No puedo no pronunciarme acerca de lo que acaba de escribir el ex president Maragall en el diario «La Vanguardia» sobre el fracaso que, a su juicio, supuso una de sus grandes apuestas: La España plural. Y es que, bajo ese mismo rótulo, participé en tres seminarios organizados por la Fundación Alternativas que se celebraron en Santiago de Compostela, Mérida y Toledo, en marzo, junio y septiembre de 2006, respectivamente.
La aceptación de la realidad plural de España es un problema histórico que ya planteó Ortega en 1921 en el que acaso fue su libro más fallido en lo tocante a la «mercancía histórica averiada» que maneja, según señaló con acierto Mainer. No obstante, puso sobre la mesa un asunto que 86 años después está aún sin resolver.
Reconocer la pluralidad de España empieza por la aceptación de la suma de singularidades que configuran esa España plural. Entre esas singularidades, Cataluña ocupa un lugar de primer orden. Y ello significa, entre otras cosas, que el resto de España reconozca la singularidad de Cataluña, formalmente en el ámbito jurídico y político y también que haga lo propio existencialmente, que sea asumido por la realidad social. Algo así no está muy lejos de aquello que planteó Ortega acerca de que Cataluña tenía que conllevarse con el resto de España y viceversa.
Su «federalismo asimétrico», al que usted se refirió en más de una ocasión, pasaría por el reconocimiento en todos los órdenes de esa singularidad que es Cataluña.
¿Se trataría de una España autonómica con igualdad política y jurídica cada Estatuto, o bien estaríamos hablando, lo que nos llevaría a desandar lo iniciado en la transición, de un Estado que contemplase un amplio marco estatutario para Cataluña, País Vasco y Galicia, mientras que las restantes Comunidades tendrían que pasar por un proceso político donde las respectivas ciudadanías decidiesen qué marco estatutario darse, si bien Andalucía, con un índice de abstención inquietante, acaba de hacerlo ya?
¿Cuántas veces ha repasado usted la polémica parlamentaria entre Azaña y Ortega acerca del Estatuto del 32? Seguro que lo ha hecho en muchas ocasiones.
Parece sugerir usted que acaso hubiese sido necesario reformar la Constitución antes de redactar el Estatut que, según se teme, puede ser recortado por el Tribunal Constitucional. Es el juego, estéticamente sugestivo, entre el marco y el cuadro. A toro pasado, todo es más diáfano.
La izquierda de este país debe poner sobre el tapete su idea de España. Desde la transición a esta parte no la ha hecho aún. Tiene de sobra donde acudir. Desde Machado a Blas de Otero, pasando por León Felipe y parte de la Generación del 27. Sin olvidar a grandes poetas de nuestra lengua que no evitaban hablar de España con mayúsculas. Pongamos a César Vallejo y a Neruda. No eran españoles, pero también les dolía este país. Asimismo, sería obligada una zambullida en la obra de Azaña: «España no ha sido siempre un país inquisitorial, ni un país intolerante, ni un país fanatizado, ni un país atraillado a una locura, locura que algunas veces pudo parecer sublime. No ha sido siempre así, señores, y a lo largo de toda la historia de la España oficial, a lo largo de toda la historia de la España imperial, a lo largo del cortejo de dalmáticas y de armaduras y de estandartes, que todavía se ostentan en los emblemas oficiales de España, a lo largo de toda esa teoría de triunfos o derrotas, de opresiones o de victorias, de persecuciones o de evasiones del suelo nacional, paralelo a todo eso ha habido siempre durante siglos en España un arroyuelo murmurante de gentes descontentas, del cual arroyuelo nosotros venimos y nos hemos convertido en ancho río».
Estas palabras de Azaña serían una buena manera de entrar en materia. La izquierda española siempre se ha entendido mejor con los partidos nacionalistas periféricos, mucho más democráticos que nuestras derechas más reaccionarias. Esto lo advirtió muy bien Unamuno: «La característica del tradicionalismo español es, en efecto, su vaciedad de contenido político y social, vacío que se llena con pura retórica, hasta como tal retórica, de ordinario, mala».
Si el PSOE, por muy PSC que sea en Cataluña, no es capaz de articular un proyecto global de España, incurriría en una contradicción insuperable, al tratarse de un partido que tiene una vocación inequívoca de gobernar este país. Hay que coordinar e incardinar ambos proyectos, el del PSC y el del PSOE, por muy complejo que ello sea.
Es cierto que el anticatalanismo ha prendido no sólo gracias a la crispación montada desde el PP que se remonta al último aznarato, sino que también lo fomentan gentes del PSOE como Ibarra, un auténtico jabalí de la política. En los seminarios a los que acudí, con datos en la mano, se puso de relieve que la Comunidad de Madrid tenía una renta per cápita muy alta. Sin embargo, hay una cierta obsesión acerca de la solidaridad de Cataluña vía impositiva con el resto de España. Aquí, la labor pedagógica es obligada. Y me consta su mejor disponibilidad al respecto.
En todo caso, señor Maragall quiero creer que el objetivo de la España plural, aunque no es un logro que haya calado totalmente en la realidad social del país, sigue siendo un objetivo irrenunciable en el que no nos podemos permitir derrotismos.
Y déjeme decirle por último que a nadie le vendría mal empaparse de nuevo de republicanismo, más allá de una reivindicación histórica. Acaso sea el destino doble de la España plural y de la izquierda.
Yo así lo veo.

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