Cuando en la primavera de 1975 el príncipe Juan Carlos visitó Catalunya, el joven periodista Agustí Pons fue enviado por el editor de Destino a entrevistar a Salvador Espriu, icono viviente entonces de la cultura catalana, quien, dirigiéndose al futuro rey, proclamó solemnemente: "No somos asimilables". La afirmación se publicó enmarcada en una gran fotografía del poeta que ocupaba toda la portada de la entonces muy influyente revista.
"¡No somos asimilables!", proclama todavía hoy, más de treinta años después, la voluntad de ser de los catalanes. Intentos de asimilación por las buenas, que hayan empezado por considerarlos como sujetos de derechos y no sólo de deberes, ha habido pocos, poquísimos. Uno de ellos es el que se dio en los llamados congresos de poesía en los primeros años cincuenta, que ahora recuerda Jordi Amat en Las voces del diálogo.
Después de aquello, que pudo ser - y no fue- el inicio de una distensión intrahispánica en el campo lingüístico y cultural, Riba aseveraba en una carta: "Fue una afirmación clara de los hechos y de los derechos de una lengua milenaria". Tal vez. Pero todo aquello ¿en qué quedó más que en talante y buenas palabras?
"Y no hicimos ningún pacto", recalcaba ingenuamente Riba en su carta, rebatiendo las acusaciones de los puristas que les acusaban de claudicación. Seguro. ¿Qué podían pactar unos pobres poetas? Eran entonces, eso sí, los portavoces de una Catalunya sometida, pero dispuesta a no renunciar ni al diálogo ni a su personalidad.
Aquellos encuentros no consiguieron modificar en nada la tendencia natural de la españolidad a disolver todas las diferencias interiores. El asimilismo centralista ha sido, con pocas excepciones, una constante en la construcción del Estado en los dos últimos siglos.
El asimilismo inteligente, el más convencidamente fraternal, ha tenido históricamente pocos cultivadores. Entre ellos Juan-Pedro
Quiñonero, excelente corresponsal en París, que durante un tiempo montó su propia campaña de prensa para que Josep Pla entrara en la Real Academia Española de la lengua, creyendo que así "podría favorecer el entendimiento entre Catalunya y Castilla".
Hace poco lo recordaba él mismo en su blog a propósito de la cuestionada candidatura de Aimé Césaire, el gran poeta de la Martinica, a un puesto en la Académie Française. "El ingreso de un negro en la Académie - argumentaba- ayudaría a intentar comprender la emergencia de una tradición multirracial, multicultural y multirreligiosa en conflicto consigo misma".
Sí. Pero Césaire, que ya tiene 93 años, todavía no ha sido llamado a ingresar en la Académie. Un libro de entrevistas con él se tituló Nègre je suis, nègre je resterai.Pla, como es natural, tampoco ingresó en la Academia. Negro era también, y negro se quedó.
El asimilismo, que es una patología del igualitarismo, ha sido una constante de la España jacobina tanto de derechas como de izquierdas. Pero este asimilismo ha fracasado. Ni a garrotazos ni con talante ha podido con la diferencia. El vocal del Consejo General del Poder Judicial Alfons López Tena argumenta en un lúcido ensayo, Catalunya sota Espanya,que la relación entre Catalunya y España sólo tiene tres posibles escenarios: la extinción de la catalanidad por asimilación, la segregación del Estado nación expulsionista o la vertebración, que hasta ahora incluso Maragall reconoce fracasada, de la realidad plurinacional.

Hola,
Supongo que alguien le debo café, copa y una pesolada en el Maresme, por ese recuerdo tan cariñoso de mis viejas pasiones por Pla and Co. Y, para como ¡hasta hablan de mi Infierno!
Gracias Mil,
Q.-
¿No hay correctores ortográficos en los periódicos? Lo digo porque Cataluña se escribe con "ñ". Me parece perfecto que en Catalán se escriba con "ny", pero si uno escribe en Castellano, que lo hago bien, y no a medias, jajaja.