ESTAMOS ante la primera cita electoral en que las 'leyendas urbanas' son tema de campaña. Algún candidato dice que quiere crear más puestos de trabajo para que no tengan que emigrar los jóvenes. Desde el momento en que el presidente Areces dejó el éxodo de los jóvenes reducido a la categoría de fantasía literaria, estaba visto que la clase política había encontrado un nuevo tema para la controversia. Areces, con su proverbial optimismo, propende a la hipérbole y no le resulta difícil encontrar elementos arquitectónicos, culturales, medioambientales, sanitarios o educativos, en Asturias, capaces de ser referencia mundial, o cuando menos europea.

Sin embargo, estos excesos verbales nunca acarrearon polémica, pero basta que haya negado la existencia de un problema en la emigración juvenil para que un ejército de políticos, sindicalistas, representantes juveniles, líderes vecinales y padres de familia tomasen la palabra para referirse a la tristeza que les produce las colas de los jóvenes ante los autobuses que cubren la línea, Asturias-Madrid. Un par de datos ponen en guardia frente al discurso mayoritario. Nunca trabajó tanta gente en Asturias, como ahora: 423.000 ocupados. Y el otro dato: nunca hubo menos asturianos, entre 15 y 29 años. Si el máximo de empleo coincide con el mínimo de población juvenil es difícil de creer que haya una gran corriente de jóvenes haciendo la maleta para poder subsistir. El razonamiento se cierra con otra premisa: somos la región con una mayor proporción de prejubilados y jubilados con respecto al tamaño de la población.

Y por si quedaba alguna duda ahí va otro dato para convencer a los descreídos: Asturias es la tercera comunidad con menos inmigrantes. Concluyamos: si resultan muy frecuentes los abandonos del mercado de trabajo en la franja de los 55 a los 60 años, tenemos un 23% de la población en la tercera edad, no llegan inmigrantes para emplearse en las empresas, y hay muy pocos jóvenes, por culpa del descenso de la natalidad, ya me dirán qué rostro y señas tienen las 423.000 personas que están trabajando en estos momentos en Asturias.

Sólo con estos datos se podía concluir que el discurso de la emigración, de resonancias líricas en Alfonso Camín y de marcada huella en la memoria colectiva de la región por los 250.000 asturianos que se fueron a Cuba en la España de la Restauración (uno de los datos más espectaculares de la historia de Asturias), tiene una veta emotiva que va como anillo al dedo a cualquier político en trance electoral, pero no encaja con los números del mercado de trabajo ni con la demografía. No obstante, para dejar de discutir si estamos en presencia de un drama con argumento real o de una leyenda, no hay nada como picar a la puerta del Instituto Nacional de Estadística.

En los años de 2003, 2004 y 2005, el saldo migratorio, marcado por los cambios de residencia entre Asturias y el resto de España, es de 839, 820 y 565 individuos, respectivamente. Se van entre 7.000 y 8.000 personas, al año, y vienen unos cientos menos. Vamos con el asunto del viaje a Madrid. En el año 2005, 1.245 asturianos se censaron en Madrid, mientras que 1.345 residentes de aquella comunidad cogieron la maleta y se vinieron a vivir a Asturias. ¿Un poco fuerte, verdad?

Es evidente que de forma temporal muchos jóvenes trabajan fuera, como también es evidente que la movilidad por razones laborales y de ocio ha crecido exponencialmente en todas las franjas de edad en los últimos 30 años en España. No es un síntoma de hambre sino de riqueza.

Sólo en los territorios atrasados, aferrados al discurso de la autarquía, con una universidad que tiene que expender todos los títulos, una administración que emplea en el propio municipio, un comercio adaptado a las dimensiones del barrio y un gusto por desgarrarse las vestiduras cuando una empresa traslada una planta de Mieres a Gijón (¿deslocalización?), se puede mantener la falacia del trance decimonónico de la emigración.

Ya lo escribí una vez y ahora van dos: también López Otín es una leyenda urbana (procede de Huesca) y Gustavo Bueno (La Rioja), Barluenga (Aragón), Maximiano Valdés (Chile), o Lola Casariego, que para cantar ópera se fue de Asturias, o Patricia Urquiola, que tuvo que buscar trabajo en Milán Nuestros problemas de trabajo y población son otros, y van más ligados a leyendas rurales que urbanas. Pero dejémoslo para otro día, que en un solo artículo no se pueden ahuyentar tantos fantasmas.