CONVULSION EN ORIENTE PROXIMO

La lección que Israel debe extraer de la Guerra del Líbano del verano pasado es que la intervención militar no proporciona seguridad a su población, estima el primer ministro libanés en este análisis

Ha transcurrido casi un año desde el bombardeo del Líbano por Israel, tiempo suficiente para extraer lecciones del conflicto y reflexionar sobre sus consecuencias. La semana pasada, la Comisión Winograd de Israel ha hecho público un informe provisional que examina la conducta de Israel durante lo que [la Comisión] ha denominado «campaña» militar más reciente de Israel. Sin embargo, el informe se queda sin extraer la lección más importante de la Guerra de Julio y de todas las guerras que la han precedido: la intervención militar no proporciona seguridad a la población de Israel. Antes al contrario, la pone en peligro. La única manera de que el pueblo de Israel y el mundo árabe alcancen estabilidad y seguridad es mediante un acuerdo integral de paz sobre el conflicto global que enfrenta a árabes e israelíes.

Es en esta línea en la que los participantes en la cumbre de la Liga Arabe celebrada en marzo en Riad han vuelto a hacer un llamamiento en favor de una propuesta de paz que originalmente se presentó en una reunión similar mantenida en Beirut en 2002. La Iniciativa Arabe de Paz, que es como se denomina, fue presentada por Arabia Saudí y respaldada por todos los países árabes. Ofrece a Israel el reconocimiento pleno de los 22 miembros de la Liga Arabe a cambio de la retirada de Israel a sus fronteras anteriores a 1967, lo que permite por tanto que los palestinos creen un Estado independiente viable en lo que es tan sólo el 22% de la Palestina histórica.

Es éste un precio alto, pero los árabes están dispuestos a pagarlo porque se trata del único camino realista hacia una paz que se ajuste a todas las resoluciones de Naciones Unidas que abordan el conflicto y porque garantiza el derecho de restitución al pueblo palestino. Los Estados árabes no pretenden hacer desaparecer a Israel del mapa. Antes al contrario, pretendemos los objetivos legítimos de un armisticio, es decir, garantizar unas fronteras seguras y la posibilidad de que todos los pueblos de la zona vivan en paz y seguridad.

La guerra del verano pasado no ha sido más que la erupción más reciente de violencia en este conflicto interminable y ha perjudicado las perspectivas de paz en lugar de crear oportunidades para alcanzarla. El informe provisional de la Comisión Winograd ha criticado los objetivos bélicos del Gobierno de Israel por poco claros e inalcanzables, aunque el Ejército de Israel estuvo peligrosamente cerca de conseguir el objetivo declarado por su jefe de Estado Mayor, el teniente general Dan Halutz, de «retrasar 20 años el reloj del Líbano».

El informe no ha hecho mención alguna del enorme daño causado. Se arrasaron sistemáticamente aeropuertos, puentes y centrales energéticas del Líbano. Se destruyeron pueblos y más de la octava parte de la población se vio desplazada. Los bombardeos causaron daños y pérdidas de carácter económico estimados en 7.000 millones de dólares (cerca de 5.200 millones de euros al cambio actual) al mismo tiempo que dejaban detrás un 1.200.000 bombas de racimo que siguen matando y mutilando a inocentes.

Más importante aún es que la guerra se cobró las vidas de 1.200 ciudadanos libaneses, no combatientes en su inmensa mayoría. Este dato resume como ningún otro la injusticia prolongada que los árabes sienten como resultado del historial de los israelíes en la destrucción de su vida y de sus medios de subsistencia, en la opresión del pueblo palestino y en la ocupación continuada de territorios árabes. La Guerra de Julio demostró que el militarismo y la venganza no son la respuesta a la inestabilidad; lo son la transigencia y la diplomacia.

Esto debería ser lo que impulsara a Israel a buscar una solución integral basada en la Iniciativa Arabe de Paz. La incapacidad de la Comisión Winograd para entrar a analizar las consecuencias de esta guerra sobre las perspectivas de paz lleva a preguntarse si Israel no habrá dejado más bien que el conflicto se encone siempre y cuando no exceda los límites de unas condiciones relativamente controladas.

Su objetivo debería ser la paz y la seguridad en la zona, que sólo pueden alcanzarse mediante una resolución justa del conflicto entre árabes e israelíes. La alternativa inevitable es un extremismo, una intolerancia y una destrucción en aumento.

Al igual que los israelíes, los árabes tienen preocupaciones legítimas sobre seguridad, como quedó en evidencia con lo que sufrió el Líbano durante el verano pasado. Con demasiada frecuencia hemos visto a las partes en conflicto recurrir a la fuerza en nombre de su seguridad y de su defensa, sólo para agravar aún más la situación y poner en peligro la seguridad última que ambicionan. La intensificación de la violencia se produce también porque nunca se ha producido una sumisión plena a la legislación internacional. En consecuencia, siguen registrándose ocupaciones, vuelos sobre otros (países), detenciones, demoliciones de viviendas, puestos de control humillantes, ataques y contraataques, todos ellos ilegales, que acrecientan la rabia y la desesperación. Perpetuar de esta manera la hostilidad y la desconfianza va contra la tendencia de consolidación de la confianza que necesita esta zona para favorecer la estabilidad.

El conflicto ha durado tanto tiempo, ha generado tal maraña de consecuencias, que la diplomacia ha quedado como la única opción.

Debido a su papel singular en el mundo, los Estados Unidos tienen la responsabilidad de poner sobre la mesa su liderazgo y su valor para ayudar a que los dos bandos alcancen una paz justa y duradera. Los pueblos de Oriente Próximo aspiran simplemente a vivir en libertad y con dignidad, sin amenazas constantes de violencia, ocupación y guerra. Esto sólo será posible si demostramos voluntad política y aprendemos las duras lecciones del pasado.

En el caso de los norteamericanos, conducir estos esfuerzos de paz no es sólo cuestión de responsabilidad sino que va también en favor de los intereses de EEUU: la paz en Oriente Próximo abriría una puerta a la reconciliación con el mundo musulmán en estos tiempos de división y radicalismo cada vez más acentuados.

F. Siniora es primer ministro libanés. The New York Times Op-Ed

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