Si todo el mensaje político que tenía que lanzar el presidente del Gobierno en Euskadi fue el que ayer dejó en Vitoria («se ha cumplido la Ley de Partidos», dijo en un acto electoral ciertamente curioso en su formato, dado que sólo se permitió la entrada a cargos electos del PSE, «en sus justos términos, no menos de lo que exige ni más de lo que establece»), es una muestra clara de que, o bien de tanto repetirlas Zapatero se ha llegado a creer sus propias mentiras, o sigue considerando que el resto de los españoles somos inmensamente tontos.
Por mucho que se empeñe el presidente, la gran mayoría de los ciudadanos sabe que ANV es una tapadera utilizada por ETA-Batasuna; saben que si ETA-Batasuna va a volver a un buen número de ayuntamientos de Navarra y del País Vasco es porque así lo ha querido el propio Zapatero para que su mal llamado proceso de paz no se vaya definitivamente al garete; sabe que, si el Gobierno hubiese impugnado todas las candidaturas de ANV, el Tribunal Supremo las habría anulado, y esos mismos ciudadanos saben que aunque Batasuna haya pedido de forma expresa el voto para ANV, el fiscal general del Estado considera que eso -teniéndose que tragar sus propias palabras- no es suficiente para iniciar e instar a su ilegalización. Los ciudadanos saben que Zapatero sigue empecinado en buscar el final de ETA no mediante su derrota, sino a través de una negociación que lleva aparejada concesiones políticas.
El presidente volvió ayer en el mitin de Vitoria a su estado puro, a ése que se define por las palabras o frases huecas, vacías, que lo mismo valen para un roto que para un descosido y que, desde una perspectiva de discurso político, rozan lo ridículo. Veamos algunos ejemplos de lo que dijo Zapatero: «Que la violencia tenga fin exige paciencia. Nosotros sabemos tener paciencia»; o esta otra frase: «El PSOE está dispuesto a dialogar, siempre que se ponga fin a la violencia»; o ésta: «Somos partidarios de un gran acuerdo de convivencia en Euskadi».
Que se sepa, en las sociedades democráticas para conseguir el final de la violencia, lo que se suele utilizar no es la paciencia -porque mientras tanto los terroristas te pueden pegar un tiro, secuestrar o poner una bomba-, sino el Estado de Derecho, la aplicación de la Ley y la persecución del delito y del delincuente. ¿Lo está haciendo Zapatero? Parece claro que no, a la vista de cómo cedió ante el chantaje planteado por De Juana Chaos; o de cómo el fiscal general del Estado retiró hace unas semanas su acusación contra Otegi para evitar que fuera a la cárcel; o de cómo ha permitido que ETA-Batasuna pueda presentarse a las elecciones del próximo día 27.
Debería Zapatero explicar qué entiende por «un gran acuerdo de convivencia en Euskadi». ¿Es que acaso no lo fue el que se logró en la Transición en torno al Estatuto de Guernika, que dotó al País Vasco de las cotas de autogobierno real más altas de toda su Historia? Da toda la impresión que, cuando el presidente se adentra por esos senderos, amén de mostrar un profundo desconocimiento de la cuestión vasca está queriendo decir que la solución pasa por dar la razón a los nacionalistas vascos de todo signo, violentos o no; que la solución pasa, después de casi 1000 asesinatos por parte de ETA, por concederles sus reivindicaciones de siempre: la autodeterminación y la territorialidad. ¿O cree Zapatero que ETA, Batasuna o el PNV se van a conformar con otro tipo de «gran acuerdo de convivencia» en Euskadi? Porque, si lo cree, entonces el problema no está tanto en el nacionalismo vasco, sino en quien en estos momento pilota el Gobierno de España.
© Mundinteractivos, S.A.

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