Sarkozy ha recibido un mensaje claro para cambiar las estructuras económicas y sociales de Francia. La cuestión está en saber si los franceses estarán dispuestos a seguirle. La misma noche electoral se produjeron incidentes graves en varias ciudades de Francia.

El discurso lo aguanta todo, pero la realidad tiene su propio peso y los cambios, en cualquier caso, no se producirán en los próximos meses. El mensaje de la noche electoral resumía toda una trayectoria de este hombre de 52 años, de padre húngaro y de madre griega, cuando se dirigía a los franceses diciendo que pretende "imponer el sentido del trabajo, la autoridad, la nación, el respeto y la meritocracia".

Ségolène Royal se presentaba como la modernidad del continuismo y Sarkozy habló de la modernidad a secas. Francia tiene por costumbre producir cortes radicales con revoluciones esporádicas pero no acepta fácilmente las reformas.

Francia es un país rico, la quinta potencia económica mundial, un turismo masivo y una agricultura subvencionada pero, a la vez, de gran calidad. Sarkozy pretende aliviar las estrictas leyes laborales, recortar el estado del bienestar, bajar los impuestos y controlar las pensiones.

Es un programa liberal expuesto con convicción y autoridad, sin dudar ni pestañear. Los franceses le dieron un mandato pero está por ver que estén en condiciones de aceptar las medicinas que necesariamente tienen que ser fuertes si, de verdad, el presidente quiere llevar a cabo sus reformas.

Sarkozy ha sido ministro de Economía y del Interior. Dos circunstancias que le han dado una gran experiencia pero también le han hipotecado en un doble sentido. ¿Por qué no lo hizo cuando era responsable y cómo lo va a conseguir si parte de la sociedad francesa no lo acepta?

El problema no vendrá de sus votantes sino de los que se consideran desplazados por razón de su pobreza, su religión o su etnia. Lo que ocurrió en los barrios pobres de las grandes capitales en 2005 puede volver a pasar.

Sarkozy ha teorizado sobre la integración de inmigrantes a los que no les ha funcionado el ascensor social, viven en situaciones muy precarias y saben cómo organizar disturbios que pueden poner muy nervioso al gobierno.

La derecha francesa ha ganado las tres últimas elecciones presidenciales. La izquierda encontró una candidata que evitó una nueva catástrofe como la que le ocurrió en 2002 cuando Lionel Jospin no pudo ni siquiera pasar a la segunda vuelta.

A Sarkozy habrá que juzgarle por su gestión como presidente y por los resultados en modernizar una sociedad conservadora, tanto desde la derecha como desde la izquierda. El nuevo presidente trae energía, juventud y riesgo. Hay que darle su oportunidad.

La izquierda, mientras tanto, tiene que aclararse y ver cómo afronta las elecciones legislativas del mes de junio. Las encuestas no varían la corriente a favor de la derecha. Pero las cosas en Francia, tan cartesiana y tan racional, no han dejado de sorprendernos en el siglo pasado.

Ganó con grandes dosis de populismo pero lo tiene que olvidar para administrar una de las sociedades más complejas de Europa. Un dato que no se le puede escapar es que dos millones de franceses votaron por partidos trotskistas.

El hombre que ha defendido con energía el orden público puede ser víctima de él. Desde Europa, Sarkozy inspira una cierta confianza si consigue desencallar la confusa situación institucional de la Unión.