DESDE EL GUINDO
Primero Dios creó al hombre y luego le dio chocolate. El Génesis no lo cuenta, pero seguro que fue así. El nombre científico del cacaotero es theobroma, que en griego quiere decir bebida de los dioses (con eso está dicho todo). Del chocolate hablan las crónicas a partir de la conquista de América, aunque su consumo se remonta al tiempo de los olmecas. La leyenda dice que Colón lo probó en la isla de Guanaja y le supo a rayos: no repitió. Habría de ser un fraile de la pandilla de Hernán Cortés quien lo trajera a España para darlo a conocer. Normal. El clero siempre ha tenido fama de gourmet. De hecho, la orden del Císter ha estado muy unida a la fabricación de tabletas de chocolate.
El fruto del theobroma preocupó a reyes y papas, enloqueció a nobles e interesó a médicos y curanderos. Los mayas hicieron con él ritos de iniciación religiosa y los aztecas utilizaron las semillas como moneda de cambio. Moctezuma lo tomaba en copas de oro antes de montar a sus concubinas. Las propiedades afrodisiacas y energéticas del chocolate hacían de él un vigoroso amante y un aguerrido guerrero. En tiempos de la conquista española, el chocolate se mezclaba con chile, vainilla, pimienta y achicote. Era amargo y de sabor difícil. Pero unas monjas de Oaxaca modernizaron la receta tradicional incorporándole azúcar, y la novedad fue muy celebrada.
Ya en el Viejo mundo, los franceses aguaron la bebida para quitarle oscuridad y grasa. Los italianos le dieron el nombre definitivo (dicen que fue un mercader florentino quien transformó la palabra xocolatl en chocolate), y los españoles lo convirtieron en una merienda popular. Mientras se mantuvo oculta la receta, la Iglesia consideró que su ingestión no rompía el ayuno. La Infanta María Teresa, al casarse con el Rey Sol, llevó como dote matrimonial el secreto de la preparación del chocolate. En 1644, el alcalde de Madrid prohibió su venta callejera porque el pueblo se entregaba frenéticamente a beberlo, ofreciendo con ello un espectáculo ocioso y lamentable.
Tras dos siglos de dominio suizo -Henri Nestlé y sus colegas amariconaron el chocolate al mezclarlo con leche-, ha vuelto el espíritu de Moctezuma. El chocolate, en su versión americana y especiada, está de moda. La chocolaterapia arrasa y el aroma del cacao compite con los perfumes de París. Yo uso todas las mañanas gel de chocolate para la ducha. Qué quieren que les diga: es una gozada. Me paso el día lamiéndome como un gato.
© Mundinteractivos, S.A.

Escribe un comentario
Los comentarios están cerrados