tierras agrícolas de una gran riqueza. Pero esa abundante fertilidad perdió la partida ante el avance del cemento y las hormigoneras. La transformación de aquellos campos fue veloz.

Hoy, las grandes actuaciones -véase la inmensa construcción de la línea de alta velocidad Madrid-Barcelona-La Jonquera a su paso por el Baix Llobregat, la ampliación del aeropuerto de El Prat, la edificación de la futura Ciutat de la Justícia en L'Hospitalet, los parques industriales o las obras de unas gigantescas torres de viviendas en Viladecans- y las infraestructuras sitian de norte a sur, de este a oeste, los vestigios de aquellas vastas extensiones de terrenos sembrados.

De aquella lejana época de vacas gordas para la agricultura del Baix Llobregat queda sólo la impronta, una suerte de memoria histórica para las generaciones venideras. Son 3.332 las hectáreas de suelo agrícola que han sobrevivido a los vaivenes del avance de los tiempos.

«Para nosotros, esas hectáreas son todo un símbolo de identidad», señala Lluís Parés, agricultor de Sant Boi con 45 años en el sector. Acude cada día a las fincas que trabajó su padre. Y antes, su abuelo.

Esas tierras, según Parés, algunos payeses las venden «al mejor postor» porque «no existe seguridad de poder seguir trabajándolas».Las expropiaciones que provoca la construcción de nuevas infraestructuras es el principal aliado que la falta de relevo generacional tiene para acabar con esta payesía. Toda nueva obra supone «expolios» forzosos, como dice el agricultor. Y tierras «troceadas». Después, como pasó en el caso del AVE, puede pasar mucho tiempo hasta que algunos de los pagos de las expropiaciones se hagan efectivos.

Las tierras de cultivos que resistieron el envite desarrollista de la zona se reconvirtieron en el Parc Agrari del Baix Llobregat.Era 1998 cuando el Consell Comarcal y la Diputació de Barcelona impulsaron la creación del Consorci del Parc Agrari como ente gestor de un territorio de cerca de 3.000 hectáreas de cultivo de hortalizas y frutas cultivadas por 550 titulares de explotación; de ellos el 70% tenía dedicación plena.

La fuerza reivindicativa de los agricultores, a través de Unió de Pagesos, resultó decisiva para el nacimiento del consorcio.Miembros históricos de la organización sindical pusieron a finales de los años setenta la semilla del futuro consorcio con su infatigable lucha por la conservación del espacio agrario. La organización sindical, los ayuntamientos de 14 localidades del Baix Llobregat y la Generalitat también forman parte del consorcio. El parque dio respuesta de forma rotunda a la necesidad de preservar, gestionar y desarrollar un espacio agrario presionado intensamente por el crecimiento urbano e industrial del área metropolitana de Barcelona.

Ahora, uno de los retos del consorcio será incentivar la explotación de las tierras y encontrar nuevos canales de comercialización de la marca de producto fresco del parque. «Un sitio web en Internet permitirá dirigir a los consumidores a diferentes mercados municipales de Barcelona y la comarca; allí podrán encontrar la característica alcachofa o el pollo pota blava de El Prat», explica el director del Parc Agrari, Josep Montasell.

El pesimismo campa a sus anchas en las pequeñas explotaciones del Delta del Llobregat, ya que nada garantiza la supervivencia de la payesía metropolitana durante una generación más. Sólo las explotaciones empresariales ven el futuro algo menos negro.

Al margen de posibilidades como la que baraja el Ayuntamiento de Sant Boi para convertir a la alcachofa en una indicación geográfica protegida, los payeses lamentan la poca protección que reciben desde las administraciones. Otra puerta abierta a la esperanza es que se produzca un viraje en el actual ritmo de construcción; y que los ciudadanos reparen en la riqueza paisajística de la que aún pueden disfrutar a escasa distancia de sus localidades.

APOYOS

Resistencia agraria ante el avance inexorable del hormigón

EL PRAT.- El cemento avanza a paso de gigante, y el hormigón sigue ganando terreno en el Baix Llobregat. Inevitablemente, la cultura del tocho se impone en este territorio. En la actualidad, el ladrillo ocupa casi un tercio de la superficie de los municipios de esta comarca que están integrados en el área metropolitana de Barcelona.

De las 48.500 hectáreas que suman esas 22 localidades, 15.326 están urbanizadas, según un estudio elaborado por la Mancomunitat de Municipis del Area Metropolitana de Barcelona y la Universitat Politècnica de Catalunya.

La preservación del suelo agrario a partir del desarrollo económico de las explotaciones es la principal función del Parc Agrari del Baix Llobregat. Además, también es uno de sus retos de futuro: «Trabajamos para evitar que se construya tanto en el espacio agrario», explica el director del Parc Agrari, Josep Montasell.«Queremos conseguir que el proceso de desarrollo de infraestructuras se calme para mantener el mayor número posible de hectáreas de suelo agrícola», redunda.

Sólo en el Baix Llobregat y L'Hospitalet, que ocupan el 1,5% del territorio de Cataluña, viven cerca de un millón de personas.En la segunda ciudad catalana más poblada queda muy poco terreno libre: de sus 1.260 hectáreas, el ladrillo se ha hecho fuerte en 1.226; esto es, el 97,3 % del total del territorio. En la clasificación de las localidades más urbanizadas, a L'Hospitalet le siguen Badia del Vallès (90%), Esplugues (84,4%) y Barcelona (81,6%).

Los municipios del Baix Llobregat en que más se construyó entre los años 1977 y 2000 son Castelldefels (333 hectáreas), Sant Boi (326 hectáreas), L'Hospitalet (322 hectáreas) y El Prat, con 321 hectáreas.

Especulación sin freno

EL PRAT.- El Parc Agrari del Baix Llobregat ha impulsado un plan especial que delimita el espacio agrario a proteger. Pero la ley tampoco es una barrera para la creciente especulación urbanística: algunos de estos espacios han sido comprados por promotores que esperan que el parque desaparezca para poder construir.

El antropólogo Jordi Sempere Roig reclama «medidas más estrictas» para que se cumplan las normas. Sempere, experto en agricultura periurbana, reivindica que los agricultores del Delta del Llobregat constituyen «una riqueza que debería potenciarse: sin el pequeño explotador de los cultivos, no habrá equilibrio en el territorio», explica. Por ese motivo, el antropólogo sostiene que se impone una «apuesta firme» por la continuidad económica de estos agricultores.«Si el objetivo es que sean gestores eficientes del territorio, los payeses deben tener una explotación rentable», insiste.

Por su parte, Lluís Parés, agricultor afiliado a Unió de Pagesos, está desilusionado respecto al futuro: «El censo está tan envejecido que en cinco años no quedará prácticamente nadie, salvo algunas cooperativas o zonas frutícolas», asegura. «Puede que la tendencia empresarial continúe, pero en general este estilo de vida se acaba», añade Parés.

El Parc Agrari del Baix Llobregat indica que la precaria situación es generalizada en toda Europa.

El Astérix del Delta del Llobregat

EL PRAT.- El silencio es absoluto; el olor, inconfundible. «Observa los terrenos; todo es como si nos hubiéramos trasladado en el tiempo y en el espacio», dice Lluís Parés, agricultor de Sant Boi de Llobregat, no sin razón. En sus tierras, esas que trabaja cada día, como antes hicieran su padre y su abuelo, uno puede llegar a olvidarse de que a sólo unos centenares de metros conviven transitados nudos viarios o las obras del colosal viaducto del AVE a su paso por el Baix Llobregat. «Es una realidad paralela», bromea el payés, acerca de sus cultivos de frutas y hortalizas, situados a escasos minutos del bullicio del centro de la localidad.

Como hace desde que era un niño, Lluís Parés, de 60 años de edad, acude cada mañana a trabajar las cerca de tres hectáreas de cultivos que tiene. «Ya sea sábado o domingo, haga frío o haga calor», dice el agricultor, mientras corta unas tomateras. «Ser payés es duro, y muy diferente al resto de oficios: yo quiero mi trabajo, mis tierras y mis frutas porque son parte de mi vida», añade Parés, quien concluye: «Existen los ciudadanos; después estamos nosotros, los payeses».

Como muchos de sus compañeros del Delta del Llobregat, Lluís nació en el campo; para él, acabar la educación básica a los 14 años y empezar a trabajar las tierras fue todo uno. El padre de Parés era arrendatario de un campo, pero con el desenlace de la Guerra Civil Española vinieron los problemas: «Los terratenientes echaron a todos, pero él tuvo suerte de tener unos ahorros», recuerda el agricultor. Con 20.000 pesetas de la época, su progenitor pudo comprar estos mismos campos. Y ahí siguen, en manos de la familia.

El relevo lo cogió el joven Lluís, pero ahora el reemplazo generacional no está asegurado. En este punto, el agricultor no puede contener la emoción. Imaginarse sus tierras vacías le duele. Parés tiene una hija y un hijo a los que nunca les interesó demasiado el campo. «Estudiaron, y ya no hay marcha atrás», indica con pesadumbre.

No obstante, el agricultor sostiene que el drama que para los agricultores supone la falta de relevo generacional en las explotaciones no responde únicamente a la falta de vocación de los jóvenes: «La angustia que se vive entre los payeses ha provocado que no hayamos motivado a nuestros descendientes», apunta Lluís Parés, quien considera que la inseguridad de la vida de agricultor - «tener tierras o no en un futuro próximo» - ha pasado factura.

«Si a un payés le quitas la tierra, lo matas; porque se convierte en un extranjero en su propia ciudad, en su propio país. Y eso es porque esa vida nos es ajena», asevera Parés.

Triste e incluso «desesperado» ante el negro panorama que se avecina para él y los de su generación, Lluís cuenta los días que le quedan en su particular oasis santboiano. «El escenario será feo dentro de cinco años, cuando los que tenemos 60 años dejemos de ir a trabajar y estas tierras queden vacías», abunda.

Entonces, según el experimentado payés, algunos venderán sus campos «al mejor postor»; es decir, a los promotores constructores.Se presentan allí donde hay suelo agrícola «pagando precios desorbitados» porque «creen que algún día serán terrenos urbanizables».

«Un payés no se hace, sino que ya nace», señala Lluís. Él y su mujer viven en una casa del centro de Sant Boi «grande y bien equipada», con aspecto urbano pero interior rural: necesitan espacio para un almacén, cajas, un tractor, una furgoneta y una cámara frigorífica. Cuando se les acabe la vida de payeses, se verán obligados a venderla para irse a ocupar un piso más pequeño.

Cerca de los frutales resisten las masías habitadas de Cal Peñasco, Cal Tombarella, Cal Maurici o Ca la Rosa. Según Lluís, vivir en una masía es muy inseguro. Para él, sus terrenos son como un oasis en medio del cemento, como una irreductible aldea gala que planta cara al Imperio Romano del César, el avance del cemento.

Como Astérix, Lluís es bajo, serio, inteligente, habilidoso, astuto, entrañable, luchador y líder. En el sector se le conoce por su espíritu combativo. Cuentan otros payeses de la zona que un incombustible Parés lideró muchas de las reivindicaciones a favor de la conservación del espacio agrario. Corría el final de la década de los setenta, y las movilizaciones desembocaron en un destacado manifiesto para salvar el Delta del Llobregat.

Parés, que es algo pesimista, se considera «afortunado» por pertenecer al selecto grupo de payeses santboianos que vende, directamente y al detalle, todas sus frutas y hortalizas al mercado municipal.

En cambio, los productos de los 65 agricultores de la zona con patente para distribuir en Mercabarna están sometidos a criterios de calidad.

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