Cierta personalidad madrileña me dice en pleno paseo de Gràcia: "Usted hablaba el viernes de la 'caza mayor' que practica Madrid en España, y puede que sí, pero esto interiormente se traduce en un feroz navajeo mutuo. Barcelona es otra cosa". Ensayo un gesto de duda y aventuro: "No crea, mire el jaleo del Estatut, de Maragall, de...".
Pero mi interlocutor me ataja: "Sí, ustedes son trágicos o comediantes, como guste, al igual que antes España era zarzuelera o guerracivilera, pero como el volumen catalán es relativo, la sangre no llega al río. Al contrario de cuando nos lanzamos nosotros al ruedo, un alud. Felizmente, ustedes sólo nos copian o alcanzan a copiarnos ritualmente, son, y permítame la ironía, 'españoles' de segunda". Con lo que continuamos hablando y llegando a un acuerdo, pues colea aún en la prensa esa destitución del delegado de la Generalitat precisamente en Madrid, por motejar de enfermo a Maragall, y que ha tenido a la Catalunya pública y mediática varios días en vilo. Pero, veamos, todo el mundo va colgando atroces adjetivos del Maragall hoy dicharachero y ayer presidencialero, con lo que dicho delegado no expone nada nuevo.
A la par que cuantos denuestos estatutarios y políticos reitera el propio Maragall no aportan la menor novedad, pues representan también los que emite la ciudadanía mayoritaria. O sea, que todo junto es nada con mucho sifón. Incluyendo ahí el peso real de los actores del dramón: un ex cargo y un cargo tercerón. Desde luego, que a Montilla la presidencia le sale como quien dice gratis dando el do de pecho con tales minucias... Pero ¿qué hace cuando está en la Moncloa o en la calle Ferraz, que es donde aprietan las tuercas?
Y a la par con esos dialoguillos, salta que Su Majestad el Rey dice, en la sede de la Guardia Civil, que en España -aunque no sea otra Irlanda- hay que iniciar procesos de paz como en el Ulster, donde remodelados por Blair ya gobiernan juntos los ayer irreconciliables y líderes de los católicos y protestantes alocados y sanguinarios.
Una de las funciones, y de las cualidades del Rey, es la de hablar poco y, al hacerlo, situarse por encima de las fracciones y calenturas proliferantes y definirlas desvelando posibles soluciones, que además son las que el sentido común detecta en los problemas existentes, pero cuyos responsables ignoran y embrollan con una pasión cainita que no es ciega, sino entusiasta.
Ahora llegan elecciones municipales, que los partidos en lugar de emprender de acuerdo con la tremenda importancia que revisten día a día para la ciudadanía lo hacen en clave de poder omnímodo, más aplastante que gestor. Sea el madrileño o el barcelonero.

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