El 11 de septiembre de 1714 entraban en Barcelona las tropas de Felipe V. Un par de años después, cuando ya no había nadie en la vieja Generalitat para leerlo, François de Callières, antiguo embajador plenipotenciario y secretario del gabinete de Luis XIV, publicaba un manual de instrucciones para el buen ejercicio de la diplomacia. Se titulaba De la manière de negocier avec les souverains y su traducción castellana (Negociando con príncipes),hoy al parecer descatalogada, la editó, hace apenas un lustro, la Esfera de los Libros con un prólogo a cargo de Sabino Fernández Campos, conde de Latores y antiguo jefe de la Casa de su Majestad el Rey, un mérito curricular providencial para la presentación de una obra debida a la pluma de aquel al que algunos notables historiadores atribuyen el éxito de la exportación de la dinastía borbónica a España.
Mucho ha llovido desde la guerra de Sucesión. Pero el libro de Callières, a pesar de haber estado acumulando polvo durante un par de siglos en las bibliotecas, volvió a la circulación, convertido en un clásico, de la mano de quienes, en Estados Unidos, se oponían al arrinconamiento de la vieja diplomacia por el empuje del idealismo wilsoniano de entreguerras. A partir de entonces su fama se difundió más allá de las fronteras de la teoría de las relaciones internacionales y se hizo un hueco entre los expertos de las escuelas de negocios.
El economista John Kenneth Galbraith llegó a declarar que todo lo que cabía decir sobre la negociación se había dicho en este libro. En Catalunya, donde cuando los antiwilsonianos desempolvaban a Callières se acababa de recuperar el 11-S del baúl de los recuerdos para convertirlo en jornada reivindicativa, parece que nunca nadie se tomó la molestia de leerlo. Más interesado por contar a su manera la historia que preocupado por analizar la manera en que sus protagonistas la tejieron, el catalanismo, y ahí está el Estatut del 2006 para demostrarlo, siempre ha estado en Babia en lo que a la diplomacia y al arte de negociar se refiere.
Como dejó escrito Jules Chambon, en la política como en la mecánica aplicada el cálculo de fuerzas no se establece sin tener en cuenta el cálculo de resistencias. Son las cosas de la diplomacia. Antes de negociar hay que determinar en función de los propios intereses los objetivos básicos teniendo en cuenta el poder real del que se dispone y el que se puede llegar a movilizar para alcanzarlos, también hay que valorar los objetivos que, en función de lo que percibe como sus intereses, tendrá la otra parte y el poder actual o potencial de que puede disponer, y, por supuesto, sopesar hasta qué punto los objetivos propios son compatibles con los ajenos.
Una vez hechos los deberes, hay que ver cuáles son los medios más adecuados para alcanzar los objetivos fijados. No acaba de resultar claro de qué habla Maragall cuando se refiere al error del Estatut. ¿Se identificaron mal los intereses? ¿Se fijaron erróneamente los objetivos? ¿Se previeron mal las resistencias y sus fuegos de artificio? ¿Se jugaron mal las cartas de qué se disponía?
De algo no hay duda: faltos de tradición en política exterior, desconocedores de las sutiles técnicas desgranadas por Callières, los bisoños negociadores catalanes, tras adoptar coralmente la estrategia del fabricante catalán de porteros electrónicos de La escopeta nacional,acabaron siendo engullidos, entre carcajadas homéricas, por una veterana razón de Estado.

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