A raíz de la derrota de Ségolène Royal vaticiné agrias sacudidas en el PS, pero sin imaginar que alimentara el canallismo reflejado en La femme fatale, libro cocinado en el seno del partido. Y en el puro ámbito de la izquierda, sus autoras son periodistas de Le Monde, y Le Nouvel Observateur lo dio en primicia.
Lo que no responde al fracaso de Royal, pues la editorial y la revista ya lo tenían en imprenta antes de que se empezara a votar. Es pues evidente que proyectaban reventarla también si salía presidenta.
Máxime cuando mucho de cuanto contiene el libro no pudo haberse conocido sin que el rectorado socialista colaborara en ello. Y hasta se diría que lo han hecho su secretario general y compañero o marido de la candidata, François Hollande, y la propia Ségolène Royal...
Pues si eran sabidas sus desavenencias conyugales, debido a una rivalidad hombre-mujer y a que ella se presentaba políticamente más ciudadana e incluso maternal que doctrinaria y enquistada en las jerarquías sociatas, se desconocía la gravedad del encono mutuo y de sus relaciones de cama extraconyugal.
Y Royal, enfurecida, no sólo amenazaba a Hollande con apartarle de los hijos, sino que consiguió degradar laboralmente a una de sus amiguitas. Sirviéndose para ello de un hermano suyo, veterano sicario de François Mitterrand, nada menos que uno de los autores de la famosa voladura del barco ecologista Rainbow Warrior.
Y si todo esto y lo que encubre patentiza mucha sordidez moral, en algunos casos ilegal o criminal, recuérdese que esta gente proviene de la cantera mitterrandista, acaso la más corrompida y despótica que ha dado la Francia actual. Ahí estuvo el mismo presidente cultivando viejas amistades nazis, instalando a su amiga y a su hija Mazarine en una dependencia del palacio del Elíseo, sin que nadie en el país chistara.
Aunque el cuadro ya saltó cuando propició escándalos económicos como el de Elf, que echó a la cárcel al encantador abogado y ministro Roland Dumas y a su amante, la putaine de la République, como se denominó ella misma en otro libro. Adonde al fin los acompañó el propio hijo de Mitterrand, condenado por corrupción con motivo de unos contratos extranjeros.
Panorama común al socialismo entonces establecido, al menos el latino, pues el francés vino a sumarse al levantado en España al fin de la era González, y en Italia a la operación Manos Limpias, que enterró al entero PSI. Se trató de gentes ensoberbecidas por la teoría, que así manejó el poder con depredadora deshonestidad. Aquel veneciano gordo ministro de Exteriores vociferaba petulante: "¡Socialismo es lo que hacemos los socialistas!".

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