Incierto se presenta el futuro de Paul Wolfowitz al frente del Banco Mundial. El máximo representante de exigir transparencia a los gobiernos a los que se les concede créditos para salir del subdesarrollo estructural no ha conseguido convencer a sus colegas del consejo del banco de que favorecer a una amiga no vulneraba el código ético de la institución.

Me interesa poco la suerte política y profesional de Wolfowitz. Fue uno de los principales impulsores de la invasión de Iraq y el teórico de la democratización de Oriente Medio usando la fuerza.

Lo que me interesa señalar es la opacidad de las decisiones que se toman en las instituciones globales sin tener que dar cuenta a nadie. Aunque muevan miles de millones de dólares, aunque se equivoquen o acierten, aunque hayan aconsejado pésimamente a países que han salido trasquilados a pesar de las ayudas recibidas.

El pensamiento global que nos invade es un ataque en toda regla a la libertad de pensamiento y a los intereses de los individuos. La idea de un mundo global, de una ciudad global, de una economía global, de una política global, no puede ir a favor de la persona que toma sus decisiones en función de sus conocimientos particulares, de sus intereses, de sus creencias y convicciones.

El pensamiento global es paralizante. He leído unas reflexiones de Pasqual Maragall en una lección magistral pronunciada en Regio-Calabria hace ahora nueve años que me han parecido lúcidas. Hablo del Maragall de las ideas. No del político gestor.

En la cumbre de la Tierra de Río de Janeiro de 1992 se dio por bueno el concepto de que hay "que pensar globalmente y actuar localmente". Fue una conclusión apresurada y peligrosa porque no se tuvo en cuenta que las gentes están habituadas a pensar antes de actuar y que, en consecuencia, lo que se les estaba diciendo es "no actuéis hasta no recibir una orden global, surgida del pensamiento global".

A raíz de esta idea llego a la conclusión de que el pensamiento nos roba espacios personales de libertad. Es el pensamiento global quien nos pinta catastróficas consecuencias del cambio climático. Si como la misma existencia del cosmos no fuera un constante cambio climático, humano y social.

Al pensamiento global hay que contraponer la libertad de pensar por nuestra cuenta. Cada día hay más empresas multinacionales, fruto de fusiones, de endeudamientos masivos, que toman decisiones contra las que el individuo no tiene capacidad de reaccionar.

Se pierde la singularidad a favor de la totalidad. Una totalidad que no rinde cuentas a nadie. Si ahora estamos en la guerra contra el terrorismo, con la teoría de los ataques preventivos, vemos a sospechosos por todas partes que amenazan nuestra seguridad. Podemos llegar a señalar supuestos enemigos por el color de la piel, por el modo de vestir, por las procedencias étnicas y por la lengua que hablan.

Pienso que es un retroceso. Es preciso invertir los términos de la reflexión que no es otra que "pensar localmente y actuar globalmente". Sólo así salvaremos nuestra propia identidad y preservaremos nuestras libertades.