Se puede acabar con Mayo del 68? ¿Es deseable? ¿Es posible? Uno de los efectos más interesantes de la reciente campaña electoral francesa es haber sacado a la superficie un pertinente debate sobre los valores que informan las sociedades europeas, incluida la nuestra. Es un debate sobre el legado de los años sesenta y sus complejas derivaciones en muchos ámbitos de nuestras vidas. El presidente electo de la República Francesa, Nicolas Sarkozy, se ha presentado como un líder que quiere superar lo que él entiende por herencia negativa del sesentayochismo, lo que aquí resumimos con el término progre.
En un mitin, Sarkozy afirmó que quería "pasar la página de Mayo del 68 de una vez por todas" y añadió que "1968 nos impuso el relativismo moral y político, el fin de los valores y de la jerarquía, el fin de la autoridad". En cambio, su adversaria, la socialista Ségolène Royal, reivindicó aquel momento histórico como el punto de arranque de "formidables avances en la conquista de libertad, autonomía, igualdad hombre-mujer y derechos sindicales", a la vez que definía los sucesos del Barrio Latino como "un viento de libertad contra una sociedad totalmente cerrada". Ambos tienen razón y sus análisis no se excluyen, se complementan. Ambos, por cierto, no pertenecen a la generación del 68, no lo vivieron. Sarkozy tenía 13 años y Royal 14 cuando en los muros del teatro Odeón o de la Sorbona se hacían pintadas como "La revolución debe dejar de ser para existir" o "Civismo rima con fascismo".
No pienso que la contundente victoria de Sarkozy sea una derrota global de Mayo del 68. En lo estrictamente político, eso ya ocurrió de manera inmediata en su momento. Recordemos que, tras varias semanas de disturbios, las elecciones legislativas del 30 de junio del año 1968 dieron una mayoría aplastante al partido gaullista y sus aliados. La respuesta de la Francia partidaria del orden fue granítica. En paralelo, las negociaciones con los sindicatos fueron desmontando la huelga obrera hasta llegar a los reformistas acuerdos de Grenelle, pactos que reforzaron la enorme influencia sindical en el país. Así pues, con la historia en la mano, hay que matizar. El ascenso al poder del líder de la UMP plantea, más que una derrota del espíritu general del 68, una revisión a fondo del naufragio de algunos valores surgidos entonces. El enemigo no es el fantasma del 68 sino ciertas inercias que surgen de ese contexto.
El año próximo se cumplirán 40 años de aquellos acontecimientos. Sería un error de enfoque hablar sólo del Mayo francés sin integrar también el legado de lo que ocurrió en otras latitudes. Así, 1968 es también, en Estados Unidos, el año del asesinato de Martin Luther King (citado por Sarkozy en algún discurso), la lucha del movimiento negro y la emergencia de la contracultura y los hippies; 1968 es la fecha de la terrible matanza de Tlatelolco, en la capital mexicana; 1968 es la Primavera de Praga, el sueño truncado de un socialismo de rostro humano que acabó dramáticamente con los tanques soviéticos invadiendo Checoslovaquia. Los jóvenes como nueva clase social se hicieron protagonistas no sólo en París. Los hijos de las clases medias, los que nacieron tras la Segunda Guerra Mundial, ensayaron rupturas inéditas. Se trata de movimientos que, siguiendo el diagnóstico de los situacionistas, saben utilizar los recursos de la naciente sociedad del espectáculo. Banderas, canciones, maneras de vestir acompañan las palabras. Miles de palabras que mezclan maoísmo, trotskismo, anarquismo, antiimperialismo, feminismo, antirracismo, deseos de autenticidad revestidos de mucha retórica. Palabras bellas hasta la embriaguez. "Tomen sus deseos por realidades", se escribirá en algún muro.
No hay espacio aquí para hacer un balance pormenorizado de lo que nos dejó el 68. Pero sí es obligado hacer distinciones. Cuando Sarkozy se erige en liquidador de esa marca no se refiere a las conquistas positivas que la sociedad europea y occidental ha incorporado de forma irreversible, caso de la igualdad de la mujer, de los derechos de las minorías, de la conciencia ecologista, de una visión más participativa de la democracia, y de una nueva manera de pensar y vivir las relaciones personales, incluidas las familiares y las laborales. Todo esto forma parte del gran consenso actual, es asumido también por la derecha democrática.
El 68 no puede resumirse de manera superficial como un mero fin de las corbatas y los sujetadores. Hay un cambio de mentalidad que nace en las elites informadas y que, con el tiempo, se extiende y arraiga.
Sarkozy, por tanto, apunta en otra dirección cuando arremete contra Mayo del 68. Dispara contra el rostro oscuro del 68: ese antiautoritarismo que se convierte en totalitarismo a favor de dictadores tercermundistas; ese pacifismo que desemboca en el terrorismo de la Gauche Prolétarienne, las Brigadas Rojas italianas y los alemanes de la Baader-Meinhof; ese nihilismo que intoxica y quiebra muchas aulas; ese desencanto que muda en el cinismo de tantos comisarios ideológicos, empezando por muchos colaboradores de Mitterrand, González o Schröder; esa superioridad moral del progre profesional, incluso después de que la realidad haya desmentido sus dogmas; esa adulteración de términos como democracia,antifascismo,memoria,libertad,progreso...
Entre nosotros, conviven también los dos rostros del 68. El bueno, que nos ha modernizado y nos ha hecho más libres, y el malo, que hace ondear una impostura reaccionaria, nostálgica y decadente, y que desprecia la realidad porque rompe sus análisis caducos. Sarkozy ha ganado la partida contra el rostro oscuro del 68, la herencia nefasta que nos lastra diariamente. Y lo ha hecho, sobre todo, recuperando el sentido de palabras importantes como trabajo, esfuerzo, compromiso y responsabilidad. Cualquier batalla política empieza por liberar las palabras secuestradas.
Ojalá pronto, en nuestra discreta Catalunya, alguien ubicado en la centralidad democrática inicie este imprescindible y urgente combate.

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