DECADENCIAS
La llamada prensa del corazón (que ahora es más bien de la degollina) abaja cuanto toca. Suele dar igual, pues vuelve basura materias sin valor y sin fondo. Es una de nuestras calamidades. Si Guy Debord habló de la «sociedad del espectáculo», hoy sólo nos queda la escoria. Somos la inculta, mísera y chabacana «sociedad del detritus», sálvese la minoría cultivada, que desdichadamente es sólo eso: una minoría. Pero es una lástima que el caso de Isabel Pantoja haya caído en el albañal mediático, porque con otros presupuestos, ahí hay un gran libro. La Pantoja ha sido una excelente cantante en su género de tonadilla varia. Ha perdido algo de voz últimamente, pero sigue siendo buena. No obstante parece que su arte verdadero es su vida, lo que no es nada nuevo. Ya le decía Wilde a Dorian Gray: «Tus días son tus sonetos».
Las vidas del arte solían ser desmedidas, pero antes se era más discreto con la privacidad. ¿Se imaginan las incorrectas y apasionadas vidas de Orson Welles o de Ava Gardner puestas en el mercadillo mediático de todo a un euro? Destruirían la grandeza del exceso. La Pantoja (por lo que llevamos sabido) no desmerece a Eleonora Duse -la amante del D'Annunzio joven-, a Isadora Duncan bailando La Internacional y viviendo en hoteles de gran lujo, o a Mata-Hari, La Fornarina o Tórtola Valencia, grandes damas turbias e inciertas, apasionadísimas siempre, de un mundo más bello, más refinado y mucho más culto, pues hoy se diría que nos las habemos, en casi todo, con montañas de gritones ovinos... Mata-Hari era espía, Tórtola (además de morfinómana) lesbiana y amiga de los gays más procaces de su tiempo -como mi tío Antonio de Hoyos y Vinent, marqués y novelista- e Isadora (antes de morir estrangulada en un deportivo por su propio chal de organdí) se decía heredera de la Grecia antigua, bailaba locuras que ella llamaba «modernas» y era tan artista como ninfómana de hombres más jóvenes que ella, verbigracia el poeta soviético y guapo mozo Serguei Esenin, y adicta al champán francés. ¿Por qué Isabel Pantoja, cuya vida parece un novelón, y que además tiene arte y voz, no puede ser como estas señoras tan altas? Ignoro si ha pecado o no y lo doy todo por presunto, pero si Maribel ha hecho todo lo que dicen es un genio de la vida, que ha tenido la desdicha final, ello sí, de recalar en puertos de baja clase, y de ser víctima de carroñeros. Pero, a primera vista, ella es nuestra nueva Esfinge, nuestra femme fatale de tiempos mediocres y usureros.
Jean Delville la hubiera retratado como sirena que devora marineros y Rubén Darío le habría dedicado un poema: La tonadillera de los corales malevos. Pero hoy (qué mundo mísero) la quieren dejar hecha un pingo.
De veras, deshuesen a es@s mindundis que no son nada y nada han hecho más que el hortera, pero cuando hay un personaje de calibre (lo sepa o no) hay que tratarlo de otra manera. Sarah Bernardht está con ella. Si yo tuviera tiempo y ella se prestara, qué espléndido libro haría sobre la Pantoja, reina supuesta de los pecados gratos. Un libro serio y bello, en cuya portada imitaría las fotos hindúes de Anita Delgado, amiga de Valle y de Baroja que la conocieron (futura maharaní) en un salón del género ínfimo. ¡Qué personaje sin autor conocido!
© Mundinteractivos, S.A.

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