Hace ya años que en Estados Unidos se vienen publicando predicciones sobre los resultados de las elecciones presidenciales meses antes de su celebración. Esas predicciones se basan en modelos econométricos, que toman en cuenta la popularidad del presidente en ejercicio y la situación económica del país, medida en función de distintos indicadores, como la percepción que de ella tienen los ciudadanos o el crecimiento del PIB o del empleo. Por tanto, se despreocupan de lo que ocurra en la campaña y de la evolución, a veces errática, de los sondeos desde que empieza hasta que acaba. El procedimiento, en sus distintas variantes, ha funcionado mejor unas veces que otras. Muy bien, anticipando al milímetro la victoria de Clinton en 1996; muy mal, al predecir en el 2000 una victoria de Gore sobre Bush por el mismo margen.
Algunos politólogos americanos confían tanto en ese instrumento que consideran que sus previsiones arrojan, en todo caso, el resultado normal, de modo que cuando los resultados reales desmienten la predicción, esos politólogos no hacen otra cosa que subrayar lo que cada candidato ganó o perdió en la campaña. Por ejemplo, si la predicción establecía una ventaja de cinco puntos a favor de un candidato y llegó a ser finalmente de nueve, ello querría decir que habría ganado la campaña, aumentando en cuatro puntos el resultado normal. Como es natural, sobre la base de esas premisas las predicciones son siempre correctas. Si coinciden con los resultados serán, además, precisas. Si no, la imprecisión se imputará a la campaña más efectiva de uno de los candidatos.
Si siguiéramos esa línea de razonamiento, guiándonos por los resultados de este estudio, podríamos afirmar que el presidente Francisco Camps renovará la mayoría absoluta. Su popularidad es muy superior a la de sus adversarios y los valencianos valoran muy positivamente la situación económica de su comunidad. Pero, además, esa popularidad se asienta sobre bases sólidas, como son la sensación de que la situación ha mejorado en Valencia en los últimos años, la positiva valoración de su gestión y la de su gobierno o la percepción muy favorable de su figura frente a la del candidato socialista. Y todo ello se ve reforzado por el hecho de ser el candidato favorito de una amplísima franja de electores. En tales condiciones, antes de iniciarse la campaña electoral, cuando se realizó este estudio, lo normal sería que el Partido Popular se alzara con la mayoría absoluta como confirman nuestros datos.
Y antes de iniciarse la campaña, la impresión es que los resultados no serán muy distintos de los del 2003, aunque habrá algunos cambios menores. El nuevo Parlamento valenciano contará con diez escaños más que antes. La coalición IU-EU-BNV-Izquierda Republicana-Verdes, integrados ahora en el Compromís, sin sumar más votos que en el 2003, los hará más rentables y podría obtener varios escaños más que entonces. Y si el PSPV-PSOE alcanza o mejora ligeramente su voto del 2003, sumaría dos o tres escaños, con lo que la ventaja del PP en diputados se reduciría. Pero también podría ocurrir lo contrario si el voto socialista no alcanzase el nivel de hace cuatro años o la coalición de izquierdas no lograse sumar el total de los votos conseguidos por sus integrantes en el 2003. Entonces, el Partido Popular aumentaría su ventaja. Está por ver.
A diferencia de otras veces, los datos de Noxa coinciden en lo sustancial con otros que han venido publicándose estos últimos días, pero como en todos ellos la información se ha recogido antes de abrirse oficialmente la campaña. Cada vez son más los estudiosos que reconocen la importancia de ésta, las oportunidades que ofrece para ganar y los riesgos que comporta para perder, especialmente cuando una y otra cosa son posibles. En un clima tan favorable para Francisco Camps es poco probable que la campaña de sus adversarios contrarreste su ventaja, ya que, si los pronósticos son correctos, necesitarían arrebatarle unos 60.000 votos.
Por eso, Camps compite esta vez consigo mismo. Su decisión de aceptar que se condicione la fórmula 1 en Valencia a su victoria en las elecciones autonómicas parece denotar un exceso de confianza y un desafío a los cánones más elementales de la estética en un país de artistas. Y sugiere que el presidente Francisco Camps podría ser un temible adversario de sí mismo.
JULIÁN SANTAMARÍA OSSORIO Catedrático de Ciencia Política en la UCM y presidente del Instituto NOXA Consulting.

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