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9 Mayo 2007

...Y, además, el PP ganaba elecciones, de Francisco Alvarez-Cascos en La Nueva España

Ante traumatismos graves, los especialistas suelen recomendar unos días de descanso y de observación, antes de producir un diagnóstico y recomendar un tratamiento.

Es la terapia que he intentado aplicar a las injustificadas e inexplicables alusiones que el señor García Cañal me regaló hace una semana en este periódico, dentro de una entrevista preelectoral que todavía no sé si la concedió para atraer votos o para alejar votos del PP ante la próxima cita autonómica y municipal.

Si el PP de Asturias tuviera un director de campaña, este tipo de originalidades encajaría entre las merecedoras de requerir algún tipo de excusa pública, aunque sea fingida, para no despistar al electorado menos entusiasta y más exigente. Las declaraciones del señor García Cañal, en su conjunto, son difíciles de clasificar, aunque en algunos pasajes alcanzan momentos cumbre de la memez política, como el dedicado a ensalzar las virtudes para la lírica de la voz del candidato socialista a la Presidencia del Principado.

A mí, que me consideré su amigo y compañero leal durante muchos años, me resultan inaceptables porque contienen hacia mi persona una infamia ofensiva, y hacia mi trayectoria como dirigente del PP unas omisiones clamorosas. Es muy dudoso que ante la cita electoral del año 2007 tenga algún atractivo la revisión de la crisis sufrida por el PP de Asturias hace diez años. Pero si se recrea aquella etapa, es inadmisible que quien fue secretario general del PP de Asturias, y luego vicepresidente del Gobierno del Principado, eluda la autocrítica, no hable de sus responsabilidades y lance contra mí «una parte de la culpa de la crisis cuando estábamos gobernando», atribuyendo a mi larga «amistad previa» con el protagonista del enfrentamiento interno la causa de la falta de «entendimiento».

No creo que quien más sufrió aquella crisis, el presidente regional Isidro Fernández Rozada, avale la infamia de su amigo el señor García Cañal. Aquella penosa historia inició su último capítulo la misma noche electoral del 28 de mayo de 1995, en la propia sede de campaña del hotel Principado, cuando el candidato usurpó bruscamente en la mesa de la rueda de prensa el sitio del presidente regional del partido, momento que quedó inmortalizado en la foto publicada al día siguiente por LA NUEVA ESPAÑA.

Luego fueron sucediéndose un sinfín de acontecimientos imparables en los que tampoco tuve nada que ver, salvo mi carencia de facultades sobrenaturales para impedirlos, entre los que cabe recordar la renuncia forzada del señor García Cañal a la secretaría general; el incidente bochornoso de la convención de cumplimiento de programas electorales de Cangas de Onís, donde el partido y su presidente fueron menospreciados en su ejemplar trabajo de seguimiento; o el escándalo de las adjudicaciones de las obras de los fondos mineros, en concursos de muchos millones de euros amañados, con bajas preacordadas inferiores todas al 1%, con comisión parlamentaria de investigación y moción de censura incluidas, pero con una fiscalía a la que entonces como ahora no le interesaba la corrupción que no salpica al PP.

En cuanto a las omisiones, el señor García Cañal tiene razón cuando dice que «cometimos un error todos, y el pueblo asturiano nos lo hizo pagar». Pero podría haber completado su frase de esta manera «Éel pueblo asturiano nos lo hizo pagar en 1999, pero nos premió con una mayoría absoluta en 2000». Claro que la verdad completa le obligaba a reconocer que la candidatura que obtuvo la victoria más amplia del PP en Asturias, con una mayoría absoluta de 3 senadores y 5 diputados en aquellas elecciones generales, estaba encabezada por una persona «que no tiene horario», según él.

No creo que las victorias electorales, y mucho menos las mayorías absolutas, sean regalos casuales o favores gratuitos del electorado. En política, como en la empresa, los buenos resultados son el fruto del trabajo exigente y bien hecho. El problema del señor García Cañal y de sus mentores es que lleva veinte años en cargos políticos retribuidos sin que nadie le pida cuentas por cada resultado electoral. Y, por eso, su máxima aspiración, más que ganar elecciones, es sobrevivir sin mayor esfuerzo unos cuantos años más. De ahí que no tenga rubor en confesar al entrevistador que ahora, sin la cercanía de los que preferíamos luchar hasta la extenuación por las victorias electorales, él y sus cofrades viven más tranquilos, pase lo que pase con los resultados.
Confieso que hace más de diez años que no recuerdo haberle causado sobresaltos matinales o nocturnos al señor García Cañal, merecedores de inspirar sus declaraciones. Pero dado que sigue estresado con mis recuerdos, le sugiero que, por el bien de su vida privada y de las victorias del PP, siga el consejo del poeta -«¡Qué descansada vida/ La que huye del mundanal ruido/»- y deje pronto la política para encontrar un merecido y sosegado refugio en la sabiduría de los clásicos y en la química.

Francisco Álvarez-Cascos, ex vicepresidente del Gobierno y ex ministro de Fomento, responde en este artículo a las declaraciones efectuadas por Ramón García Cañal, diputado regional del PP, en una entrevista electoral a LA NUEVA ESPAÑA en la que atribuyó a Álvarez-Cascos «una parte de la culpa de la crisis» entre el PP y Sergio Marqués.

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