Tiroteo estudiantil, decía la noticia. Algo así como, pelea entre alumnos sin más trascendencia. Pero sí la hubo. Una persona muerta y otras dos heridas. Eso sí, las clases continuaron como si nada hubiera sucedido.
¿Están todos locos, se han vuelto de piedra, son meros robots metálicos que carecen de sensibilidad? Los hechos ocurrieron la semana pasada en Estados Unidos, y la agencia que informó con total asepsia, brevedad e indiferencia fue Associated Press (Ap). En la California State University, un alumno disparó contra tres personas, con el resultado antedicho, y se dio a la fuga. Puesto que el lance carece de importancia, no se ha informado de si el agresor ha sido capturado o no.
En cambio, sí sabemos que a los veinte mil estudiantes del centro se les notificó el suceso por correo electrónico sin que ello interfiriera en sus tareas.
Cosa distinta hubiera sido si el tiroteo estudiantil hubiera desembocado en 33 personas muertas y 29 heridas, como sucedió hace apenas un mes en el Virginia Polytechnic Institute and State University. Al parecer, la cantidad es lo que cuenta, como si se tratara de comprar y vender acciones en la bolsa, o del número de espectadores que convoca Spider-Man 3 y el volumen de dinero que recauda. Entre 62 personas damnificadas o sólo tres, no hay color. Igual que en los filmes de acción; a mayor cantidad de imágenes por segundo, quizás muertes, más emoción. Si no, no merece la pena, resulta aburrido.
También es posible que aquí, en la vieja Europa, a tantos miles de kilómetros de distancia, no seamos capaces de comprender una displicencia fundamentada en los datos sobre la tenencia de armas. "Quien con fuego juega se quema", avisa la máxima. ¿Qué de extraño tiene, pues, que haya muertes en las escuelas estadounidenses cuando 800.000 alumnos acudieron a clase con pistolas en el 2006? Un gran dominio sobre sí mismo es lo que demostró cada uno de los universitarios californianos al conocer, en medio de la jornada lectiva, la acción del asesino y la existencia de un muerto y dos heridos. Cada consecuencia proviene de una causa, y si ésta no preocupa, sería incongruente que aquélla lo hiciera.
Si existen 200 millones de armas en manos de particulares, si cada año mueren por disparos un promedio de 32.000 personas, si las armerías hacen el gran negocio vendiendo 4,5 millones de armas al año, ¿cómo va nadie a descomponerse por un tiroteo estudiantil que sólo provoca una muerte? No sabemos cómo se llaman la víctima y los dos heridos, ni tampoco el nombre del culpable. No vale la pena gastar espacio, sea escrito, oral o visual; ningún gerifalte de la venta de armas ha perdido el tiempo atribuyendo la mortandad a que los demás no iban armados; tampoco George Bush ha salido a lucirse diciendo que las pobres víctimas estaban allí en el momento inadecuado.
Por fortuna, en nuestros pagos tenemos un concepto distinto sobre este asunto. Dice la Constitución que el Estado español "tiene competencia exclusiva sobre la producción, venta, posesión y uso de armas y explosivos". Gracias a nuestra sensatez, las masacres en escuelas son prácticamente inexistentes, y cuando ocurre una agresión cruenta nos conmovemos, por infrecuente y por dolorosa. Por eso nos daría vergüenza pasar de puntillas sobre la noticia de disparos en una universidad y sobre sus efectos. Mientras nosotros hemos de aspirar a la excelencia académica de otros centros, algunos de éstos deberían aspirar a ser más civilizados.

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