PRISMA

No existe un procedimiento más útil para entender este país que alejarse de él y cobrar un poco de perspectiva. Es lo que hice la pasada semana, en mi paraíso perdido en un lago delicioso al pié de los Alpes en el Norte de Italia. Me fui con Maragall en los periódicos y regreso con Maragall. La tempestad desatada, según los de su partido, es la tormenta en un vaso de agua. A mi entender es un formidable ridículo que comprende por igual a toda la clase dirigente catalana, y no sólo a los políticos.¿Sorpresa? Ninguna. Una vez más es lo que es: el silencio de los necios, la abulia de las mayorías, la vergüenza de una burguesía que ha dimitido de sus responsabilidades hace ya lustros. El mal ha sido diagnosticado por Francesc de Carreras: «Catalunya es un país en el que nadie dice lo que piensa, todo se dice para quedar bien» (La Vanguardia, 3-V-07). Amén. Mi listísimo amigo de Palafrugell, que fungía de oponente oficioso de «ell» (Josep Pla), decía sin reparos: «El meu mal no vol soroll». Esa es la sabia sentencia de ese Séneca del Ampurdán. Nuestros males demandan «soroll» más que nunca. Un país sin liderazgos potentes jamás será respetado. Maragall lo ha constatado y, equivocándose, ha puesto el dedo en la llaga. Los que más gritan no tienen casi nunca la razón. Los sobrados de razón argumentan, definen los escenarios y se atreven a dar el nombre a cada cosa. Sólo así se alcanza el liderazgo, a cambio sin duda de inconvenientes.Mientras se está en una lista de partido raramente se atreven a usar la palabra con justeza y valentía. Mojarse se «mojan» todos -según dicen-, mas ninguno se la juega. La disciplina de partido, y sus listas cerradas, acaban con la transparencia para saber de verdad lo que piensan nuestros representantes. Lamentarse a destiempo es una broma ridícula, y, si bien se mira, autoinculpatorio.Por eso Maragall se equivocó antes y no ahora. Cuando se hicieron mal las cosas es cuando debería haber alzado su denuncia. Al igual que A. Mas, el engañado. Si por una parte, después del articulado del Pacte del Tinell estaba escrito qué sucedería -y allí rubricó Maragall-, tras el primer año de Gobierno de Zapatero, nadie podía ya dudar, por la otra, de su funambulismo político: un prometer encadenado y una lluvia de mentiras. ¿Para qué insistir en la fe ajena? Era, sencillamente, una necedad.Aquí nadie se libra del ridículo: unos por aquiescencia silenciosa, otros por falta de luces para encarar las cosas. El silencio sólo lleva al cementerio; jamás a las sociedades libres. O, ¿acaso no recuerdan las barbaridades que encubrió el silencio en las sociedades soviéticas? Bastó que Gorvachov anunciara la glasnot (transparencia) para que el tinglado comunista se viniere abajo.¿Es bueno callar ahora en lugar de la polémica? Lo dicho por Maragall debería ser tomado en cuenta, siquiera por la sociedad civil que percibe cómo se prostituye la vida política y se confunden, o desmantelan, aquellos valores que otorgaron vigencia al carácter catalán. O, ¿tampoco esas virtudes existieron? No creo que sea éste el caso, pero el dios de la pela, el amaneramiento acomodaticio, la timidez que encubre la cobardía no es ni ley buena, ni moneda del futuro. Los líderes sociales, esos que alardean de sociedad civil, debieron de saber que, a la postre, el tumulto por el aeropuerto no justifica años de silencio. Están las carreteras, están las injusticias fiscales, están las trágalas madrileñas, están tantas razones que el silencio se vuelve lanza cuando se mira hacia otra parte o se digiere aquello del «café para todos», que Tarradellas en solitario nunca quiso aceptar. Sirva hoy el exabrupto maragalliano para desterrar el silencio, y con él ese victimismo que engrana el ridículo cada vez más.

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