La tarde, en realidad, fue con Teresa y Antoni Tàpies, pero Miules, su gato, sin duda estaba allí, yendo de uno a otro con diligente curiosidad y escapando al jardincito interior, para olisquear después entre la ingente obra que puebla el estudio del artista. Miules es esbelto, rayado, de un sedoso gris oscuro, y se lo encontró Teresa, la nieta de la casa, en el parque de la Ciutadella, temblorosa bolilla abandonada. ¿No es el satori, en el budismo zen, que tanto ha conmovido a Tàpies, una intuitiva visión totalizadora de los seres y las cosas?, o sea, como es y nos observa Miules.

De ahí que él pueda simbolizar nuestra prodigiosa tarde, pues Tàpies patentiza sin pretenderlo como en verdad nos conforman dos naturalezas: la una física, sujeta a los años y a sus tironeos, y la otra sensible y honda, emanada de la esencia cósmica, la cual transforma en capacidad y sensibilidad creadora.

De ahí que hace poco celebrara exposiciones en varios países, en las que su obra revelaba un vigor y rigor multiplicados. Y es que resultando su arte tan característico y hecho, sin embargo cada obra observada con detenimiento ofrece singularidades espontáneas e inesperadas -una incisión matérica, un gesto cromático, una fuga conceptual- que la dotan de una novedad y vivacidad reiteradas, sencillamente logradas y henchidas de impactante poder de comunicación.

Tàpies es, continuando la estirpe de los Picasso, Miró y también de Dalí que tanto le disgusta, el pintor español y catalán de hoy más impuesto en el mundo por su calidad y cotización, y ahí están los museos y las subastas para certificarlo en creciente afirmación.

Por ello es importante escudriñar en su estudio, donde entre los cubos de tinturas y talegos de gravillas, que manipula él mismo, se suceden sus obras, de todos los tamaños y hasta volúmenes. Porque Tàpies ahora, al igual que antes, elabora al año unas 60 piezas grandes -óleos, telas, tierras-, decenas de papeles...

Una selección de los cuales, de diversas épocas, en verano estarán en la Bienal veneciana, mientras los últimos se expondrán en otoño en la barcelonesa galería Antoni Tàpies.

Es la suya una vivencia iluminada. Tàpies siente intensa la existencia del mundo, lo que explicaría el drama que a menudo plasman sus abstracciones. Y se sume con porosa apertura en las vibraciones e ideas que jalonan su vida, así el lirismo y el misterio que expresa.

Teresa, ajena su figura al paso del tiempo, el delicado rubio de su piel y pelo, prepara ritualmente el té. Mientras, Antoni musita que todo se inscribe en todo… Y acompañan en la sala un colorista Picasso, un Miró nocturno, tallas orientales y africanas.