LAS CONFESIONES son un género de larga tradición en la filosofía y la literatura occidental. Sirvan por todas las Confesiones de San Agustín, obispo de Hipona, y las más recientes y poéticas Confieso que he vivido, del chileno Pablo Neruda. Pero no son, desde luego, sobre todo si se presentan a destiempo, y no narran más que una retahíla de importantes y continuados errores públicos, lo más pertinente para un político en activo.

Y esto es lo que ha acontecido hace unos días con las confesiones de Pascual Maragall, anterior president de la Generalitat. Una serie de maragalladas -como son conocidas sus intervenciones- que no han dejado de levantar el habitual revuelo, en alguien que no se ha caracterizado por su sentido de la prudencia -nos hallamos en plena campaña electoral- y la oportunidad -una Comunidad, la catalana, que sigue estando gobernada por su propio partido-. Pero claro, debe pensar el doliente estratega político, ¡no por él!

¿Qué, cuáles son las penúltimas, y no decimos últimas, pues estamos convencidos que antes de la celebración de los presentes comicios volveremos a tener noticias del ex president? Pues ni más ni menos que poner en completo entredicho la política autonómica del presidente del Gobierno y de la Generalitat. O sea, la principal actividad de ambos ejecutivos en esta legislatura, centrada mayoritariamente en la aprobación de un desafortunado nuevo Estatut de Autonomía para Catalunya.

Un Estatut que no era reclamado por la ciudadanía catalana; un Estatut que ha quebrantado el consenso constitucional entre las dos principales fuerzas políticas nacionales, pues hasta entonces todas y cada una de las revisiones estatuarias habían contado con el respaldo del Partido Socialista y el Partido Popular; un Estatut de difícil encaje, y que sigue a la espera de conocer su juicio de conformidad jurídica por parte de un Tribunal Constitucional al que nunca hubo de ponerse en semejante coyuntura; un Estatut que, al margen de cuestiones de estricta constitucionalidad, ha abierto una gratuita brecha en la sociedad española; y un Estatut que hará difícil la gobernación en Cataluña, mientras deconstruye la presencia del Estado en dicha comunidad autónoma. Un Estado que se hace así, día a día, cada vez más residual, ineficaz y peor coordinado.

Vean sino las lindezas de penúltima hora del despechado ex presidente Maragall: «Hace falta un tipo de partido diferente»; «el otro día estuve con Ibarretxe; ambos intentábamos cambiar las cosas, él con el plan Ibarretxe y yo con el Estatuto, pero España dijo no»; «cometimos un error, quizás hubiera sido más útil reformar el artículo 2 de la Constitución»; «no valió la pena»; «me siento traicionado por el presidente del Gobierno». Así las cosas, los socialistas catalanes se encuentran a la espera de saber si el estratega catalán decide dejar la presidencia del PSC antes de la fecha prevista, otoño de 2008, mientras mantienen cruzados los dedos a la espera que cesen sus genialidades.

En fin, unas denuncias a destiempo, que no legitiman su discutida presencia al frente de la Generalitat, y que no exoneran al no fiable ex presidente, de las graves responsabilidades contraídas por la aprobación del ahora descalificado Estatut. Maragall fue, no olvidemos, su impulsor primigenio, el proponente del reconocimiento de Cataluña como nación y el defensor de una relación de bilateralidad política y financiera confederalizante entre Cataluña y España.

En suma, unas declaraciones de las que podríamos decir lo que afirmaba San Agustín, quien de confesiones, aunque en su caso a tiempo, sí sabía bastante: «Los que no quieren ser vencidos por la verdad, son vencidos por el error».