Cuando un voto vale más que una alcaldía, de Fernando Ónega en La Vanguardia
EL ESPECTADOR
Para no equivocarse demasiado en las profecías, lo mejor es hacerlas el día 28, pasadas las elecciones. Aun así, los siempre esperados augurios del CIS lanzaron ayer su pronóstico y anunciaron: contengan sus entusiasmos todos los partidos, que el mapa político autonómico no va a cambiar. Donde gobierna la izquierda, seguirá gobernando con alianzas más o menos incómodas, y la derecha mantendrá sus feudos con ligeras oscilaciones.
¿Alguna sorpresa? Aunque no hubieran hablado los profetas del CIS, las elecciones autonómicas son lo más aburrido y previsible de la política española. Lo dicen los antecedentes: puede que este cronista sufra alguna traición de la memoria, pero ningún gobernante regional que se presentó a reelección ha perdido nunca unas elecciones. Habrá perdido la mayoría absoluta, pero una de dos: o ha sido el más votado, o conservó las alianzas para seguir. Si, como el señor Fraga en Galicia, tuvo que abandonar la presidencia, no ha sido por perder, sino por el pacto sellado entre el PSOE y un partido nacionalista para desalojarle.
Por lo que podemos ver, el día 27 va a ocurrir lo mismo. No habrá ningún tsunami. No se anuncia un corrimiento de tierras. No es previsible un fenómeno como el de 1995, que visualizó el giro a la derecha de la España local y regional. No es previsible que Partido Popular o PSOE conquisten nuevas cotas de poder. ¿Dónde está, por tanto, la emoción? ¿Por qué se empeñan en hacer de estas urnas las primarias del 2008? ¿Qué justifica esa pasión y denuedo que ponen los señores Zapatero y Rajoy, sobre todo este último, en la contienda?
Se lo digo con toda crudeza: el objetivo es conseguir un voto más que el adversario. No una alcaldía o la presidencia de una comunidad. Ni siquiera un concejal, ni un diputado autonómico. Se conforman con un voto más. Como diría un aficionado al fútbol en estos tiempos de tribulación del Barça y su aspiración a ganar la Liga, "de penalti y en el tiempo de descuento". "Con un voto más en el conjunto de España, me dijo un candidato del PP, ya nos encargaremos de certificar el cambio de tendencia".
En eso consiste la estrategia de plantear las elecciones como primarias. Si al PP le interesa tanto volcarse en Madrid y Valencia, no es para aumentar unas mayorías absolutas que tiene garantizadas, sino para sumar sufragios al recuento. Eso mismo le sucede al PSOE en Barcelona. En ciudades y comunidades tan pobladas como ésas, se consiguen o se pierden las pocas decenas de miles de papeletas que decidirán el podio del ganador.
Por eso es dramático cualquier acontecimiento en esos lugares. Zapatero se encarga de hacerle a Hereu el regalo del castillo de Montjuïc, que algo aportará; el PSOE cae en plancha sobre Ecclestone, por miedo a que quite el plus de votos imprescindibles; Miguel Sebastián aceptó el designio de perder, pero con la angustia de no restar más votos...
Son, señores, las elecciones de las habas contadas. La primera ocasión en que un solo voto puede valer más que una alcaldía.
