Aprimeros de diciembre en Norteamérica los grupos de intelectuales liberales (libertarios, en Europa) lanzan una campaña contra el consumo navideño que incluye un fin de semana libre de compras. Dado que las campañas electorales son muy similares a las comerciales -cuando un candidato les dice «vótame» deben entender «cómprame», y enmarcar el resto de su discurso como tal anuncio- se me ocurre proponerles abstenerse por un día de escuchar propaganda electoral dedicándolo a la distanciada reflexión de unas paradojas que seguirán afectándole al día siguiente del recuento electoral. Rememorar a Machado es el primer deber del prudente que intenta evitar convertirse en fan político (ya saben, apócope de fanático); si nuestros políticos entendiesen la intención de esta sentencia ahorrarían las dos terceras partes por lo menos de su actividad: «Se miente más que se engaña / y se gasta más saliva de la necesaria»

Voluntad política de mentir que don Antonio cree complementaria con la de ser engañado del pueblo aficionado al discurso electoral: « El deber de la mentira / es embaucar papanatas; / y no es buena la piadosa, /sino la que engaña».

Gerontocracia: es fácil adivinar que los asturianos en general o los habitantes de Gijón y Oviedo en particular continuaremos siendo gobernados por personas con unas edades que les obligarían a jubilarse de cualquier trabajo normal. Algo anómalo debe de tener el trabajo político que produce agerasia y evita la usura de la edad sobre cuerpos y almas. El oficio de mandar no sólo no cansa, sino que evita que tras los 65 años la desatención senil, la afasia nominal, los déficits de la memoria de trabajo aparezcan, mientras próstatas y vejigas aguanten esas interminables reuniones que aconsejan jubilar a gerentes o ejecutivos sexagenarios. Temo sin embargo que la pervivencia en el cartel electoral de estos viejos políticos depende menos de las virtudes salutíferas del mandar que de los resultados perversos de las listas electorales cerradas. Cierre que escalafona los partidos, convierte a los electos en corifeos del «sí señor», convierte en un trágala la libertad de voto y disculpa la abstención en las votaciones (si tengo que votar al tercero de la lista que pienso, como el escribano prefiero no hacerlo). Pero toda vez que ese mando se obtiene por la voluntad de los electores, más allá de los tópicos sobre la sucesión de los cacicazgos políticos quisiera enfatizar la complementariedad entre la vejez política y la de la ciudadanía astur.

Gerontópolis: en Asturias fueron las jubilaciones y no las revoluciones las que resolvieron la crisis global de la región en el pasado siglo. Hoy seguimos siendo el territorio con el mayor numero de personas pensionadas de España. Si son lectores habituales de la Nueva España ya saben que según la Oficina Europea de Estadística Asturias ha sido -lo será más aún en el futuro- el territorio más despoblado y envejecido del mundo. Aunque no lean este periódico cuando se sientan en cualquier parque asturiano rara vez podrán gozar de la gloria de los juegos de niños de diferentes etnias de que uno disfruta en las plazas madrileñas. Por el contrario, si uno atiende a sus compañeros de banco, escuchará cómo la salud y la búsqueda de pensiones monopoliza los intereses seniles. Oirá del mal funcionamiento intestinal, de las dificultades de la marcha o la ausencia de sueño: las epopeyas seniles suelen referir victorias quirúrgicas sobre la enfermedad y la muerte con la ayuda o el perjuicio de médicos y hospitales. Discurso quejumbroso continuado por los agravios comparativos que las diferentes oleadas de jubilaciones anticipadas han ido creando, que abren el discurso reivindicativo a «lo que dan» en las diferentes agencias sociales. Como en esas familias en las que unos progenitores pródigos no distinguen necesidades a satisfacer de anhelos superfluos, la campaña electoral genera una escalada de promesas hacia el despilfarro que busca satisfacer a esos pedigüeños.

El elector racional: ¿el burgués o el ciudadano? Rousseau, que redactó rabiosos panfletos contra los siervos que se creen libres por elegir amo cada cuatro años, afirmó que sólo merece la libertad y la vida aquel que cada día sabe conquistarla. La presunción de virtudes del ciudadano supone que en la decisión de votar no priman los deseos, simpatías o intereses del individuo, sino la búsqueda del bien general que dirige la psique jacobina

Por el contrario, el imperio de la lógica económica impone en todas las ciencias sociales la tesis del utilitarismo egoísta. La prosperidad de las naciones no las crea el altruismo del ciudadano, sino el egoísmo del carnicero o el empresario que, buscando su lucro personal, logra sin buscarlo el bien común como consecuencia no querida de su acto egoísta. La paradoja que elogia el libre mercado reza así: como tantas cosas -dormir, andar en bici, ser feliz-, el bien común cuando se busca directamente se imposibilita y produce monstruos totalitarios. Son los vicios privados -codicia, afán de lucro, soberbia-, armonizados por la mano invisible del mercado, los que logran óptimos equilibrios. La definición congruente de acción racional como «aquella que en cada interacción busca el máximo beneficio con el mínimo gasto» se extiende del comercio a las relaciones afectivas, presidiendo nuestra vida cotidiana. Un amor desgraciado puede definirse como una relación desequilibrada en la que una parte se aprovecha afectivamente de la otra: cuidarse es no dar afecto en exceso. El duelo por un ser querido exige una desinversión afectiva del fallecido y reinvertir ese afecto en otra persona.

Es obvio que el éxito de esa racionalidad burguesa preside nuestra coalición de viejos gobernantes y viejos gobernados: el cinismo de las campañas electorales brota de usar la retórica del ciudadano para legitimar los intereses del burgués.

Gorrones y desconfiados: el Estado del bienestar tiene su enemigo interior en la figura del gorrón. Aquel que finge necesitar que la Seguridad Social subvencione y dirija su vida, cuando él tiene capacidad de trabajo y competencia conductual. El crecimiento de esas poblaciones absentistas y dependientes tiene efectos mortales más allá de la moral social. Si la acción racional es maximalizar beneficios de cada situación ¿no acierta el simulador -como el cuclillo en el reino animal- en pedir y obtener sueldos, casas, tutela psicológica, sin contribuir con su trabajo a producirlas? En los juegos de simulación conductual, el gorrón genera en los otros jugadores -en Asturias, la población joven- el «dilema del prisionero». Ante una detención policiaca en la que la cooperación -no confesar ninguno- los salvaría a todos, la promesa del indulto para el primero que confiese, genera una carrera de delación que supone la muerte de los dos confiados. La conducta racional es por ello chivarse el primero y ante una situación social como la generada por el gorrón, desconfiar de cualquier discurso colectivo y enrocarse en la defensa individual de los intereses inmediatos.

Los políticos son los profesionales peor valorados por los jóvenes. Tienen razón: se educaron oyendo discursos solidarios y viendo carreras por jubilarse que dejaban desierto social y necesidad de emigrar. El juego de sus «representantes juveniles» consiste en prepararse para ser califas en lugar del califa. Por ello nada puede reprochárseles, sino esperar que de «esa segunda inocencia que da el no creer en nada» y de esa rabia que lleva a pelear por pequeñeces -defender el «territorio litrona»- nazca la voluntad autónoma de ser sujetos y no objetos de política.

Guillermo Rendueles es psiquiatra.