Llega a la consulta el candidato que debe mostrar ante su pueblo alguna marca heroica de una vida plena de aventuras y proezas. Hay que recordar a la buena gente que el poder nace de lo extraordinario. El que aspira a ser príncipe debe tener un pasado entreverado de sacrificios, grandes visiones y algún logro especial, ese cara a cara con la tragedia que acabó forjando la leyenda del aspirante. Nuestro candidato nos muestra su catálogo de éxitos y lo más sobresaliente es haber fumado un porro en sus mocedades. ¡Albricias! Éstos son los tiempos que habitamos, amigo lector. Tiempos en que el silencio hueco parece gran virtud, tiempos en que algunos notables no son capaces de mantener conversaciones más allá del monosílabo, acaso matizado con alguna preposición. ¿Puede un principado o una república sobrevivir mucho tiempo a tanta medianía?

Tenemos, pues, el porro del candidato como leyenda más usadera para los comicios que nos reclaman. Acaso algún consejero del postulante vea en ello un motivo de cercanía, un destello de simpatía, el anuncio de una vida interesante que será justamente apreciada por sus amigos. Si el fumar hierbas mágicas no mueve pasiones entre la muchedumbre, nunca estará de más probar la confesión sobre la frecuencia del acto amoroso, sobre la limpieza casera (gato incluido), o sobre los gustos a la hora de acudir al mercado a por viandas. Cercanía, sobre todo cercanía. Al dictado de la frase "sé tú mismo", todos los candidatos bucean en su biografía. Algo habrá, hay que tener fe.

Lejos quedan los Suárez, González, Pujol y Maragall con sus alquimias fundacionales, sus geografías liberadas, sus palacios excavados en la roca y sus banderas pintadas al trote. Ahora estamos en la época del porro como gran epifanía del líder. La leyenda del príncipe es haber fumado la pipa de la paz, haber plantado un árbol o haber completado el álbum de cromos de La guerra de las galaxias.