Apesar de que el número de mujeres que acuden a las escuelas de Derecho en el mundo supera el de los hombres, la mujer se halla todavía infrarrepresentada en el terreno de la justicia. En Estados Unidos, para poner un ejemplo, del millón y pico de abogados ejercientes, solamente un 30% son mujeres y, de los jueces federales y de los socios de despachos de abogados, sólo un 15% lo son.

La cuestión no es tanto conciliar el despacho y el hogar, habida cuenta de la moderna distribución del trabajo doméstico, cuanto lograr hacer compatible la profesión y la maternidad. Por eso, el porcentaje de mujeres que alcanzan posiciones elevadas, tanto en los despachos de abogados como en los tribunales, es inferior al de los hombres (la barrera del techo de cristal). No obstante, la situación está cambiando a marchas forzadas y cada vez más, no sólo es mayor el número de mujeres juristas, sino más ostensible su influencia en la evolución y en el ejercicio del derecho, sea en la abogacía, en la judicatura o en la academia, haciendo honor al género de la justicia y al hecho de que su diosa Themis, hija de Urano y de Gaya - la de los ojos vendados que sostiene equilibrada la balanza de la ley-, y que personifica el derecho divino establecido por los dioses del Olimpo, sea también mujer.

En nuestro país, no sólo la mayoría de los abogados por debajo de los cuarenta años son ya mujeres, sino que, tanto la postulación como la administración de la justicia están en manos de las féminas.

La consellera de Justícia, Montserrat Tura, es mujer; la presidenta del Tribunal Superior de Catalunya, María Eugenia Alegret, es mujer; la decana del Col · legi d´Advocats, Silvia Jiménez Salinas, es mujer, la primera en la historia del colegio; la decana del Col · legi de Procuradors, Ana Moleres, es mujer, y la juez decana, María Sanahuja, es también mujer; igual que ocurre con la universidad, donde la enseñanza de algunas disciplinas, como el derecho internacional, ha estado monopolizada tradicionalmente por catedráticas. La propuesta de nombramiento de Teresa Compte como fiscal jefa de Catalunya completaría el número de cargos judiciales en manos de mujeres y confirmaría que la justicia es femenina. No sé lo que dirían Locke y Montesquieu de su teoría sobre la separación de poderes al ver los tres poderes unificados bajo la batuta de mujeres.

En tiempos felizmente caducos existía la percepción de que la condición masculina hacía de los hombres mejores juristas por una pretendida mejor capacidad de análisis y dotes de persuasión y de estrategia. Pero la realidad es que ninguno de estos atributos pertenece en exclusiva a uno de los sexos. Además, a diferencia de los hombres, que suelen razonar a partir de principios y reglas abstractas, la mujer se apoya en nociones de responsabilidad, coherencia humana y espíritu práctico y, en cuanto a la judicatura, aporta inestimables cualidades como la persistencia y la paciencia, la predisposición para escuchar, el aprecio de los valores humanos, la sensibilidad ante la injusticia y la simpatía hacia el débil, que constituyen un indiscutible beneficio.

La realidad es que la mujer está influyendo y redefiniendo sensiblemente las profesiones jurídicas y la práctica del derecho, en particular en la época actual, donde además la resolución de controversias entre los ciudadanos y, en especial, entre las empresas, requiere a menudo fórmulas prácticas y alternativas de resolución de conflictos. En un mundo donde el acceso a la justicia constituye un bien fundamental, la mujer tiene mucho que aportar y, con su sensibilidad y sentido práctico, se halla especialmente dotada para contribuir a la justicia.

RAMON MULLERAT, abogado.