El RUNRÚN

La masía de Can Fargas es una insólita superviviente. Conserva algunas de sus primeras piedras en una torre románica del siglo XI. El conjunto arquitectónico, que llegó a su apogeo como masía rural en los siglos XVIII y XIX, da nombre al barrio hortense de la Font d´en Fargues. De estampa majestuosa, une a sus dependencias un entorno ajardinado de 2.000 metros cuadrados, distribuidos en dos espacios. A poniente, uno muy soleado que luce vegetación de clima cálido. El que da al norte, en cambio, es de estilo romántico, tiene un pequeño estanque y está tupidamente poblado por especies resistentes al frío. Esta descripción podría corresponder a uno de esos patéticos publirreportajes que Alfa Romeo copatrocina con los paradores nacionales y otros parajes con glamour. Pero no. A un palmo de esta gloriosa masía los hortenses vamos al súper, compramos la prensa o pillamos el bus. Que la ciudad bulla a su alrededor es un valor añadido que le ha venido impuesto, para bien y para mal.

En 1997 la empresa Unicompta la adquirió a un precio que hoy se paga por algunos pisazos de la zona.

A través de una triquiñuela jurídica, supo dejar en la inopia a los responsables municipales de patrimonio, de modo que la Administración no ejerció su derecho de tanteo y retracta. Cuando despertó, el dinosaurio pedía más de 10 veces lo que había pagado, no aceptaba permutas y tenía su propio plan. Unicompta pretendía (y pretende) transformar la masía en geriátrico, escuela de hostelería y restaurante de lujo, con aparcamiento incluido. El proyecto suscitó la oposición vecinal, hasta el punto de que en el año 2000 se constituyó la plataforma Salvem Can Fargas. Como es un bien parcialmente protegido, empezó un tira y afloja entre propiedad, vecinos y Consistorio que no ha cesado ni con la aprobación de un proceso de expropiación forzosa para construir la Escola de Música del distrito. Huertas Clavería escribió sobre este flagrante caso aquí en La Vanguardia y le clavaron una demanda, que luego no prosperó porque lo que explicaba en su artículo era documentable. La propiedad se dio cuenta de que la fuerza vecinal ganaba la partida y se lanzó en pos del control de la asociación de vecinos. De repente, salieron nuevos afiliados de debajo de las piedras. Sus impresos llegaban de veinte en veinte, a menudo domiciliados en la misma cuenta. Aquella euforia asociativa no cuajó porque luego un abogado de la empresa pretendía votar en nombre de tropecientos ausentes y la lógica limitación del número de votos delegados se lo impidió, pero cabe decir que fue muy vistosa. Hay que ver el entusiasmo con que la gente de orden adopta los métodos de lucha que antes combatía. Claro que, como no está hecha a ellos, comete torpezas deliciosas. Por no conseguir, la propiedad no ha conseguido ni sembrar cizaña entre las cinco fuerzas municipales, y mira que eso parece fácil.

La situación actual es de calma tensa. El proceso de expropiación está en marcha, Huertas Clavería nos dejó y el domingo se celebró la enésima fiesta medieval reivindicativa, aún fuera de la masía, con el apoyo explícito de las cinco fuerzas políticas. Sin embargo, la propiedad mantiene demandas contra siete miembros de la plataforma vecinal. Esperemos que la música amanse a las fieras.