DECADENCIAS

Seguro que Sarkozy oye mucho a Edith Piaf y le gusta. O debiera gustarle. Piaf fue bastantes años (más que Mistinguett o Arletty, más incluso que Brassens) la voz de Francia. La voz del pueblo francés, la voz de la Francia profunda -la que no era sofisticada a lo Jean Cocteau- en los pasados años 40 y 50, pobre. Por aquel entonces -hoy anda decaída, ni mucho menos lo que fue- el universo casi entero se rendía al glamour de la cultura francesa, que era sobre todo intelectual o mundana: o Sartre o Chanel. Pero la Francia de los barrios de París (sobre todo el malevo Pigalle de la mala vida) o de los pueblos, la profunda Francia provinciana, era un país pobre, con pocos cuartos de baño. Esa Francia de Villon y de Montmartre es de la que salió Edith Piaf, una chica pobre y no muy agraciada pero con una voz y un sentimiento esplendorosos...

Canciones como La vie en rose, Panam (el nombre argótico de París) o Rien de rien llevan mucho de Francia dentro -si suenan en la voz de Piaf- en su ritmo y en sus erres rodadas. Ahora Edith, artrítica y drogodependiente, ha vuelto en una película biográfica de Olivier Dahan que no es gran cosa, aunque se deja ver. La actuación de Marion Cotillard quiere mimetizar por entero a Piaf; casi lo consigue. La película es un mero biopic con algo de musical que muestra el lado oscuro de la gloria. Pero, sobre todo, nos vuelve hacer oír a Piaf, maravillosa, y nos muestra aquella Francia pobre y algo mugrienta que también muchos franceses habrán olvidado, pero que sus políticos deben recordar -y más si son hijos de inmigrantes- porque ésa era la Francia de La Marsellesa que una Piaf niña cantaba por los barrios pobres de París, hacia 1920, junto a su padre, más pobre aún, contorsionista o titiritero.

Por lo demás es cierto que la película, en su modestia, quiere recordarnos asimismo el famoso Problema XXX de los Problemata de Aristóteles. El genio suele ir unido a la melancolía, y por tanto los hombres y las mujeres «geniales» en el dominio del arte que fuere, vienen a ser saturnales, es decir, ciclotímicos, excesivos, desgarrados, apasionados, desequilibrados, incapaces de templanza, o sea, nada normales. Piaf incluida. Le gustó el mundo de la calle y del golferío y, como cantó al fin, Je ne regrette rien. No me arrepiento de nada. Amores, desastres, alcohol, morfina, coco, como se decía en los años 30 a la cocaína. El desarreglo de los sentidos de que habló el muchachito visionario Rimbaud. ¿Tiene que ser siempre así? No, pero lo es a menudo. Piedad, señores burgueses.

Villon anduvo entre maleantes, Verlaine murió alcoholizado de absenta y sexo ambidextro, Cocteau (eso sí, con mucho chic) nunca dejó el opio, aunque lo intentó varias veces. Piaf murió de una artrosis degenerativa ayudada por su vida peor. Pero un francés -o alguien educado en esa cultura- oye esa voz que sabe a bohemia y callejuelas, a cabarés y a impresionistas, a esplendor y pobreza, y se maravilla, se ilumina y sabe, pese a todos los pesares, que la noche será grata. Que es bueno el champán. Que has llegado a casa.

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