Sexo en Madrid
Susana estaba en uno de esos momentos de desesperación y desorientación absolutas en el que cualquier consejo, por muy absurdo que pareciera, podría ser una solución. Ella se conformaba con poco. Con tener la energía suficiente para levantarse todas las tardes después de una noche y una mañana de sueño sobresaltado e intermitente, y con que la idea de que un coche la atropellara y la matara rápidamente, sin dolor, dejara de ser su buen pensamiento del día.
Al principio le había echado la culpa a Mario, su ex, hasta que fue consciente de que de todo aquello (su desgana, su depresión, su desesperación), la única culpable era ella. Así que llevaba unos cuantos meses acudiendo a psicólogos, haciendo reiki y leyendo todos los libros de autoayuda que encontraba. Había probado a sonreír constantemente, a repetir que era la mejor del mundo, que iba a ser feliz y todo tipo de trucos encaminados a tener un pensamiento positivo. Mientras estaba entretenida con todas esas chorradas se olvidaba de la angustia que le oprimía la boca del estómago, pero al rato volvía a su estado natural. Después de casi dos años, la angustia había remitido, pero no totalmente. Su amiga Raquel, que siempre había sido muy práctica, le decía que a ella lo que le hacía falta era ligar y sus consecuencias. Susana, después de mucho pensarlo, lo intentó. Estuvo un par de meses aprovechando las ocasiones que se le presentaban y levantándose en una cama distinta casi cada día. Pero no, la promiscuidad no era la solución. Sí, llegaba al orgasmo, lo pasaba bien la media hora del coito, pero después (y antes) era todo tan forzado, tan aburrido, que decidió que no merecía la pena.
Al principio le dio terror pensar que a sus 45 años ya se había rendido. Que no tenía ningún interés en salir a cenar, que le dijeran cuatro cumplidos, tener un orgasmo y hacer el paripé de intercambiar teléfonos como si alguno de los dos tuviera interés en repetir de nuevo el teatrillo de las almas gemelas. Pero después aquello la liberó y llegó a la conclusión de que, de nuevo, su felicidad dependía de ella misma. El esfuerzo que había invertido en contentar a Mario lo iba a emplear en sí misma. En primer lugar, proporcionándose placer con sus propias manitas y bueno, después, ya puestas, si quería llegar hasta el final, con ayuda de algunos dildos de lo más sofisticados que vendían en tiendas como La Juguetería (Travesía de San Mateo, 12) o La Belle Isabelle (Corredera Baja de San Pablo, 3). Pero en un viaje a Los Angeles descubrió que todo eso eran menudencias comparado con tiendas como Agent Provocateur o Coco de Mer. Compró lencería que parecía sacada de una película de pin ups de los años 50, sábanas de raso, papel pintado, todo tipo de libros eróticos y algunos accesorios, como fustas para acariciar o pompones para los pezones (como de bailarina de streaptease burlesque) que le hacían sentirse de lo más sexy. En un momento de lucidez en esa locura consumista le vino a la cabeza que todo aquello era ridículo. ¿Para qué tanto gasto si no tenía a quién enseñárselo? Pero su nuevo yo le hizo recordar a gritos que no. Que todo eso era para ella, que lo podía disfrutar. Cuando, ya en España, se disfrazó como si fuera a actuar en una película de David Lynch y se vio en el espejo, pensó que aquella era la típica escena de la película en la que en el plano siguiente se ve a la pobre loca matando a su vecina. Pero un rato después, cuando descubrió que verse así le excitaba y que aquello era un paso más en la mecánica más bien fría del onanismo, pensó que la gente hacía cosas más raras y que menos mal que podía comprar más accesorios por internet porque, si no, ese noviazgo consigo misma le iba a salir carísimo.
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© Mundinteractivos, S.A.

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