A CONTRAPELO

Debajo del adoquín, está la playa. Eso se decía en mayo del 68. Muchos mayos después, sabemos que debajo de la playa está el adoquín. O sea, el ladrillo. Hay ladrillo -casas, construcción- sin playa, pero no hay playa sin ladrillo. Y ése es nuestro drama, nuestro desgarro.

Bañarse en la playa es un deseo razonable. Pero el sueño de toda la vida es tener una casa junto a la playa. No basta con bañarse en la playa, hay que vivir junto a la playa. Y eso implica el ladrillo. El ladrillo que nos prohibimos por ley, el ladrillo que ambicionamos por instinto. Mal asunto. El ladrillo malo siempre es el de los otros. Aquél con el que construyen los otros su sueño, nunca el nuestro. El ladrillo de nuestra casa nunca es malo -venga de donde venga-, es malo el ladrillo de la casa de los otros. Estamos pillados en la contradicción del ladrillo.

Y de sus precios. Queremos que el ladrillo suba cuando vamos a vender ladrillo. Queremos que el ladrillo baje cuando vamos a comprar ladrillo. Subimos el precio de nuestro ladrillo y queremos que los demás bajen el suyo. No es posible. No es posible que mi plusvalía sea buena y que sea mala la plusvalía de los demás. Estamos atrapados en la contradicción.

Pasa como con los niños. Nuestro mocoso es muy rico y muy gracioso. Al mocoso de los demás no hay quien lo aguante.

Pasa como con el fraude. El fraude de los demás es pésimo, intolerable. Nuestro fraude -con el paro, con el impuesto, con la escritura, bah, con las cosas sin importancia- es comprensible. Tiene razones. Hacemos la vista gorda de nosotros mismos, jamás la vista gorda de los demás. Como con los defectos.

Como con los negocios. Si me meto en algo es para ganar dinero. Lógico. ¿Por qué habría de meterme si no? Ahora bien, la ganancia de los otros es siempre abusiva. Los otros son mi infierno -en materia de negocios-, pero no hay problema en que mi cielo -mi sueño- pase por el infierno de los demás.

Habría que refundar el mundo y al hombre para solucionar esto. Para lograr que todos pudiéramos ser -tener- más obviando que, en consecuencia, los otros tendrían menos. ¿Un mundo de iguales? Es una idea bonita, pero de difícil aplicación. Pues no todo el mundo se aplica igual.

La casa junto a la playa. En verdad, el modo de proteger nuestro sueño es renunciar a él. Nuestro sueño, si no, será nuestro delito. O pasará por el delito de los otros. O se convertirá en pesadilla de unos y de otros.

El ladrillo es ladrillo arrojadizo. Como la verdad. Que parecen ser los dos temas -con ETA- de esta campaña electoral. Y hay una corrupción de la verdad como hay una corrupción del ladrillo. Y, prácticamente, consiste en lo mismo: en creer que mi verdad y mi ladrillo son mejores que tu verdad y tu ladrillo. Pero eso es lo que creemos todos. Verdad y ladrillo, el mismo tostón. Pues la verdad es mi construcción frente a la verdad del otro, frente a mi mentira y a la del otro. No todos iguales. Poceros, casi todos.

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