RELEVO EN EL ELISEO: JACQUES CHIRAC, Presidente saliente de la República Francesa

¿Hombre de Estado u hombre del pueblo? ¿Demócrata o demagogo? ¿Provocador o necio? ¿Antiestadounidense o nacionalista francés? ¿Valiente o ignorante? ¿Héroe o villano? ¿Eurófilo o eurófobo? ¿De derechas o de izquierdas? ¿Liberal o conservador? ¿Marioneta o bulldozer? ¿Revisionista o continuista?

Si nos fiamos de los periódicos, el balance de sus 12 años en el Elíseo, 18 años en la Alcaldía de París, cuatro años de primer ministro en dos gobiernos y 40 años de diputado por Corrèze, departamento rural del Macizo Central, tiene más sombras que luces.

«Con 74 años y liberado ya de compromisos electorales, ha adoptado la identidad de un antiliberal en economía, de un ecologista y de un humanitario que aborrece el extremismo derechista», escribe Libération.

Al final de su carrera, le queda su fama de simpático y de gregario, un escaño en el Consejo Constitucional, tres hijas (dos naturales y una adoptada), una esposa, Bernadette Choudron de Courcelle, a la que nunca agradecerá bastante lo que le debe dentro y fuera de la política, y un lujoso dúplex junto al Louvre que le alquiló la familia del primer ministro libanés asesinado Rafik Hariri. No es casualidad que, en su último encuentro en el Elíseo con Sarkozy, le recibiera al lado del hijo de Hariri para pedir a su sucesor que no abandone al país de los cedros.

«Al dejar el escenario, Chirac quiere mostrar a la Historia, sobre todo, su perfil izquierdista, después de haberlo sido casi todo desde 1967: desde un radical en temas sociales a un liberal, pasando por defensor del Estado y compasivo defensor de la superación de la brecha social», añade.

Antes de su primera elección para la Asamblea por la tierra de sus abuelos, maestros, había tenido sus escarceos en las juventudes comunistas, había vendido el diario del partido, L'Humanité, por las calles, había pasado un verano en Harvard con una beca y, tras recorrer a la aventura EEUU, en 1959, se había graduado en la École Nationale d'Administration (ENA), vivero de dirigentes franceses.

Incorporado al Tribunal de Cuentas, en abril de 1962, el primer ministro Georges Pompidou le colocó al frente de su gabinete y le apodó bulldozer por su reputación de sirviente eficaz.

Nada más ser elegido diputado, Pompidou le nombró secretario de Estado para Asuntos Sociales. En esa función le tocó negociar la tregua que puso fin a las huelgas de mayo del 68. Como secretario de Estado de Economía de 1968 a 1971, a las órdenes de Giscarg d'Estaing, se ganó la confianza del futuro presidente. Del 71 al 72, ocupó la cartera de Relaciones con la Asamblea y, del 72 al 74, la de Agricultura, donde brilló como defensor de los agricultores franceses frente a la CEE.

A las pocas semanas de ser nombrado ministro del Interior, en 1974, falleció Pompidou y Chirac encabezó el movimiento a favor de Giscard frente a la candidatura de Jacques Chavan-Delmas. Como premio, tras su victoria, Giscard le nombró primer ministro. Tenía sólo 41 años y, enfrente, a los principales barones del gaullismo, quienes le obligaron a dimitir dos años después.

Para recuperar el liderazgo de la derecha y, desde ahí, dar la batalla por la Presidencia, obsesión que tuvo desde muy joven, transformó el viejo partido gaullista en el RPR y se hizo en 1977 con la Alcaldía de París, institución desaparecida en 1871 y restablecida por Giscard. No dejó la Alcaldía, ni durante los dos años de primer ministro, del 86 al 88.

Nada más suceder a Mitterrand en la Presidencia, en 1995, admitió la responsabilidad de Francia y de los franceses en la deportación de 75.000 judíos franceses a los campos de exterminio nazis y, por iniciativa suya, en 2001, Francia fue el primer país que declaró la esclavitud un crimen contra la Humanidad.

Estas muestras de arrepentimiento tardío y su firme oposición a la invasión de Irak en 2003 quedan ensombrecidas por los pésimos resultados económicos de sus dos mandatos, el rechazo del Tratado Constitucional de la UE en el referéndum de 2005, las cinco investigaciones judiciales abiertas sobre su gestión de la Alcaldía de París y la falta de escrúpulos y principios en sus relaciones con demócratas y dictadores.

«Es indiscutible que Chirac, como presidente, tuvo estatura de gran estadista, aunque le llevó tiempo, mucho tiempo, conseguirla», afirma La Tribune. «Situó muy altos los colores de Francia en el mundo y se convirtió en el presidente de todos los franceses. Pero dos grandes sombras cubren este cuadro: el no a la Constitución y no haber logrado despertar a Francia en lo que más importa: la economía». Los datos no dejan dudas: economía estancada, 3.000.000 de parados, deuda próxima al 70% del PIB...

Aunque las principales acusaciones judiciales ya han prescrito, las que siguen abiertas pueden causarle aún serios problemas si su sucesor, Nicolas Sarkozy, no intercede a su favor. Los escándalos y errores de Chirac salpicaron a sus dos favoritos para sucederle -Alain Juppé y Dominique de Villepin- y, con el tiempo, despejaron el camino de Sarkozy al Elíseo. Sarkozy, con buen criterio, no se siente heredero de Chirac ni se ha querido comprometer a nada.

Sus enemigos recordarán, sobre todo, su intervención a favor de Sadam Husein en los años 70 y 80, sus insultos de los británicos a cuenta de las vacas locas -«lo único que han aportado a la política agrícola común»-, su concesión de la Legión de Honor a Vladimir Putin en 2006, poniéndole nada menos que a la altura de Churchill y Eisenhower, y su reciente bendición del programa nuclear iraní como «no muy peligroso».

«De principio a fin, su reinado lo atraviesa un línea rota, rica en derrotas aplastantes, revanchismo inesperado y esperanzas frustradas que le han alejado de sus seguidores», concluye Le Figaro. Y añade: «En lo más profundo de su ser, la derecha no era su estilo, pero nunca lo admitió y se convirtió en prisionero del rol que la vida y su ambición le asignaron».

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