Hay un lugar único en el mundo que se llama Muniellos, y dicen que toma su nombre de las comadrejas o «muniel.las»; que así llaman a este pequeño y valiente carnívoro los asturianos que viven en su entorno. La afirmación con la que inicio este texto no es ninguna tontería, ni procede de ningún chauvinismo ni veleidad asturianista, por mucho que a determinadas personas se les antoje vulgar el paisaje escarpado y arbolado que puebla aquellos remotos valles del occidente asturiano. Avanzaremos en esta idea.

La «geohistoria» y la prehistoria de una de las más importantes joyas de nuestro paraíso natural se remonta a la noche de los tiempos, pero su historia reciente puede ser leída en profundas turberas, como la de «Penavelosa», estudiada recientemente por el equipo dirigido por el director del Jardín Botánico de Gijón, José Antonio Fernández Prieto, quien desveló los cambios producidos desde, al menos, los últimos 12.000 años.

Más cercana a nuestros días está la adscripción de la propiedad del monte a la Casa de Toreno, en la primera mitad del siglo XVI, con los consabidos litigios con el vecindario, que debía pagar por el aprovechamiento ganadero de los pastos de las brañas y de las bellotas por los cerdos. A mediados del XVIII, el Ministerio de Marina comenzó la explotación maderera para proveer de materia prima a los astilleros de El Ferrol, aunque no parecieron cumplirse las expectativas de encontrar piezas de alta calidad.

En julio de 1835, un botánico francés que exploraba el occidente de la cordillera Cantábrica y que se alojó durante dos meses en Cangas del Narcea, Michel Charles Durieu de Maisonneuve, comentaba -entre otras- las siguientes cuestiones de su visita a los montes de Muniellos: «Puesto que están llenos de osos, lobos y linces, les causan bastante temor a los tímidos asturianos, que no se atreven a aventurarse en el interior de sus límites (...). Me fue tan difícil encontrar un guía que me quisiera acompañar al interior del bosque, que me adentré yo solo en esta inmensa soledad y avancé tanto como la prudencia y el recuerdo de mi esposa, mi hijo y mi anciana madre me lo permitieron». También hablaba Durieu de los miles de grandes árboles que permanecían tumbados desde hacía casi 50 años y que no habían sido aprovechados.
Tal fue la fama y valor que se les dio históricamente a estos bosques del suroccidente astur, que -adelantándose a su tiempo- el entonces secretario municipal de Cangas de Tineo, Faustino Meléndez de Arvas, en 1897, ya reclamaba para ellos la consideración por el Estado como parque nacional, al igual que Yellowstone lo era en los Estados Unidos de América. Siendo ésta, probablemente, la primera vez que se solicita en España la unión a la corriente internacional de conservación de los parajes naturales mejor conservados.

Tras varios intentos de explotar el monte, a comienzos del siglo XX, cuando la Casa de Toreno se deshizo de la propiedad, pasó a formar parte del patrimonio de la Sociedad General de Explotaciones Forestales y Mineras Bosna Asturiana, que realizó aprovechamientos hasta comienzo de los años treinta. Es en esta época, en mayo de 1926, cuando Aurelio de Llano Roza de Ampudia visitó Muniellos y acompañó a uno de los propietarios a cazar un urogallo en el cantadero, cuestión que le produjo un gran rechazo: «Sonó un tiro y el ave cayó sin vida, envuelta en las vibraciones de su melodía. No me gusta esta caza», sentenció el escritor de Caravia.

Vinieron más tarde años de explotación privada e intentos de sustitución de la masa de árboles caducifolios por diversas especies de pinos; hasta que, en 1964, el Ministerio de Educación Nacional lo declaró Paraje Pintoresco, consiguiéndose en 1970 la suspensión de cualquier tala. En 1973, el ICONA, ese organismo afortunadamente desaparecido, pero que en los últimos tiempos parece estar en alza, a juzgar por determinadas pretensiones de los pensadores del «neorruralismo» imperante, adquirió el bosque de Muniellos y poco después lo declaró como monte de utilidad pública. A pesar de este gran acierto de pasar a patrimonio público a Muniellos, de la gestión del ICONA han quedado huellas imperdonables, como la destrucción del patrimonio industrial (aserradero, canales, caminos, minicentral y varios edificios), ensayos de repoblación con especies alóctonas y el abandono a su suerte de la familia de uno de los guardas, muerto a manos de cazadores furtivos. Así todo, en 1982 declararon Muniellos como reserva biológica nacional, que fue ampliada en 1988 con los montes de La Viliella y Valdebois por el Gobierno del Principado de Asturias en la segunda legislatura autonómica. Esta situación perduró hasta ya entrado el siglo XXI; en el año 2000, por iniciativa del Gobierno regional, la UNESCO declaró a Muniellos como Reserva de la Biosfera (ampliándola en 2003), y en el año 2002 la Junta General del Principado aprobó la ley de declaración de la reserva natural integral de Muniellos.

De todo el tiempo transcurrido desde que Muniellos está gestionado por las administraciones públicas hay que destacar la falta de actuaciones tendentes a profundizar en el conocimiento de la rica biodiversidad de la reserva, con la salvedad del estudio sobre la flora y vegetación realizado por el mencionado profesor Fernández Prieto y publicado en 1996, y una periódica tentación de incentivar solamente su explotación turística. Así las cosas, a raíz del reconocimiento por la UNESCO se profundizó en varios estudios sobre los seres que habitan estos bosques y los resultados se reflejaron en una serie de publicaciones que vieron la luz a finales de la quinta legislatura y que no han tenido continuidad, a pesar de lo sorprendente de los resultados. En el campo normativo cabe destacar que, en febrero de 2005, el plan rector de uso y gestión de Muniellos fue sometido a información pública, pero, por alguna circunstancia que se me escapa, el Gobierno regional aún no lo ha aprobado, incumpliendo en casi cuatro años el mandato de la ley de declaración de la reserva integral.

¿Qué pasa entonces con Muniellos? ¿Es para tanto o es un mito? La verdad es que es para mucho más. Hace ya más de tres años, la doctora Eva Barreno Rodríguez, asturiana de ascendencia y catedrática de Botánica de la Universidad de Valencia, proponía en las páginas de LA NUEVA ESPAÑA que se presentase a Muniellos ante la UNESCO para formar parte de la lista del Patrimonio Mundial. La cuestión no es baladí. De los estudios de la propia doctora Barreno se deduce que estamos ante uno de los escasos bosques europeos que aún conservan intacta su biodiversidad, pues los seres que lo pueblan aún no han sido desplazados por especies nitrófitas -es decir, las que viven a costa de sustancias nitrogenadas procedentes principalmente de las actividades humanas-, por lo que la naturalidad de la reserva se asemeja a la que lleva existiendo desde hace miles de años, con algunas excepciones lógicas por el paso del tiempo. Así, por ejemplo, si Durieu, en 1835, reparó en que los líquenes que poblaban el bosque eran comunes a los de otros numerosos bosques europeos, hoy en día, gracias a los estudios de Eva Barreno, se sabe que muchas especies desaparecidas, o casi, de gran parte del territorio continental, por destrucción directa o por contaminaciones de diferente tipo, siguen presentes en nuestra selva particular.

Muniellos, la reserva natural integral, la figura de máxima protección en nuestro ordenamiento jurídico ambiental, necesita una administración prolongada, segura, participada y no vacilante. Para ello es necesario un gran pacto de gestión entre los grupos de la Junta General, en el que la comunidad científica ha de jugar un papel determinante. El 11 de junio de 2002, don Felipe de Borbón manifestó en Muniellos su compromiso con la conservación de nuestras reservas de la biosfera. ¿Es que no hay imaginación para hacer las cosas bien?

Víctor M. Vázquez es académico numerario permanente del Real Instituto de Estudios Asturianos.