Degradación. ¿Hay otra palabra que se ajuste mejor al estado en que se encuentra el inacabable conflicto israelípalestino? Podríamos también hablar de desintegración, abismo moral, envilecimiento, vergüenza. Es verdad que son términos ya gastados a fuerza de usarlos con relación a esta iniquidad de tantos años. Siempre parece que se ha tocado fondo. Pero no. Existe un todavía más. Es el gran pozo hediondo, el escándalo que el mundo ve como si se tratara de una fatalidad que a nadie salpica.

Y, sin embargo, allí, en las tierras triplemente sacras de lo que fueran Judea, Samaria y Galilea, la tragedia y las maneras más deshonrosas del cainismo y el oprobio se intensifican como un inevitable, gradual descenso a los infiernos. Es una degradación a dos bandas. En Palestina; en Israel. Como si el suicida abrazo en la discordia uniera en un mismo destino a dos pueblos cuya fe religiosa monoteísta tiene como antepasado a Abraham.

A las cuatro guerras habidas entre el Estado de Israel creado en 1948 y los vecinos árabes que no reconocían su existencia, todavía cabía dotarlas de un cierto halo de gesta. La sombra del holocausto permitía a Israel presentarse como defensora de una identidad humillada durante siglos que luchaba por la supervivencia de un Estado creado bajo los auspicios de las Naciones Unidas. Y la lucha de las naciones árabes contra Israel era la reivindicación ante la injusticia de que se hubiera consentido el asentamiento en tierras árabes de una depredadora cuña judía. Valía aún el recuerdo del engaño de las potencias occidentales, vencedoras del imperio otomano en la Primera Guerra Mundial, que escamotearon la creación de una gran nación árabe e impusieron la fragmentación en estados nacionales para mejor ponerlos bajo su dominio.

Las sucesivas victorias de Israel reforzaron su orgullo nacional. En los estados árabes crearon resentimiento vindicativo. Pero era la guerra. Ejército contra ejército. Aunque crecía entre los árabes, amargo, el sentimiento de ser traicionados, otra vez, por Occidente.

La primera intifada palestina, en los años ochenta, alteró esta situación. Era la rebelión contra el ocupante por parte de los palestinos. Una revuelta popular, noble. Una lucha desigual de jóvenes desprotegidos contra el ejército más poderoso de Oriente Medio. Soldados y tanques contra una población civil que reclamaba ser libre, disponer de sí misma, el fin de una ocupación contraria a las disposiciones reiteradas de la ONU.

Vinieron después años de esperanzas sistemáticamente desmentidas. Los acuerdos de Oslo de 1993, la creación de la Autoridad Nacional Palestina bajo la presidencia de Yasir Arafat. Repetidas negociaciones que debían acabar en el establecimiento de un Estado palestino. Una y otra vez, el desencanto, la frustración. Por esto, la segunda intifada en el 2000. Y, a partir de ella, la violencia imparable. El crecimiento de las organizaciones integristas musulmanas, especialmente Hamas. Terrorismo palestino en Israel. Y la escalada de la violencia israelí.

Un ejército no ya en guerra, sino empleado de manera brutal y poco honrosa en el ejercicio de represión sin ajuste a ley ninguna.

Indiscriminada. Arrasamiento de viviendas, fuego de tanques y helicópteros sobre población desarmada, mujeres y niños incluidos. Detenciones en masa. Traslados forzosos de población. Luego, asesinatos selectivos, secuestros, controles militares en las vías de comunicación de ciudad a ciudad, de pueblo a pueblo. Inacabables, humillantes.

La decisión de Ariel Sharon de evacuar Gaza fue una engañosa, pérfida trampa. Se fueron los colonos judíos. Pero quedan 1.700.000 árabes, 800.000 de ellos sumidos en la pobreza, en un 60 por ciento parados. Muchos sin luz, sin agua corriente, sin acceso a medicamentos. Atrapados, encerrados por la fuerza militar israelí en un reducido espacio. Sucio y envenenado caldo de cultivo que lleva al infierno.

Muerto Arafat, quedaba abierto el campo de la discordia violenta y el odio entre las facciones. Y el Sharon en inacabable estado de coma parece estar extrañamente presente para asistir sin saberlo al resultado lamentable e ignominioso de su obra. En Gaza reina el caos. La lucha entre Hamas y Al Fatah se aproxima a la guerra civil. Tal vez al asalto del poder por los integristas. Se ha roto el principio que prevalecía bien que mal en tiempos de Arafat: nunca pelear entre nosotros, el enemigo es Israel.

La elección de Mahmud Abas como presidente de la OLP en el 2005 suponía la continuidad del legado de Arafat. El predominio de Al Fatah. Hasta daba pie a alguna esperanza de reanudación de los contactos con Israel. De busca de algún camino hacia la paz. Pero las elecciones del 25 de enero del 2006 dieron la victoria a Hamas. Ismail Haniye formó Gobierno. Y Al Fatah no aceptó el veredicto de las urnas. La cohabitación del presidente Abbas con un Gobierno de Hamas era inviable en el contexto del enfrentamiento entre el nacionalismo árabe y el integrismo islamista. Algo que se inscribe de manera alarmante en el aviso del rey Abdulah de Arabia de que "el mundo árabe se encuentra a punto de estallar". Tanto Israel como las potencias occidentales no sólo negaron el reconocimiento al nuevo

Gobierno sino también las ayudas, lo que agravó la situación. El mismo monarca saudí ha tomado iniciativas para impedir los efectos que podrían ser explosivos del estallido de una guerra civil palestina en un Oriente Medio donde el desastre de Iraq, la inquietante situación de Afganistán, el comportamiento provocativo de Irán, las discordias en Líbano, la tensión entre islamistas y laicistas en Turquía y la incertidumbre que se cierne sobre el presidente Musharraf de Pakistán amenazan con lo peor. El rey Abdulah consiguió de Mahmud Abas y de Ismail Haniye la formación de un Gobierno palestino de coalición. Pero los choques entre Hamas y Al Fatah se repiten. Una diversidad de milicias de partido y de fuerzas oficiales con miles de hombres en armas, amén de grupos cercanos a la delincuencia se apoderan de la calle. La tregua con Israel se ha roto. Es, en Palestina, el todos contra todos en un clima generalizado de desintegración. Y el descrédito de un Israel cuyo ejército perdió la estima el verano pasado en Líbano contra Hizbulah, mientras en tierra palestina sigue enfangado tozudamente en una tarea degradante de opresión con el recurso demasiado frecuente a detenciones ilícitas temporales, a malos tratos y vejaciones, a torturas, a arbitrariedades de todo orden contra la población civil. Al tiempo que más de once mil prisioneros palestinos llevan años en cárceles no precisamente modélicas.

La descalificación moral cae sobre el Gobierno israelí. La comisión Winograd se ocupa de las responsabilidades por el fracaso en el Líbano meridional. Están en curso denuncias de corrupción e ilegalidades. Afectan al primer ministro Olmert y a otros miembros del gabinete. Hasta el presidente Katzav tuvo que dimitir por abusos sexuales. La ministra del Exterior, Tzipi Livni, pidió el día 2 el cese de Olmert y cien mil manifestantes lo exigieron el día 3 en las calles de Tel Aviv. El ministro de Defensa, el laborista Peretz, puede ser desbancado en el próximo congreso de su partido. La persistencia en la injusticia pasa cuentas. La devaluación moral hace estragos. Y el Estado israelí busca como sea dónde encontrar judíos, sean o no de pura cepa, para que no se agote la aliya,el retorno a Israel, que le es imprescindible y está en trance de acabar.