A pie de Caye
Una pieza clave. Un punto de referencia. La luz hacia la que muchos hemos caminado para ver claro y entender por qué hemos decidido dedicar la vida a interpretar palabras de otros, palabras grandes o pequeñas que necesitan que alguien las saque de su boca para llegar a los demás. Cristina Rota. La misma que agarró su vida y la de sus hijos para huir de la mentira y de la muerte, y que ahora, a estas alturas de la cicatriz, decide hurgar en ella para contárnoslo. Para recordárnoslo. Porque ya lo sabíamos. Sabíamos que la sucia dictadura argentina borró del mapa a quien se atrevió a cuestionar el sentido del mal, a quien miró a los ojos a lo peor de este mundo y encontró el otro lado de las cosas. Lo sabíamos. Y sin vivirlo, lo recordábamos. Pero la conciencia de que aquello que escupe ese escenario es lo que ella vivió, lo que guardaba, lo que sus hijos han arrastrado cada minuto de su supervivencia, te recuerda que el miedo no ha anulado nuestro derecho a conservar intacta la memoria. Despertares y Celebraciones, su primer texto como autora teatral y su primera lanza al corazón de todo el que pretenda mirar hacia otro lado, y no volver atrás. Ella cuenta lo que jamás contó a sus hijos para no intoxicar su propio espacio, el nuevo, el de este lado, y lo cuenta sin miedo a provocar desprecio, rabia, ira, dolor, incomprensión, angustia y una emoción tan sorda como una vida entera bajo el agua.
Marta Etura desgarra su mirada y su voz con acento argentino, y se desdobla en dos. O en tres. Frágil e indestructible, mueve las manos como pinceles de tinta en blanco y negro y te dibuja los recuerdos a rasgos tan pequeños como ese instante muerto que intenta describir. Su risa deja atrás un halo de tristeza gris como el cemento. Así de frío. En su sonrisa, un velo de intuición muy oscura. Te deja arrebatado, roto, como el aliento que ella respira a trompicones. No se me va de la cabeza que todo lo que cuenta sale de un corazón querido, conocido y cercano. Que todo eso que ha integrado Marta entre sus rasgos es la historia que Juan Diego Botto y su madre se atreven a compartir conmigo -con nosotros- después de 30 años.
¿Cómo vas a olvidar que tu padre desapareció y punto, una tarde, sin una explicación, sin más delito que la absoluta convicción de que la libertad es un derecho irremediable, como un latido, como el cordón umbilical, y que violarla es negar a quien se la arrebatas?
Cristina Rota sintió la dictadura en la nuca y se quitó de en medio. Sola, un niño en cada brazo y la única seguridad de que salvar su vida era la prioridad absoluta, llegó a Madrid y creó una escuela de teatro por la que desfilamos una generación de buscadores. Recibíamos las clases en su casa, y recuerdo a Juan y a sus hermanas corriendo entre las sillas y a su madre mirando el mundo a través de sus gafas. Firme ante nuestras dudas, con el dolor que da la lucidez, llena de fuerza y a la vez, cansada. Creó la escuela, el Centro de Nuevos Creadores y esa querida Sala Mirador donde se cuece a fuego lento casi todo el talento de Madrid. Próxima estación: otro texto de Botto, La última noche de la peste, esta vez con el filtro de otra cabeza arrolladora, la que cultiva Víctor García León. Me alegro de que el destino fuera éste. De que encontraran entre nosotros un lugar en el mundo donde poder vivir. Y no olvidar.
© Mundinteractivos, S.A.

la obra es de cristina rota, co-escrita por su hijo,juan diego botto.
calle se escribe con ¨doble l¨.
pretendo ser 100% constructivo.