CANELA FINA

Estuvo al frente de la secretaría particular de Don Juan durante 47 años. Enterrado el hijo de Alfonso XIII, el padre de Juan Carlos I, en el Panteón de Reyes del Monasterio del Escorial, en 1993, Eugenio Hernansanz continuó al servicio de la Casa en la persona de Doña María de las Mercedes, hasta el fallecimiento en el año 2000 de la madre del Rey actual.

Era un hombre trabajador, sagaz, inteligente. Estaba siempre inclinado a comprender, no a juzgar. Era sencillo y cordial. Y, por encima de todo, discreto. Durante medio siglo pasaron por él todos los secretos de la Familia Real: los personales, los económicos, los políticos. No se le conoce una sola indiscreción. En su despacho de la secretaría de Villa Giralda, en Estoril, navegando entre oleadas de papeles y archivos, lo disponía todo, lo encauzaba todo, lo sabía todo. Era imposible sacarle una palabra indiscreta. Respondía con el silencio y la amabilidad. Sentía fascinación por Juan III. Conocía como nadie la abnegación, la capacidad de sacrificio, el amor a España y a los españoles del heredero de Alfonso XIII, cuatro décadas haciendo frente a la dictadura de Franco, en defensa de la Monarquía de todos, dentro de la idea clave de su pensamiento político: devolver la soberanía nacional al pueblo español, secuestrada en 1939 por el Ejército vencedor de la guerra incivil.

Entre los hombres cercanos a Don Juan hubo tres que tuvieron conciencia clara de lo que significaba Eugenio Hernansanz al frente de la secretaría particular del Conde de Barcelona: el inolvidado Vegas Latapié, el gran Pedro Sainz Rodríguez y José María Areilza. «Es el alma de la Casa -decía Motrico-, sin él nada funcionaría eficazmente».

Muerta Doña María, Eugenio Hernansanz se retiró tan discretamente como siempre había trabajado, tras dejar su vida entera en aquella Casa en jornadas tantas veces de 12 horas sin descanso. De vez en cuando venía a verme a mi despacho y manteníamos largas conversaciones, unidos ambos por la memoria de Don Juan.

Eugenio lo sabía todo. Pudo enriquecerse si hubiera cedido a la presión de los servicios de inteligencia y espionaje del dictador. No lo hizo. Custodió con celo infinito el inquietante y riquísimo archivo. Y sabía quién sustrajo el telegrama que, desde el cuartel general del generalísimo envió Franco a Don Juan, cuando en 1936 el entonces Príncipe de Asturias se ofreció para hacer una gestión con los ingleses y salvar del fusilamiento a José Antonio Primo de Rivera. «No interesa», decía el telegrama y Don Juan pensó que otras gestiones más eficaces estarían en marcha.

Sí, Eugenio lo sabía todo. En los últimos años de su vida, se hubiera hecho multimillonario con asomarse a los programas del corazón. No quiso hacerlo. Conversamos durante horas interminables en mi despacho en los últimos encuentros que mantuvimos. Ahora yo sé lo que él sabía. Y guardaré el mismo silencio que engrandece su memoria.

Porque Eugenio Hernansanz falleció el jueves pasado. Un fallo del corazón terminó con su vida. Naturalmente que se vienen ahora a mi memoria, ante el medio siglo de servicio y lealtad de este hombre singular, los versos de Manrique: «Después de puesta la vida / tantas veces por su ley / al tablero, / después de tan bien servida / la corona de su Rey / verdadero, / después de tanta hazaña / a que no puede bastar/ cuenta cierta, / en la su villa de Ocaña / vino la muerte a llamar/ a su puerta, / diciendo: buen caballero».

Su familia sólo quiere ahora el silencio y la discreción en torno a su muerte. Pero yo he desgranado una a una estas palabras ante el cuerpo sin vida de Eugenio Hernansanz porque no me quiero instalar, como tantos otros, en el desagradecimiento y la desmemoria.

Luis María Anson es miembro de la Real Academia Española.

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