BULEVAR
Cualquier tiempo pasado fue peor. Sobre todo porque hay juristas y periodistas, piedra angular del Estado de Derecho. Lo dijo Jefferson hace dos siglos. Él lo llamaba democracia.
Leerá usted esto el lunes 14. Lo escribo el martes 8. En Buenos Aires -imagine-, en el Café Tortoni, Avenida de Mayo. Aquí, porteño transitorio, acabo de saber (gracias a la internáutica el mundo es un pañuelo) que una juez de Sant Feliu de Llobregat ha denegado la apertura de juicio oral contra Pepe Rubianes por «ultrajes a España», decretando el sobreseimiento de la causa instada por una Asociación para la Defensa de la Nación Española.
Esta juez se llama Mercedes Giménez de Cisneros. Ignoro si es familia del Darío de igual apellido, compañero en la universidad ahora y colega en Interviu cuando yo estaba en Playboy. Sea lo que fuere: ¡Bravissima, Mercedes! Podría, vía Internet, ir leyendo lo que digan los periódicos de ahí. Acaso usted ya lo haya hecho cuando me lea. Yo, como Bartleby, prefiero no hacerlo. No deseo polemizar con nadie. No quiero siquiera saber qué han dicho, a favor o en contra. Quiero decir solo aquí y ahora, de buena fe en el sentido que le daba Sartre a la fórmula, lo que pienso en la distancia (que no es necesariamente el olvido) y para eso me basta con el auto.
Gracias a un periódico catalán, que lo ha puesto a disposición de cualquier internauta, he leído el texto completo en este hemisferio austral e incluso he impreso sus siete tupidas páginas. Pero me bastan dos acertadas consideraciones de la juez. Primera: Que la asociación querellante no puede alegar que Rubianes la ofendió con sus palabras, porque no existía: las palabras en cuestión fueron pronunciadas el 20 de enero y la asociación se constituyó el 25, es decir cinco días después. Segunda: Que el castigo por «ofensas o ultrajes [ ] a España, a sus Comunidades Autónomas a sus símbolos o emblemas» se origina en un redactado de 1967 (en pleno franquismo), que es impropio de un régimen democrático y que puede colisionar con el derecho a la libertad de expresión. Un bien básico -añado yo- para que un Estado de Derecho sea tal, y por tanto superior al posible agravio causado por la presunta ofensa (¿cómo puede ser víctima de agravio un emblema, un ente imaginado, un constructo?).
Firmé en su día, con otras muchas personas, la papela en defensa de la libertad de expresión de Rubianes. Lo hice tras haber traducido al catalán sus palabras, sustituyendo España por Catalunya, y habiéndolo publicado en estas páginas y dicho ante más de dos mil personas en el Palau de la Música Catalana. Todos los cómicos, todos los artistas, todos los escritores, todos los periodistas actuamos en defensa propia cuando proclamamos el derecho de Rubianes a decir lo que quiera contra España, Cataluña u otras entelequias.Por eso nos reconforta y tranquiliza que la Justicia esté con él, es decir con nosotros: estar en contra del nacionalismo catalán implica -sensatamente- estar también contra el nacionalismo español, no menos indeseable.
© Mundinteractivos, S.A.

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